Opinión · Ciudadano autosuficiente

Pintando de verde la ciudad

Por José Rojo

Radiografía de los huertos urbanos en España coincidiendo con el quinto aniversario de ‘Esta es una Plaza’, uno de los más emblemáticos

El reloj está a punto de marcar las once y media de la mañana y en la céntrica calle madrileña de Doctor Fourquet, los transeúntes esquivan el frío con el paso eficiente y expeditivo que comparten los habitantes de todas las ciudades grandes del mundo. Al pasar por el número 24, si acaso uno o dos afloja el ritmo lo suficiente como para mirar con curiosidad al muro de ladrillo rojo del que brota una alegre algarabía. Dentro, al otro lado, todo es actividad en Esta es una Plaza: gente abrazando al recién llegado, distribuyendo sillas, probando micrófonos, colocando tazas de chocolate caliente y platos repletos de tarta en mesas repartidas por el perímetro… Un grupo de intrépidas hormiguitas que hoy, 21 de diciembre y víspera del solsticio de invierno, está de celebración por los cinco años que cumple su huerto urbano; cinco años desde que, armados de una azada y un mono de trabajo, se propusieron pintar de verde el corazón de asfalto de una Madrid asfixiante.

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En Esta es una Plaza, pocos elementos han sido dejados al azar. Un operario arremete contra el tronco del madroño del escudo de Madrid en un mural del artista italiano Blu // ReHd Mad

 

“Berzas, coles, repollos, puerros, ajos…”, enumera con los dedos de la mano Pablo Llobera, de pie frente a las hileras de cultivos que componen el núcleo del huerto urbano. “Esto es lo que comían nuestros abuelos durante el invierno”. Precisamente uno de los objetivos de estos espacios, según este educador ambiental y miembro de la Red de Huertos Urbanos de Madrid (ReHd Mad), es reenganchar al urbanita medio con el latido, ya olvidado, de los ciclos naturales y la estacionalidad de las verduras; concienciar del coste ecológico y social que tiene ignorar el calendario y comer hortalizas todo el año.

Para ello, este jardín en la ciudad propone al ciudadano una receta basada en los principios de la agroecología: nada de fertilizantes o pesticidas y una apuesta, en cambio, por la rotación o la asociación de cultivos y otras estrategias naturales. Llobera indica que se trata de decisiones que toman en asamblea los integrantes del huerto. Lo comunitario, seña de identidad de este tipo de espacios, también está presente a la hora de dividir tanto el trabajo que hace cada uno como el botín verde que se reparte después. Aunque algunos huertos optan por pedir contribuciones que suelen rondar los 25 euros anuales, la clave está en la autogestión más que en el dinero, según el madrileño. “El dinero es para cuando uno está solo. Cuando hay un grupo humano, deja de ser tan necesario. La gente se trae una azada del pueblo, las semillas que le sobran al abuelo… Todo es de todos, todos cuidan de todo”. Como filosofía, no suena nada mal.

 

 “El huerto es un pretexto; lo importante es la trastienda, su papel como punto de encuentro”

 

Con todo, el huerto no es lo único que esconde Esta es una Plaza tras sus muros, ni tampoco lo más importante. “Un taller de bicis emblemático en la ciudad donde no reparamos sino que enseñamos a reparar, un escenario donde se hacen conciertos y proyectan películas, una placa solar que proporciona la energía para sostener toda esa actividad cultural…”, va desgranando el escultor Luis Elorriaga. Presente en el proyecto desde su asamblea fundacional, el artista ha contribuido, martillo y cincel en mano, a esculpir durante los últimos cinco años lo que define como una “obra de arte callejero” que hunde sus raíces en la democracia participativa; 900 metros cuadrados en pleno Lavapiés que ahora penden de un hilo mientras el Área de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid decide si renovar o no la cesión del terreno. “Vivo enfrente de aquí y mi sueño durante años fue tener un jardín. Si hemos conseguido un sueño, ¿quién va a dar marcha atrás ahora?”, se pregunta el escultor, la mirada clavada en el interlocutor.

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La ‘hortodiversidad’, o cómo cada huerto posee su alma particular. En concreto, Esta es una Plaza destaca por su oferta cultural, con un gran número de actividades al aire libre // Esta es una Plaza.

 

Elorriaga, que cifra en alrededor de 2.000 las firmas recogidas en las últimas semanas para que el Ayuntamiento prorrogue el milagro horticultor otros cinco años más, considera que la sociedad del siglo XXI debería abandonar las definiciones de ciudad que se arrastran desde hace siglos. “Llevamos décadas planteando la renovación de los espacios urbanos y ya es hora de que la sociedad se involucre. Democracia no es sólo votar, sino también participar, y en España la gente tiene demasiado miedo, debería ser más autónoma y tener más iniciativa en su barrio, en el ámbito en el que se mueve”. Un análisis que suscribe, punto por punto, Pablo Llobera. “Se habla de ocupar pero en el fondo se trata de liberar espacios. Hemos cogido descampados llenos de escombros sin ninguna función social y los hemos convertido en parques, en centros culturales…Y todo a coste cero para la Administración”, subraya.

Aunque costaría creerlo hoy, cuando lo abarrotan familias y niños que se pasean entre árboles frondosos y cultivos organizados al milímetro, el espacio de Esta es una Plaza ha vivido épocas aciagas, marcadas por el pulso con las autoridades. Los renglones de su historia se torcieron en sus inicios, cuando el Ayuntamiento respondió a la ocupación del solar desmantelándolo por la fuerza; un proceso que se repitió en otros cuatro huertos urbanos de la capital. “Lo único que consiguieron fue reforzar todavía más a la comunidad, que se reorganizó, formuló un proyecto y pidió un permiso que acabó por ser concedido”, narra Llobera.

Por fortuna, las fricciones son hoy cosa del pasado, con un Consistorio decidido a regularizar entre dos y cuatro años unas quince parcelas de las cuarenta que existen en Madrid. “Esto no va a parar, esto responde a una necesidad de los madrileños de conectar con la naturaleza pero también de conectar con la gente. Al final, el huerto es un pretexto, un escaparate: lo importante es la trastienda, su papel como punto de encuentro desde el que compartir proyectos y tejer redes en tiempos de crisis”, sentencia. Palabras que sugieren que lo de “Esta es una Plaza” no es una frase hueca sino que encierra una intención muy clara: crear una plaza, un foro, un oasis en el desierto en el que Madrid se ha ido convirtiendo; un Madrid que cada vez empuja más a sus habitantes hacia el interior de centros comerciales y bares de tapas.

 

“Es un parque mucho más libre. Aquí los niños se crían como si estuvieran en el pueblo”

 

Para conocer y aprender del oasis madrileño y su trastienda ha recorrido Ana Higueras casi 500 kilómetros desde Cartagena (Murcia). Pionera entre pioneras, el entusiasmo le baila en sus ojos claros cuando comparte su historia poniendo en pie y luchando junto con un compañero por el jardín comunitario ‘El huerto de l@s niñ@s’, el primero de esas características en aparecer por la ciudad a orillas del Mediterráneo. “A pesar de las dificultades, esto te cambia. Al principio, mucha preocupación, pensamientos del tipo ‘ay, no vamos a tener agua en el huerto’ o un ‘¿conseguiremos que nos ayude el Ayuntamiento?’”, confiesa esta licenciada en Ciencias Ambientales de 29 años mientras, desacostumbrada al frío de la meseta, se aferra al calor de una taza de chocolate. “Pero luego, con cada paso, uno va cada vez más firme, perdiendo el miedo”.

De dificultades han estado llenas las primeras páginas de andadura de este proyecto de dos amigos. De mano de su propietario, un vecino ingresado en un hospital para la tercera edad, consiguieron la cesión temporal de un terreno pared con pared con una escuela. Desde entonces, ha transcurrido ya un año y medio en el que ‘El huerto de l@s niñ@s’ ha tenido que luchar contra viento y marea para, granito a granito de arena, ir dotándose del material necesario para sobrevivir. La caseta para herramientas y el punto de agua potable obtenidos gracias al AMPA del colegio del barrio, un invernadero financiado a base de rifas y de la venta de camisetas… “Las ayudas institucionales han sido muy puntuales, para nada acordes con un proyecto tan beneficioso para la comunidad. Hemos conseguido ya mucho con los niños: ellos plantan verduras que no comían antes y las sienten como suyas. La idea es aprovechar esa inquietud que ellos ya llevan dentro para ir arrastrando poco a poco a la familia”, reconoce entre risas.

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Grupo de escolares de visita por ‘El huerto de l@s niñ@s’. “Aquí, terminan descubriendo de dónde vienen las verduras”, explica su fundadora. // El huerto de l@s niñ@s.

 

Que los huertos urbanos constituyen un dominio de las familias y la infancia es un secreto a voces para quien se pasee hoy por la plaza entre plazas. “No sabía que hubiera tanto niño, tantos papás y mamás por Lavapiés”, confiesa un sonriente Luis Elorriaga. Unos metros más allá, Ricardo Sánchez conversa animadamente rodeado de cuatro niños de corta edad. “No, no son todos míos”, aclara este madrileño y padre de dos, visiblemente sonrojado. “Aquí los niños se comparten mucho, los padres nos hacemos cargo un poco los unos de los otros. Te puedes ir a hacer un recado y dejar a los niños con otra familia porque la conoces, estás con ella todos los días. Este parque es mucho más libre”, señala.

“En este espacio se crían como si estuvieran en el pueblo”, coincide su mujer, Vanessa García. La otra mitad del tándem horticultor descubrió Esta es una Plaza antes de su primer embarazo. La familia terminó mudándose al vecindario y ella criando a sus dos hijos, de cuatro y dos años, en el santuario que hoy celebra su quinto aniversario. “Durante mi embarazo solía venir aquí, buscando paz y tranquilidad. Es un lugar maravilloso, donde los niños aprenden a ser autónomos pero también a compartir porque están todos juntos”. Su tono se tiñe de frustración al ser preguntada por el Madrid que se está construyendo en los últimos años. “Ya es duro vivir en el centro de una ciudad, pero tampoco nos ponen las cosas fáciles. En el barrio faltan alternativas de ocio y espacios hay pocos y mal aprovechados. ¿Quién ha diseñado los columpios que pusieron en Tirso de Molina?”, se lamenta.

Setenta años no bastan para cambiar algunas cosas; los setenta años que separan el descampado inútil en el que el Ayuntamiento pretendía convertir a ‘Esta es una Plaza’ cuando lo desmanteló hace ya más de cinco años y el descampado, también inútil, que ya era en 1939. En una España desangrada por los últimos coletazos de la Guerra Civil, aquél fue el año que vio a Eudolindo Rocaberti escalar la pared de ladrillo de la calle Doctor Fourquet y aterrizar en el solar que se escondía detrás. “En abril, Tarancón estaba a punto de caer así que decidimos huir a Madrid. Los niños tendríamos unos 10 años y estábamos salvajes. Jugábamos aquí”, recuerda hoy, ya cumplidos los 85 y acompañado por su nieta. Con siete décadas a sus espaldas sin salir del barrio, durante años sus pasos le condujeron con frecuencia frente a su antiguo patio de juegos. “Siempre pensaba, ‘eso sigue igual’”, explica. Hasta el día que el azar quiso que pasara cerca del descampado y descubriera que alguien había puesto en marcha un taller de reparación de bicis; alguien se había atrevido, como él años atrás, a desafiar las convenciones y a llenar de vida un espacio que estaba muerto.

El ser humano, ya se sabe, es un animal de costumbres; un cabezón que tiende a aceptar los cambios cuando ya no hay otro remedio. Pero también es un idealista para el que no sirven muros de ningún tipo; ni servían los de entonces, ni sirven los de ahora. ¡Feliz 2015 y ánimo pintando de verde la ciudad!

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José Rojo