Malos jueces, pero buenos compañeros

ANTONIO AVENDAÑO

Perro no come perro. Lobo no come lobo. Juez no come juez. Y, por supuesto, juez español de derechas no come juez español de derechas. La Comisión Disciplinaria del Consejo General del Poder Judicial considera que 1.500 euros son penitencia suficiente para purgar el pecado mortal de no haber ordenado el ingreso en prisión de un tipo que abusó
de su propia hija y más tarde mató a una niña.

Los tres jueces conservadores con mayoría en la Comisión Disciplinaria que juzgó a Tirado tal vez sean malos jueces, pero son excelentes compañeros. Si fueran boy scouts o flechas de la OJE les darían el primer premio a la camaradería y les pondrían una medalla en el pecho. Pero como son otra cosa, a lo mejor lo que habría que darles es otra cosa y ponérsela en otro sitio, pero mejor me paro aquí, que esta gente es muy suya con quienes ni somos jueces ni somos de derechas.
No querría estar en la piel del juez Rafael Tirado, teniendo que sobrellevar durante el resto de la vida la dolorosa carga de haber cometido un error irreparable que, siquiera indirectamente, le costó la vida a una niña. Puedo entender su amargura, su zozobra y hasta incluso su penosa certeza de estar pagando culpas que no son suyas: pero no puedo entender su falta de entereza moral y de gallardía profesional al no admitir que se equivocó gravísimamente y, sobre todo, al esconderse sin pudor alguno tras los errores cometidos por funcionarios que estaban a sus órdenes. Quien se dedica a la justicia está obligado a ser justo, no sólo cuando dicta sentencias contra otros, sino también cuando otros las dictan contra él. Tirado tal vez ha sido un buen juez, pero no está siendo un buen reo.

En contraste, el padre de Mari Luz ha sabido ser todo lo que había que ser: contenido en el dolor, paciente en la desgracia, templado en la ira. El juez debería haber sido él.