Opinion · Con M de

Migración venezolana: solidaridad latinoamericana y lecciones para Europa

Caracas, Venezuela – Ignacio Marín

Por Asier Hernando Malax-Echevarria.

Me encontraba en la frontera entre Colombia y Venezuela mientras los líderes europeos fracasaban en su intento de acordar reformas en el Sistema Europeo Común de Asilo (SECA) para dar una salida efectiva y humana a la crisis migratoria. Las cifras son dramáticas, bíblicas y son repetidas como los golpes de un martillo por las autoridades y los organismos internacionales en las ciudades de Riohacha y Cúcuta en Colombia, frontera con Venezuela.

Se estima que hay alrededor de 819.034 venezolanas y venezolanos en Colombia, y el 57 % ingresó en el 2017. Es uno de los fenómenos más complejos del mundo. Para comparar, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en el 2017 fueron 170.000 las personas migrantes que cruzaron por el Mediterráneo hacia Europa frente a las más de 460.000 personas que llegaron de Venezuela solo a Colombia. A esto se suman los más de 120.000 migrantes venezolanos en Chile, 50.000 en Brasil, 80.000 en Ecuador o 200.000 en Perú, entre otros. Aunque está claro que Colombia es el mayor receptor de personas migrantes de Venezuela, esto ya es un fenómeno regional.

La frontera entre Colombia y Venezuela tiene aproximadamente la misma distancia que la existente entre Madrid y Berlín: alrededor de 2.100 kilómetros. Son únicamente siete los pasos fronterizos. También hay 231 pasos informales, las llamadas “trochas”, donde se cruza ilegalmente. Es una frontera porosa entre dos países que han mantenido y mantienen relaciones generosas, “entre hermanos”, como nos decían desde la Dirección de Migración en Cúcuta. Hace 40 años se contaban por miles los colombianos que iban a Venezuela para salvar sus vidas. Ahora son sus nietas y nietos quienes regresan como consecuencia de la crisis venezolana.

Es la primera vez en la historia reciente de Colombia que el país es receptor de población y que “las puertas están abiertas”, señalan en el Centro de Gestión Integral de Riesgo de Desastres de Cúcuta. “Cúcuta es el pulmón de Venezuela, hemos salvado muchas vidas”, dicen, todo ello en condiciones precarias. Sus hospitales ya al límite están ahora colapsados y comienzan a reaparecer enfermedades extinguidas como la tuberculosis, la leishmaniosis y el sarampión. Toda una lección.

La implementación de los acuerdos de paz todavía supone un gran y necesario desafío. Los cultivos de coca en Colombia aumentaron un 11 % en 2017 hasta alcanzar la cifra récord de 209,000 hectáreas. Además, 270 líderes sociales y de derechos humanos han sido asesinados el último año y medio, otro triste récord. Además, el 80% de la población todavía cobra el salario mínimo. Las posibilidades de xenofobia y tensión son altas. Por ello, la Agencia de la ONU para Refugiados (ACNUR) ha lanzado la maravillosa campaña ‘Somos Panas Colombia‘ para hacer un llamado a la solidaridad hacia las personas venezolanas.

La comunidad internacional ve en Colombia la esperanza, un haz de luz en el caótico panorama global. Sin embargo, varios organismos allí presentes señalan que “esto va a reventar; la pregunta es cuándo”. No parece interesar ahora. De los 102 millones de dólares américanos que se requieren para responder a los flujos migratorios de Venezuela, únicamente el 6% ha sido cubierto.

Al mismo tiempo que los barcos con personas migrantes a bordo son dejados a la deriva en el Mediterráneo,  442.462 venezolanas y venezolanos en situación irregular recibirán la regularización temporal próximamente. “¿Y por qué hacerlo? Porque la gente viene con mucha hambre. ¿No te parece razón suficiente?”, sentenciaron las autoridades del Gobierno colombiano.

Amén.