Ciudadano autosuficiente

El hombre que aprendió a vivir sin nada

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Encerrar, durante un año, todos los objetos que uno posee en un depósito para ir recuperando uno al día; parece una locura pero él lo hizo. Se trata de Petri Luukkainen, cineasta finlandés con el que nos hemos entrevistado. Lo que sigue es su historia de un año de redescubrimiento.

Por José Rojo

Lectores, que el titular no os lleve a engaño: no se trata del enésimo giro de tuerca de la omnipresente novela nórdica; un nuevo ejemplar entre los centenares que se apilan en cada librería desde que comenzara el boom hará un lustro. No, que la crítica literaria no es lo nuestro y en cualquier caso, la historia que hoy os traemos es infinitamente más interesante. La protagoniza, sí, un nórdico, pero no uno cualquiera: un nórdico que se atrevió a vivir sin nada, a reescribir la historia de frenesí consumista que parece presidir tantas otras vidas en el mundo occidental.

Trastos y más trastos que ya ni sé para qué quiero. ¿Y si me planto, y si digo "basta"? La pregunta se la formuló Petri Luukkainen. Corría el año 2010, y este cineasta finlandés se encontraba en su piso en un céntrico barrio de Helsinki; afuera, al otro lado del cristal, el negro cavernoso del noviembre finlandés, un mes que tradicionalmente temen los suomis por la falta de horas de luz pero también de una nieve que ilumine las calles. Luukkainen, por entonces de 26 años, no estaba pasando por una buena racha. "No era feliz, me sentía bastante solo", nos confiesa, cuatro años después, a través de una conversación vía Skype. "Miré a mi alrededor en mi piso, vi todos esos objetos y creo que proyecté todo lo que sentía hacia ellos. Pensé: ‘aquí hay un problema que sí puedo solucionar’".

Con un inglés impecable pero cargado al tiempo de ese timbre serio, pausado, casi rumiante que es tan característico de los hablantes finlandeses, Luukkainen explica que la idea de rodar un documental no estaba entre sus planes iniciales. "Al principio no había esa voluntad consciente de ‘convirtamos todo esto en un experimento’. Pero soy cineasta, trabajo haciendo películas y se lo comenté a mis amigos. La idea les encantó, así que decidimos filmarlo todo". Inicialmente, el grupo consideró la idea de que el director de cine conservara un millar de objetos y se desprendiera de los demás. "Pero pronto nos dimos cuenta de que había que ir más allá, partir del cero absoluto. Renunciar a todas mis posesiones, quedarme sin nada".

Una a una, fueron sentándose las bases del experimento: Luukkainen guardaría todos sus objetos en un depósito cercano a su apartamento y los iría recuperando a razón de uno al día, el más necesario en cada momento; comprar otros nuevos estaría prohibido. El desafío se alargaría durante un año entero: un 2011 de cambios, de cuatro estaciones extremas; un 2011 de 365 días desmontando una vida construida a través del consumo y lo material y llenando el vacío resultante con algo nuevo.

Sin nada a -30 grados

Que la cosa iba en serio empezó a intuirlo Luukkainen la víspera del día D. Vestido con ropa prestada, el cineasta dormía en casa de su hermano mientras afuera, en la calle, un camión aguardaba pacientemente con todas sus posesiones, con toda una vida. "Me entró miedo", reconoce hoy. "Una parte de mí pensó: ‘¿Y si alguien lo roba? ¡Mi vida quedaría arruinada!’" A la mañana siguiente, descargada toda esa montaña de objetos, almacenada en el depósito y guardada bajo llave, se encendió el piloto rojo de una cámara de vídeo y con él, llegó al fin la comprensión del giro de 180 grados que estaba a punto de pegar todo; la comprensión de que él, y no otro, era el protagonista de aquella ficción.

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"Me pregunté: ‘¿por qué mi vida no funciona?’ Necesitaba un nuevo comienzo". // PETRI LUUKKAINEN / MYSTUFF

Esa cámara le siguió los pasos aquel día de enero cuando, desnudo, bajo un frío que cortaba la circulación – "fue un invierno bastante duro en Finlandia, de los que se ven temperaturas de -30 grados", recuerda ahora –, corrió hasta el depósito, recuperó su primer objeto (un abrigo) y volvió a la carrera hasta casa. Es probable que lo absurdo de la estampa – un veinteañero cubierto tan solo por una hoja de periódico, corriendo despavorido sobre la nieve apilada en las calles de Helsinki sin más protección que sus pies descalzos – desencajara la mandíbula de más de un transeúnte aquella noche. Entre risas, Luukkainen admite lo conveniente de una cámara de vídeo a la hora de facilitar la aceptación de aquellos testigos involuntarios. "Al principio yo no quería estar delante de la cámara pero pronto comprendí que filmar el experimento ayudaba y mucho. Cada vez que me metía en problemas o me pillaban haciendo algo extraño, explicaba que estábamos rodando un documental y todos se mostraban comprensivos".

Así, inaugurado el año de cambios con aquel bautismo de hielo, el cineasta se encerró dos semanas en su piso sin poder salir, sobreviviendo gracias a la comida que le traía su hermano. "Con el tiempo, es difícil evitar que la mente idealice lo vivido pero al principio, la experiencia tenía poco de romántico: desnudo, sin nada que hacer, durmiendo en el suelo y al lado del radiador", enumera el finlandés, que no recuperó su colchón hasta el séptimo día de aislamiento. Entremedias, vinieron unos vaqueros, un jersey, calzado, una manta; armas indispensables con las que defenderse del intenso frío.

"Los objetos que tenemos terminan por quitarnos más de lo que nos dan"

Con la lucha por la supervivencia, llegó una libertad inesperada. "Cuando me vi sin nada a mi alrededor, puede que me aburriera un poco al principio pero pronto me sentí liberado, como si estuviera de vacaciones". El director de cine lo atribuye precisamente a la ausencia de objetos que demandaran su atención. "Nuestras vidas están repletas de pertenencias como coches, portátiles o móviles que nos dan confort y nos hacen la existencia más fácil pero que, a cambio, exigen mantenimiento y un uso constante. Tenerlos implica usarlos, uno se siente casi obligado a ello. Terminan por quitarnos más de lo que nos dan, y yo acabé dándome cuenta de cuánta energía me robaban todas esas cosas". Energía que ahora podía dedicarse para otros fines. "En cierto sentido, fue uno de los años en los que más he sociales. Cuando estás sentado en tu apartamento con nada excepto la ropa que llevas puesta, tiendes a querer salir de casa y ver a tus amigos tanto como te sea posible".

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Entre las sorpresas de su particular viaje, una generosidad que Luukkainen no esperaba. "La gente en Finlandia piensa que para apreciar algo debes ser su dueño pero he aprendido que compartir hace que el que da y el que recibe se sientan mejor". // PETRI LUUKKAINEN / MYSTUFF

"Suelen preguntarme si hubo algo que echara especialmente de menos pero sinceramente, más allá de necesidades básicas como alimentación o ropa no hubo gran cosa", continúa el finlandés. Interrogado al respecto, confiesa que lo más difícil fue renunciar, por un lado, a su equipación para aficiones como el senderismo y la pesca y, por otro, al portátil; dos frentes aparentemente opuestos pero nada sorprendentes en los países nórdicos, donde la conexión con el mundo salvaje camina codo con codo con un apego casi enfermizo a la tecnología. El mono por volver a pulsar todas esas teclas le empujó a rescatar a su ordenador apenas cuatro semanas después de iniciar el experimento. "Sé que no suena demasiado romántico, pero probablemente sea el objeto más importante en mi vida. A través de él trabajo, actualizo mis redes sociales, cuento mi historia. Me abre un mundo de posibilidades", explica.

En cambio, con el teléfono móvil la historia de Luukkainen sigue derroteros bien distintos. El finlandés no sintió la necesidad de recuperar la absorbente pantalla táctil hasta pasados cuatro meses. "Fue bastante liberador. Me demostré a mí mismo que puedo vivir sin teléfono. Ahora, de vuelta por la normalidad, tengo un trabajo y estoy conectado permanentemente. A veces deseo poder alejarme de eso, regresar a aquellas semanas en las que tuve más tiempo que nunca". No obstante, el director de cine no parece dispuesto a renunciar a parte de la libertad conquistada tras su paso por la vida asceta: en la actualidad, mantiene por defecto el teléfono en silencio y jamás responde a las llamadas a no ser que sea estrictamente necesario. "Con el teléfono, cualquiera podía perturbar mi vida tantas veces como quisiera. Ahora, soy yo quien decide cuándo estoy disponible", sentencia.

"Tener menos aumenta el valor de lo que tienes"

Hoy, cuando se cumplen casi tres años desde el fin de su particular viaje de autoindagación, un teléfono móvil a prueba de interacciones compulsivas no es el único de los cambios experimentados por Luukkainen. No siempre fue sencillo, admite, devolver a los cauces de la normalidad a una vida irreconocible tras doce meses cuestionando, aprendiendo, repensando el valor de lo poseído. "Descubrí una nueva forma de vivir. Regresar a lo anterior fue como volver de unas largas vacaciones, mirar a mi alrededor y descubrir que cosas que ya no necesitaba seguían ahí, ocupando espacio", subraya.

El finlandés, que ya cuenta con imitadores en países como Australia, Japón o la propia Finlandia, opina que la clave está en redefinir en qué consiste "lo normal", materialmente hablando; un ejercicio que recomienda a muchos de sus compatriotas, hacia los que se muestra crítico. "En mi país, muchos parecen asumir que tener un gran apartamento no es sino un paso previo a comprar un coche o dos y una casa en el campo para el verano. Es extraño cómo, sin apenas pensarlo, asociamos la normalidad al hecho de poseer ciertas cosas", se lamenta Luukkainen, que reconoce haber caído en una filosofía similar en el pasado. "En el fondo, todos sabemos que no es cierto que lo que poseemos nos defina, que nuestra existencia se construya a través de objetos. No es cierto, pero muchos actúan como si así lo fuera".

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El finlandés, con su abuela en un momento del documental. "Viene de una generación en la que estaban acostumbrados a tener mucho menos que nosotros". // PETRI LUUKKAINEN / MYSTUFF

Para vosotros, intrépidos urbanitas dispuestos a llevar una vida tan cerca de la autosuficiencia como lo permita este siglo XXI de prisas y consumismos, el protagonista de esta historia tiene un consejo: "Reconsiderad la necesidad real que tenéis de cada uno de los objetos que os rodean, el valor emocional que pensáis que tienen para vosotros y si eso se ajusta a la realidad. Si han pasado dos años o más desde la última vez que tocasteis alguno de ellos, entonces es una cuestión de estética o de almacenar por almacenar y no una necesidad real. Yo terminé aquel año de experimento con los 365 objetos que había ido sacando día a día, sin echar nada en falta, llevando una vida completamente normal. Tener menos aumenta el valor de lo que tienes".

Con esta sabiduría traída desde latitudes boreales nos despedimos. ¡Un saludo, y suerte repensando!

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