Opinión · Ciudadano autosuficiente

No deberías ir en coche a trabajar (y no se trata de salvar el Planeta)

El primer Opel utilitario se vendió en Alemania, a finales de la década de 1920, como “el coche de los médicos”. Gracias al coche, los médicos rurales pudieron ahorrarse largas horas de viajes a lomos de caballerías o en carro, y muchos pacientes se salvaron. Muchos trabajadores necesitan un vehículo para trabajar: además de los médicos, los transportistas en general, los técnicos de reparaciones, viajantes y representantes, veterinarios, electricistas, fontaneros, fotógrafos, naturalistas, algunos periodistas, políticos en campaña, músicos, etc.

Luego están los que usan el coche para ir a trabajar a un puesto fijo, en una oficina, una fábrica o un almacén. Estos trabajadores no necesitan el coche para su trabajo, de hecho llegan a su puesto, aparcan y ahí se queda el vehículo sin usar durante ocho horas o más. Paradójicamente, los viajes para ir al trabajo superan por mucho a los viajes de trabajo, y causan la mayoría de los atascos, el ruido, la contaminación y los accidentes que provoca el coche privado.

La mayoría de los que van al trabajo en su coche no lo hacen por placer, sino porque no tienen más remedio. El transporte público es de mala calidad y las distancias domicilio-trabajo son largas. El coche sale muy caro y hay que utilizarlo, sacarle partido. Lo malo es que usarlo para dos viajes diarios y dejarlo luego 22 o 23 horas aparcado sin uso parece absurdo. Un verdadero lujo.

En Francia, ha ocurrido lo que se venía cociendo desde hace tiempo. La curva de costes del coche privado no para de subir (cada vez son más grandes, más caros, con más impuestos, ITVs, multas, reparaciones, revisiones, consumibles, líquidos de catalizador a reponer, etc). Y la curva de salarios y dinero disponible para pagarlo no deja de bajar. En algún punto se tenían que cruzar.

La gota que ha desbordado el vaso ha sido el aumento de impuestos al diésel, combustible usado por la mayoría de los coches allí. En realidad lo que se quería hacer era quitar la subvención al diésel, para equipararlo en precios con la gasolina. Es decir, tras décadas de alentar por todos los medios la compra y uso de coches diésel en Francia y casi toda Europa, el Gobierno decide que el supremo interés del planeta y la lucha contra el cambio climático exige tirar los coches diésel a la basura y comprar un eléctrico (precio medio, 35.000 euros).

Mucha gente ha visto que con la subida de impuestos al diésel su único medio de transporte, el coche privado, se convierte en artículo de lujo difícil de pagar. Ante la torpe acusación del presidente Macron de que hay gente que no respeta la ecología planetaria, muchos de los llamados “chalecos amarillos” responden “me preocupa más llegar a fin de mes que el fin del mundo”.

Un chiste gráfico de Sempé mostraba a un trabajador en bicicleta viendo resentido como el director de la empresa se encaminaba a su puesto en un cochazo. En la siguiente viñeta se ve al mismo trabajador dentro de su coche, en mitad de un atasco, viendo resentido como el director de la empresa se encamina a su puesto montando una flamante bicicleta.

No deberíamos ir al trabajo en coche, es el uso más derrochador que se le puede dar a un vehículo. Los coches privados deberían servir para el placer, ampliar horizontes, salir al campo y marcharnos de vacaciones. Pero pasan el 99% de su tiempo de uso aparcados entre un viaje domicilio-trabajo y el siguiente. Durante décadas, el sistema funcionó empujando a gran parte de la población a utilizar su coche privado hasta para ir a por el pan. Y ahora que todo el mundo está pillado y es 100% coche dependiente, resulta que el coche de motor de combustión es el demonio.

La solución a este sindiós que tan agudamente se ha manifestado en Francia, y que pronto se verá en toda Europa, consiste en dar a la gente alternativas más cómodas, eficaces y baratas que el coche, para que vayan de su casa al trabajo y vuelta. Que permitan algo de relajo antes de entrar a trabajar, y reduzcan el riesgo de accidentes (según el I Barómetro de movilidad laboral del RACE, uno de cada tres trabajadores fallecidos en 2011 lo hizo en un contexto de tráfico).

Por ejemplo, transporte público no penalizado, es decir, con buena frecuencia, velocidad y densidad de conexiones. También se puede investigar la posibilidad de coches compartidos fuera de las áreas centrales de las ciudades. O recuperar las rutas de empresa, desaparecidas hace tiempo cuando se incitó al personal a ir en su coche privado al trabajo.

 

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