Una especie protegida sin estar en peligro

ANTONIO AVENDAÑO

¿Quién es más importante, un juez o un ministro? Ambos son poderes del Estado; ambos toman decisiones que determinan la vida de mucha gente; ambos deben ser cautos y diligentes en su comprometido trabajo de juzgar o gobernar.

Sin embargo, si un ministro hubiera cometido un error equiparable al del juez Tirado en el caso Mari Luz, 1) se habría tenido que ir del Gobierno; 2) se habría tenido que comprar un peluquín para no ser reconocido por la calle; 3) sus adversarios políticos se habrían dado un festín con sus vísceras y 4) si tras la merienda hubiera quedado algo de carne del ministro, sus compañeros de partido habrían apurado hasta el último huesecillo ministerial. Si además ese político hubiera sido sancionado años atrás por manifiesta negligencia en su acción política y hubiera atropellado a un motorista yendo borracho, no es preciso decir dónde habría acabado, el pobre.

En relación con los otros poderes del Estado, los jueces están sobreprotegidos, como una especie en peligro. Tal vez la razón sea la siguiente: en tres décadas de democracia, este país ha puesto en su lugar o, mejor dicho, ha normalizado su relación con todas las castas y poderes venerados en el pasado: curas, políticos, militares, médicos, profesores. ¿Con todos toditos todos? Pues no, no con todos. Adivine el lector con quiénes no.