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Estrés

ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

De una manera muy general, los físicos definen el estrés como la respuesta mecánica de los materiales ante una carga o presión determinada. Este término, tan familiar para todos, se aplica desde hace tiempo al mundo de la biología y de la medicina, en particular desde que el científico húngaro Hans Selye (1907-1982) definiera en 1936 lo que el denominó Síndrome de Adaptación General o Síndrome del Estrés, tras sus investigaciones en ratas de laboratorio. Ciertamente, los organismos recibimos de manera continuada la presión de numerosos agentes estresantes y respondemos de manera adecuada para restablecer la situación de normalidad. Los humanos actuales de todas las poblaciones estamos sometidos a situaciones de estrés muy diferentes (hambre, sed, guerras o largos e interminables atascos de circulación). Por ejemplo, y según la Organización Mundial de la Salud, el estrés laboral y otras situaciones conflictivas familiares y personales se están convirtiendo en la primera causa de discapacidad por depresión en los países más desarrollados.

Estamos perfectamente preparados para responder con eficacia a los agentes estresantes, que percibimos de manera visual directa o de modo virtual (fobias y miedos provocados por causas reales que retenemos en la memoria y viven en las neuronas de nuestra corteza cerebral). La amígdala cerebral, un conjunto de neuronas localizadas en la profundidad de los lóbulos temporales, es la encargada de percibir la alarma generada por una situación de estrés y de poner en marcha un complejo mecanismo de procesos fisiológicos. La respuesta al agente estresante se gestiona en otras regiones del cerebro y en las glándulas suprarrenales. Los lectores interesados tienen información suficiente en la red para leer y comprender cómo funciona ese mecanismo neuronal y fisiológico de respuesta al estrés. Pero creo que todos sabemos, sin necesidad de acudir a esas fuentes, que la persistencia del agente estresante provoca el agotamiento del organismo y merma su capacidad de respuesta. En esa situación, la muerte es sólo cuestión de tiempo.

Lo curioso del tema es la sorpresa que causa en muchas personas el averiguar que nuestros antepasados del Plioceno o del Pleistoceno también padecían estrés. ¡Por supuesto!, como todos los seres vivos. Ahora bien, sus situaciones de estrés podían deberse a la presencia de un predador, de una tribu rival, o la dificultad para conseguir alimento. Aún así, su estrés era mucho menos pernicioso, humillante y letal que el que reciben cada día millones de personas en el mundo por problemas laborales, violencia de género, secuestros, hambrunas, genocidios, terrorismo... Prefiero no seguir y viajar al Pleistoceno, aunque sólo sea con la imaginación.