La ciencia es la única noticia

Arrhenius

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de Investigación del CSIC

Aunque quizás no lo hagan, en Copenhague, estos días, deberían homenajear a Svante Arrhenius. Nacido en Vik, Suecia, fue un niño prodigio y un joven en exceso inteligente para su tiempo. A los 25 años estuvo a punto de fracasar en la defensa de su tesis doctoral, pues sus profesores menospreciaban sus ideas y le dieron la mínima calificación. La tesis era el germen de su teoría acerca de la conductividad de los electrolitos, según la cual las moléculas de las disoluciones electrolíticas se separan o disocian en partículas cargadas eléctricamente, o iones, incluso sin necesidad de que una corriente fluya a través de ellas. En 1903 fue el primer sueco en recibir el Premio Nobel, precisamente por esa teoría. Pero si hay que recordarlo en la Cumbre del Clima es por otro motivo.

Arrhenius fue la primera persona que relacionó cuantitativamente los cambios en la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera con las variaciones en la temperatura terrestre. Durante el siglo XIX, tras constatarse que habían existido periodos glaciales en la historia de la tierra, los multidisciplinares científicos de la época se afanaron por especular acerca de los factores que afectaban al clima. El francés Fourier había sido el primero en plantear, allá por 1827, que los gases de la atmósfera debían retener parte del calor del Sol. Ya en la segunda mitad de la centuria otros científicos, como Tyndall y Langley, probaron que sin gases de efecto invernadero la temperatura de la Tierra sería tan baja que haría imposible la vida que conocemos. En 1896 Arrhenius fue capaz de estimar el calor absorbido en la atmósfera por una variedad de concentraciones de CO2 , así como los correspondientes cambios en la temperatura superficial.

En aquella época, sin ordenadores, Arrhenius debió realizar a mano entre diez mil y cien mil cálculos. Al parecer, sabía que científicamente era un trabajo poco rentable (al fin y al cabo, eran especulaciones, casi un pasatiempo), pero no le importaba demasiado; se acababa de divorciar y había perdido la custodia de su hijo, así que, deprimido, escogió una tarea que le ayudara a matar el tiempo pero no le requiriera demasiada concentración. Preparó una larga serie de tablas y concluyó que, doblando la cantidad de CO2 en la atmósfera, la temperatura global subiría aproximadamente cinco grados centígrados. Más tarde refinó la estimación, dejándola en dos grados. En Copenhague dicen casi lo mismo.