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Inteligencia colectiva

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Mi anterior artículo, La inteligencia del hormiguero (Público, 11-4-10), suscitó un interesante debate sobre el concepto de "inteligencia de enjambre" y sobre la posibilidad de que de la interacción de los seres humanos con su entorno y entre sí surgiera alguna propiedad emergente similar a las que caracterizan a las colonias de insectos sociales. Si un montón de simples hormigas pueden convertirse en un hormiguero inteligente capaz de resolver problemas de una cierta complejidad, qué no podría hacer un hormiguero de seres inteligentes, pensarán algunos.

Pero, paradójicamente, la inteligencia individual puede ser un obstáculo para la obtención de ciertos resultados colectivos. Los militares lo saben bien: para que un ejército sea una eficiente máquina bélica, los soldados no tienen que pensar por sí mismos sino obedecer ciegamente las órdenes de sus superiores, y la propia instrucción militar, así como los uniformes y demás parafernalia castrense, tienden a homologar a los individuos y a volver mecánicos sus gestos y movimientos. No en vano se puede entrar en el ejército con un CI de 70, mientras que una inteligencia muy despierta se vuelve fácilmente conflictiva; los borderline son mejores soldados que los genios.

Un equipo de fútbol podría ser un caso intermedio entre un batallón de infantería y un grupo de individuos actuando cada uno según su criterio. En un partido de fútbol se observan pautas de actuación colectivas diseñadas y ensayadas en los entrenamientos, pero cada jugador conserva un importante margen de iniciativa personal. ¿Se puede lograr algo parecido al abordar colectivamente tareas de mayor envergadura intelectual que marcar goles?

En los últimos años está dando bastante que hablar la noción de inteligencia colectiva (o las nociones, pues no hay un criterio unánime al respecto). Y aunque en la búsqueda de precursores podríamos retroceder en el tiempo tanto como quisiéramos, no parece arbitrario ver el origen de este concepto en los trabajos de Émile Durkheim, uno de los padres de la sociología moderna, junto con Marx y Weber.

Al estudiar la especificidad de lo que él llamó el "hecho social", y tras introducir la noción de estructura (base del estructuralismo), Durkheim llega a la conclusión de que la sociedad en sí misma es una forma superior de inteligencia, porque trasciende al individuo tanto en el espacio como en el tiempo. Esta idea serviría de base al concepto de noosfera, propuesto por Vladimir Vernadski y desarrollado por Teilhard de Chardin desde una óptica cristiana. Pero ese es otro artículo.