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De la mina al futuro

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

Del centenar largo de elementos que pueden considerarse los pilares de la materia, el carbono es el más fascinante. El prodigio se inicia en su alumbramiento en el seno de una estrella moribunda. Cuando una estrella pierde su esplendor porque su combustible nuclear, el hidrógeno, flaquea, se derrumba hacia su centro y el aumento de calor provoca una nueva ignición termonuclear. Las capas externas se expanden, o sea, se enfrían y enrojecen. En cambio, en su interior, se produce un milagro. Los núcleos de helio, las cenizas de la combustión nuclear, no pueden unirse entre sí a menos que lo hagan de tres en tres por un delicadísimo mecanismo que tiene lugar en ese infierno a una temperatura de muchos millones de grados. Así, uniéndose tres núcleos de helio se produce el carbono del universo. Cuando la estrella finalmente da su último estertor, una explosión supernova, ese carbono empieza su vagar por la galaxia junto con todos los elementos que se han sintetizado en el interior de la estrella.
Si la nube remanente de la estrella muerta colapsa dando lugar a una nueva estrella y de esta se desgaja material que configurará sus planetas, el carbono formará parte de ellos. Los átomos de carbono tienen una propiedad no única pero bastante singular: tienen preferencia por ligarse a otros átomos de carbono y de hidrógeno. Las moléculas que forman esas uniones, gracias a mucho azar y bastante necesidad, pueden dar lugar a un fenómeno fantástico: la vida. La vida, con tiempo, mucho tiempo, puede evolucionar hasta llegar a seres que se planteen cómo es íntimamente ese carbono que les dio la oportunidad de ser y cómo utilizarlo en su beneficio.
Descubrirán que, como mineral, el carbono les puede proporcionar nada menos que el combustible de una revolución industrial que les facilite la vida, aunque a costa de agredir seriamente al planeta. También observarán que si cuatro de sus átomos se colocan exactamente a la misma distancia, se obtiene el raro y bello diamante, y si uno está algo más distante, se obtiene el grafito de las minas de los lápices y mil cosas más. Y así, escudriñando el carbono y manipulándolo con exquisitez extrema, se pueden formar bellos balones en miniatura, tubitos de delgadez inaudita y, entre mil maravillas más, los grafenos, láminas sutiles que abren un futuro limpio e inmenso que, por lo pronto, les han alegrado la vida a sus descubridores al recibir el premio Nobel de 2010. Y el de Química también se lo han dado a investigadores del carbono. Estos días en que los mineros del carbón ven esfumarse su futuro, el carbono abre unas amplias perspectivas para la humanidad. Nunca dejará de fascinarnos el carbono.