La ciencia es la única noticia

El susurro de la naturaleza

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Todos tenemos una galería de personajes que admiramos más concurrida de lo que creemos si no pensamos detenidamente en ella. Cuando lo hacemos, entre las individualidades más prominentes fluyen en nuestra memoria otras que, lejos de ser secundarias, seguramente nos han influido mucho más que las relevantes. En mi caso, una de estas personalidades es Ernest Rutherford, un físico neozelandés que no sólo descubrió el núcleo atómico sino infinidad de propiedades fundamentales de la materia. A pesar de tener una personalidad arrolladora y hacer trabajar a sus colaboradores hasta la extenuación, nadie lo tachó de déspota y todos lo querían y admiraban sin límites. De hecho, once discípulos suyos recibieron el premio Nobel de Física, en cambio a él le otorgaron el de Química, lo cual siempre le irritó porque consideraba esa ciencia algo menor, a pesar de lo cual lo único que se permitió decir fue que nunca había experimentado un cambio tan brusco como aquél de físico a químico.

Una persona tan admirada por tantas otras tan importantes no sólo de los países donde vivió y trabajó, Nueva Zelanda, Canadá y Reino Unido, sino de todo el mundo, es lógico que acumulara una gran cantidad de frases y anécdotas célebres referidas a ella. Muchas de estas forman parte del acervo cultural científico tan arraigadamente que a veces se atribuyen erróneamente a otros y no a Rutherford. Mis preferidas son dos. La primera la escribió un estudiante suyo de Manchester llamado Alexander Russell: "Rutherford presta atención no a lo que la naturaleza dice sino a lo que susurra; en este sentido, es un artista". Esto era una consecuencia de su afán por llevar a cabo medidas y experimentos con el equipamiento mínimo y más sencillo buscando el margen de error más estrecho. Para ello, naturalmente, lo primero que hacía Rutherford era identificar, más bien intuir, cuáles eran los secretos más íntimos y significativos de la naturaleza. La segunda, más famosa y normalmente atribuida a otros, es suya: "Si le explicas a un camarero lo que estás investigando y no te entiende, lo tonto no es el camarero, sino lo que estás investigando".

La ciencia hoy día exige enormes inversiones, instrumentos grandiosos situados en el límite de la tecnología y especializaciones de especificidad estremecedora. Sin embargo, los jóvenes científicos jamás deben perder de vista que su objetivo es aprender algo del mundo, por ínfimo que sea, que nadie salvo él conozca y transmitírselo después a los demás de manera tan clara que si quieren interrogar a la naturaleza ésta les susurre su secreto lo mismo que a él.