Fuera de casa

EVA MINTENIG

Se acercan las vacaciones escolares y muchos padres van de reunión en reunión para informarse de cursos y campamentos a los cuales puedan mandar a sus hijos.

En una de ellas, los organizadores de un curso en el extranjero, después de asegurar que los alumnos aprenderían muchísimo inglés, que las familias de acogida eran todas estupendas y que sus hijos comerían divinamente, proporcionaron a los padres los teléfonos de contacto para que pudieran informar de cualquier incidencia.

Después, dieron un número de emergencias que debe utilizarse únicamente en casos extremos, prácticamente sólo en casos de vida o muerte.

Y, con cara de malas pulgas, dijeron que el año pasado recibieron una media de cinco llamadas diarias (durante un mes) a este número, y que ninguna era una emergencia, sino para recordar que el nene se tomara el jarabe de la tos, por ejemplo. Este curso es para chicos de edades entre 14 y 18 años.

Intuí entonces una de las razones por las cuales los jóvenes no se independizan y se marchan de casa de una vez. ¡Si es que no les dejamos! Nos cuesta muchísimo más a nosotros que a ellos cortar el cordón umbilical y abrir la puerta.

Me lo dicen también amigos pediatras, maestros y otros profesionales que tratan con criaturas: es duro a veces tratar con ellas, pero lo peor es aguantar a sus progenitores. Los padres somos unos pesados.