Opinión · Ciudadano autosuficiente

La forja del ecociudadano, 1970-2020: residuos y reciclaje

Fragmento de un cartel de Ecovidrio (2005)

Ahora que se acercan los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) 2030, puede ser un buen momento para echar la vista atrás. ¿Cómo ha cambiado la vida del ciudadano en los últimos 50 años, desde el punto de vista de la autosuficiencia… y de la sostenibilidad? En esta breve reseña repasamos algunas direcciones del cambio que se ha producido en la producción y gestión de los residuos domiciliarios.

 

El contenido de los cubos de basura: de los huesos y cenizas al plástico

La cantidad de residuos domiciliarios ha crecido en los últimos 50 años, de aproximadamente medio kilo por persona y día a casi 1,5. Esta tendencia al crecimiento se ha frenado en los últimos años por la aparición de los Sistemas Integrados de Gestión (SIG), que apartan de la corriente principal de residuos a cantidades crecientes de materiales como papel y cartón, vidrio o envases ligeros. Otro factor es la crisis, que hizo descender la producción de residuos urbanos.

La destrucción de los sistemas de devolución y retorno (de “devolver el casco”) y la aparición de nuevos materiales, singularmente plásticos y bricks, han modificado profundamente la composición de la bolsa de residuos. La fracción de envases ligeros ha pasado de ser casi inexistente a representar la mitad, al menos en volumen. La fracción orgánica se ha reducido, aunque probablemente solo en porcentaje, pero no en peso total. También se ha multiplicado la aportación de papel y cartón.

Determinados elementos de los residuos domiciliarios están demostrando un impacto de largo radio y plazo en el que no se había pensado antes. Así ocurre con muchos plásticos efímeros, especialmente bolsas desechables, bandejas de poliestireno expandido y similares, asociadas a una creciente contaminación difusa por partículas de plástico que llega incluso a los océanos.

La evolución del uso de envases pasó de un predominio del vidrio (en gran parte retornable), del papel y cartón para alimentos sólidos y de las latas de hojalata a una proliferación de envases plásticos y bricks desechables, con una importante cuota de mercado para líquidos copada por la latas de aluminio.
Tomando en consideración los principales alimentos líquidos (leche, agua, cerveza, refrescos, vino y zumos) la cuota de mercado del vidrio pasó de un 80% aproximadamente en 1970 a poco más de un 20% treinta años después.

En ese intervalo, plásticos y cartones para bebidas pasaron de suponer (sumados) menos de la cuarta parte a más de las dos terceras partes. Las latas de bebidas, por su parte, pasaron de ser una curiosidad a suponer el 11% de la cuota de mercado de envases para alimentos líquidos.

 

De los traperos a la economía circular

El sistema de tratamiento de los residuos urbanos cambió por completo cuando llegó el final de la antigua red de traperos y chatarreros que recogían, clasificaban y valorizaban todas las fracciones útiles de los residuos, en los “patios de basura” que con frecuencia estaban en el centro de las ciudades.
Los residuos comenzaron a ser retirados en bloque y simplemente quemados o bien enterrados en vertederos que pronto mostraron ser focos de graves problemas de contaminación.

La evolución de los residuos, desde el punto de vista del ciudadano, pasó de la recogida personalizada de residuos para reutilización al vertido en bloque, y posteriormente a una creciente proliferación de contenedores callejeros, de portal y en los domicilios, dedicados a la separación selectiva de residuos.
El modelo general fue de cuatro fracciones: vidrio (con iglús callejeros desde comienzos de la década de 1980), papel (donde los contenedores siguieron coexistiendo con los cartoneros) y envases ligeros, un gran consorcio creado para dar solución a un problema acuciante, la proliferación de envases de cartón de bebidas, plástico y metal.

El cuarto cubo, “restos”, es decir, materia orgánica y todo lo demás salvo envases, papel y cartón, no ofrecía muchas posibilidades de reciclaje, ni como compost.

Posteriormente se añadieron SIG (Sistemas Integrados de Gestión) para medicamentos, pilas, lámparas, etc. Los puntos limpios municipales permiten una separación fina de residuos especiales, pero con dificultades de acceso a los mismos para los ciudadanos no motorizados.

Y por fin todo el sistema recibe un nuevo nombre, una aspiración para 2030: la economía circular, cuyo ejemplo más perfecto es el sistema de “devolver el casco” que fue destruido hacia 1980. Uniendo viejos sistemas con las posibilidades de las nuevas tecnologías de la información y comunicación, la economía circular aspira a un mundo de residuo cero.