Ciudadano autosuficiente

El ciudadano no tan autosuficiente

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El ciudadano #NoTanAutosuficiente en tiempos de pandemia: #EsteVirusLoParamosUnidos

Desde hace algo más de dos semanas, el ciudadano autosuficiente ha descubierto que el concepto de una vida sencilla y de baja huella es más válido que nunca. También se ha dado cuenta, más que antes si cabe, de la complicada trama de relaciones sociales, ecológicas y económicas que nos mantiene a todos más o menos a flote. Así que la palabra "autosuficiencia" en tiempos de pandemia, en que todos sentimos agudamente que dependemos de todos, suena realmente mal.

Mientras cambiamos o no el título del blog, podemos tantear un concepto que nos puede venir muy bien en estos tiempos de tribulación y necesidad de apoyo mutuo: la frugalidad.

La frugalidad no tiene nada que ver con la austeridad ni con la privación. La palabra es de la misma familia que la palabra fruta, por extensión los frutos de la naturaleza, y también es pariente de fructificar y de disfrutar. Es decir, se trata de solazarse con los bienes que nos ofrece la naturaleza y la industria sin agotarlos. Desde que el mundo es mundo, ha existido esta corriente de frugalidad, como virtud romana (frugalitas) o como modo correcto de obrar en China hace 2.000 años (wu wei). Tras muchos años secuestrado el concepto por jipis variados (el más ilustre de los cuales es Henry David Thoreau, autor de Walden, o la vida en los bosques) la frugalidad vuelve con fuerza, pero no en el tranquilo ambiente de los bosques y praderas, sino en el bullente caldero de las grandes ciudades modernas.

Thoreau se fue a vivir a una cabaña junto a un lago, que construyó él mismo, pero ¿qué hacemos los que vivimos en el tercero izquierda de un bloque de pisos?, ¿tiene algún sentido aquí la virtud de la frugalidad? Pues sí la tiene, y en realidad tiene mucho más sentido en una hacinada urbe de comienzos del siglo XXI que en ningún otro sitio. Y ahora, que muchos de nosotros estamos recluidos en nuestras casas, tiene más sentido que nunca.

Para empezar, está creciendo el respeto por los recursos esenciales: agua potable, electricidad y alimentos. Durante mucho tiempo, se ha hablado del "milagro" que supone hacer clic en el interruptor y que se encienda la luz, o abrir el grifo y que mane agua fresca. Ahora somos muy conscientes de que hay mucha gente que está trabajando duramente y muy expuesta para que el milagro siga ocurriendo. La frugalidad implica una aguda conciencia de lo limitado de los recursos, y de la necesidad de conservar en buen estado las fuentes de abastecimiento de alimentos locales, y los ecosistemas que los mantienen en buen estado.

El concepto de hogar resiliente va en la misma dirección: la experiencia del confinamiento podría reforzar la idea de un hogar o edificio provisto de energías alternativas, depósitos de agua, cultivos en azotea, etc. No se trataría de la autosuficiencia, sino de la capacidad de resistir mejor posibles reducciones del suministro de recursos y también de necesitar menos recursos, aliviando así la carga general del sistema que los proporciona. Y por supuesto estaría basado en la colaboración de los vecinos y vecinas.

Lo que sí está ocurriendo ya es la consolidación de las habilidades domésticas, esas cosas que sabían hacer nuestros abuelos y abuelas y que muchos hemos olvidado. Es la puesta en valor del ciudadano hábil y activo, apoyado en la empatía con sus vecinos, sin necesidad de ser "manitas", que repara, recarga, reutiliza, modifica, sabe responder a los problemas cotidianos… ¡y hasta sabe cocinar!