¿Sabemos valorar las cosas sin precio?

09 Dic 2008
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DAVID MIRÓ

Cuando el ser humano pasó del intercambio al comercio con dinero inventó una nueva manera de valorar las cosas: según su precio. En todos los sistemas económicos que ha habido desde entonces –comunismo incluido– las cosas han tenido precio, en unos casos fijado por el Estado, pero en la mayoría al albur de la ley de la oferta y la demanda (la variable más sofisticada de la cual sería el regateo: una cosa vale lo que una persona está dispuesta a pagar en un momento determinado). Gracias a los precios, las personas podemos hacernos una idea del valor que damos a las cosas. Por la misma razón, cuando nos ofrecen algo gratis y perdemos esa referencia corremos el riesgo de no valorarlo lo suficiente. Puede que algo de eso esté pasando con la sanidad pública.

Todos conocemos a alguien que, al mínimo síntoma, se planta en urgencias para que le hagan una placa. Pero, ¿cuántos sabemos lo que cuesta una radiografía? ¿Y un análisis de sangre?

Durante décadas, en España el agua fue casi gratis, se consideraba un bien casi inagotable, hasta que el crecimiento demográfico y un cierto descontrol en su uso impusieron un incremento significativo de su precio. Hoy, todo el mundo está de acuerdo en que fue una medida necesaria. Tampoco casi nadie discute que la gasolina en Europa esté gravada con impuestos y sea mucho más cara que en Estados Unidos porque consideramos que hay que apostar por una movilidad sostenible.

Y luego hay otra cuestión. ¿Y si a cambio de un cierto copago sanitario podemos financiar un año de baja maternal? ¿Qué preferimos?

En mi opinión existen argumentos suficientes para que se pueda generar un debate sereno. Sin perder de vista el objetivo último: asegurar el futuro de un sistema sanitario público que es la envidia de medio mundo. Y no lo valoramos.