Energúmeno en 4×4

EVA MINTENIG

Una amiga me mandó hace poco un e-mail comentando lo agresiva que es la gente cuando se pone tras el volante, y ayer comprobé cuánta razón tenía. Yo, en la ciudad, casi nunca voy en coche porque la moto es mucho más rápida, aunque caigan chuzos de punta. Te vistes de astronauta, y a la calle. Pero ayer se había muerto la batería de la moto y cogí el coche.
Saliendo de un parking en pleno centro, me topé con un señor (por llamarle de alguna manera) que, con su 4×4 carísimo y gigantesco, esperaba a que llegasen unas amigas y se montaran en su trasto.

El problema es que el señor (repito: es una manera de hablar) realizaba la espera en medio de la curvita de la empinada rampa de salida y no dejaba pasar a nadie. Como yo no veía a las amigas camino del trasto, con un ligerísimo toque de claxon y media sonrisa le indiqué que retrocediera medio metro, para poder pasar. “¿Qué pasa?”, gritó el energúmeno, palmeando con fuerza la puerta de su cacharro. “Que tengo prisa”, respondí.

Y no sólo no se movió, sino que demoró en extremo su ascenso por la rampa (frenando ostentosamente cada medio metro, para fastidiar) y el pago de su estancia en el aparcamiento, que debe de ser su entorno natural.
El energúmeno no consiguió, sin embargo, su propósito: decidí ser zen y no perder ni un segundo de mi existencia cabreándome con semejante retrasado.