Civismos incívicos

¿Quieres democracia? Dos tazas de orden público

Escuchando ayer a Mubarak me quedé con la boca abierta, y aún no la he podido cerrar. Para el (aún) presidente, los hechos de los últimos días podían lanzar al país "a una situación desconocida", al estar los "nobles jóvenes y ciudadanos" siendo "explotados" por "los que quieren extender el caos y la violencia, la confrontación, y violar y atacar la legitimidad constitucional". Elementos que "tienen como objetivo la seguridad y estabilidad de la nación a través de actos de provocación, robos y saqueos, encendiendo hogueras y bloqueando calles".

.

A pesar de las muestras evidentes de auto-organización popular para proteger edificios y personas, retransmitidas por los medios y a través de las redes sociales, Mubarak insistía en ondear la bandera del miedo al caos como herramienta de desmovilización y deslegitimación de la protesta. Un clásico. En momentos de empoderamiento popular, ya sea por una revuelta o como reacción a grandes catástrofes o acontecimientos (Haití, el 11-S, el 11-M, etc), cuando el estado deja de tener capacidad para controlar lo que ocurre en las calles, pronto aparece el fantasma del caos. Ante la invisibilidad de unas instituciones desbordadas, a muchos les parece inconcebible la auto-organización de la gente. El miedo al pillaje, la violencia y la impunidad se convierte en profecía auto-cumplida que ensombrece la solidaridad cotidiana que permite a la gente salir de momentos marcados por la excepcionalidad: en Nueva York los taxistas llevaban a la gente gratis para alejarlos de la zona cero, en Madrid la gente se prestaba móviles para avisar a familiares, en Haití los adultos acogían a niños y niñas desamparados... en Alejandría son los jóvenes los que protegen la biblioteca, y los vecinos los que organizan vigilancia nocturna y un improvisado sistema de recogida de basuras. El mensaje institucional y de las fuerzas de seguridad, no obstante, siempre es el mismo: sin nosotros, el caos.

.

Esta amenaza aleja las miradas de otros temas, oscurece formas de caos y violencia menos visibles, como las desigualdades o la corrupción, y desmoviliza a los indecisos. Ante la amenaza del desorden, crece el 'virgencita, virgencita que me quede como estoy'. Lo sorprendente de los últimos días ha sido la capacidad de los egipcios de neutralizar esta ofensiva, hasta el punto de obligar a Mubarak a quitarse finalmente la máscara y pasar a la acción.

.

Pero la lección de estos días va más allá de Egipto. Aquellos que ven las explosiones de la dêmos (pueblo) como una amenaza al Kratos (poder), y no como una necesidad y factor definidor de la democracia, no están sólo en Oriente Medio. También aquí cerca se responde a menudo a demandas sociales o políticas con discursos de estabilidad y miedo al caos (ver sino este excelente artículo sobre las protestas estudiantiles en Inglaterra, o la concentración mediática en los episodios de violencia durante la última huelga general).

.

En diferentes grados y de diferentes formas, se nos pide, efectivamente, que renunciemos a espacios de democracia en pro del orden público. Y a mi lo que me pasa es que no entiendo para qué sirve el orden público sin democracia.