La ciencia es la única noticia

Inmensamente solos

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Conforme la ciencia iba mostrando la grandiosidad del universo, los científicos cayeron en la tentación de trascender su oficio, que no es otro que encontrar las propiedades del mundo estableciendo leyes demostrables experimentalmente y predicciones sobre la base de ellas. Para eso se puede tanto partir de principios como llegar a ellos. Creo que fue el propio codescubridor de la evolución por selección natural, Alfred Russel Wallace, el primero que sostuvo, bien que modestamente, que toda la enormidad y complejidad de nuestro universo son necesarias para que surja un solo planeta apropiado para el desarrollo de la vida y su evolución hasta la inteligencia. Los centenares de miles de millones de estrellas de cada galaxia y los centenares de miles de millones de estas fueron necesarias para que surgiera la Tierra en el lugar y el momento adecuados para que los humanos estemos aquí. Ni Ptolomeo, ni Copérnico acertaron, porque ni la Tierra ni el Sol son el centro del universo, sino nosotros mismos. Aún más, el universo existe porque nosotros existimos y nos dedicamos a observarlo.

Todo lo anterior, que pronto recibió el nombre de Principio Antrópico, tenía un aroma religioso que a unos recordaba el incienso y a otros el azufre hasta que lo tomaron los físicos teóricos y lo complicaron de forma inaudita. Con un abracadabra pasmoso, que si lo llega a hacer un alumno de los primeros cursos le amonestamos seriamente, el gran Dirac, merecidísimo premio Nobel de física, barajó arbitrariamente varias constantes fundamentales ¡et, voilá! le salió la edad aproximada del universo: unos quince mil millones de años. Ahora está establecida en 13.700 millones, pero da igual. El caso es que se desató, hasta hoy, una auténtica avalancha de publicaciones sofisticando el principio hasta llegar a las seis o siete formulaciones actuales del mismo, aunque todas mantienen el sustrato básico: todo el universo es necesario para que existamos. Estamos solos y quien (o lo que) nos haya creado no ha derrochado nada, porque se precisan todas las galaxias para nuestra existencia que es de lo único de lo que tenemos certeza.

Escribo estas líneas de madrugada con un catarro cósmico. Miro a las estrellas y me resigno a pensar que quizá lleven razón y estemos solos, pero me gusta más imaginar que ahí fuera bulle la vida y la inteligencia por más que por ahora no podamos contactar con ellas. No obstante, incluso si fuera cierta nuestra inmensa soledad, ésta nos debería alentar a unirnos globalmente en íntima relación con el planeta. Hasta ese bienestar nos puede proporcionar la ciencia.