Opinion · Con M de

“Ábreme, soy los demás”

Detalle de una puerta. Foto: Marjon Kruirk / CC BY-NC-ND 2.0
Detalle de una puerta. Foto: Marjon Kruirk / CC BY-NC-ND 2.0

Por Andri Castillo Söderström (@hilocrudo)

Yo de pequeña quería ser mexicana. Reconozco que fantaseé un tiempo con que lo fuéramos toda la familia. Tenía la idea de que los padres mexicanos olían a pan recién hecho y de que sus regazos eran mullidos, cálidos y frondosos, como en los cuentos del realismo mágico. Y que la vida resultaría en general mucho más entretenida hablando todos con aquel acento.

Me sentí menos culpable de haber querido suavizar la impronta nórdica en mi madre cuando años después ella me confesó que le hubiese gustado ser italiana. De hecho fueron las escenas de almuerzos familiares en las películas de Fellini las que la trajeron al sur.

Doy fe de que encontró la postal que buscaba en los veranos en casa de mi abuela Beatriz. Recuerdo las sonrisas cómplices que me lanzaba mi madre desde la otra punta de la mesa para celebrar algún detalle de todo aquel trajín de ollas, platos, voces chillonas, pellizcos de pan y rajas chorreantes de sandía. Recuerdo de hecho mirar siempre todas las cosas desde mis ojos extranjeros. Era algo así como observar desde dentro… Y luego contemplarlo desde fuera. Los matices se multiplicaban. La andaluza que me habita entendía sin pensar la estrofa y coreografía. La finlandesa, sin embargo, podía abstraerse, salir del cuadro natural donde yo seguía sucediendo, y quedar hechizada por el ruido.

Hay naturalmente entre culturas un juego de seducción. Si nos dejan, nos gustamos. Cuando no hay adoctrinamientos ni una educación enjugada en prejuicios, el romance con el extranjero está asegurado. Porque la diferencia incita, excita y seduce. De hecho, siento que todo lo que me da ventaja en esta vida está asociado tanto a la mezcla de la que provengo como al mestizaje al que yo he tendido después.
Asumo que más que debilidad por lo distinto, yo he sentido devoción. Y he gozado sin límites de toda novedad, encomendándome con gusto a toda esa retahíla de acentos, sabores, rituales, costumbres e idiosincracias que solo han hecho más rico mi bagaje y más interesante mi peripecia personal. Asocio la libertad a la capacidad de sentirse en casa en cualquier parte, y siento que viajar y aprender del paisanaje es probablemente la experiencia que más justifica una vida.

Disfrutar sentada en la mesa de gente en mis antípodas, deleitarme con los manjares de cualquier latitud, sentirme seducida por hombres y mujeres de cualquier raza y amar sin problemas en cualquier idioma.
Porque aprender una lengua y entender de primera mano, sin la necesidad de que otros interpreten por ti, es también un antes y un después. Cuando el sonido exótico de otra lengua deja de ser música y se convierte en letra, casi siempre llegas a la misma conclusión: en el fondo, somos extraordinariamente parecidos y nos afectan las mismas cosas, más allá de las banderas y el atrezzo.

Yo arrastro conmigo el ritual del mate en la mañanita, el té de menta en las sobremesas ó meterme en una sauna de cedro en cuanto tengo la ocasión. Amo los briwats de pollo, el bullicio de las medinas, caminar sola por el bosque o sentarme a la fresca con la silla en la puerta a escuchar a los abuelos del pueblo contar sus batallas.

Aspiro a adoptar la cortesía natural de Latinoamérica, la hospitalidad magrebí, el desparpajo y la curiosidad efervescente de mis amigos africanos, ese gusto por celebrar, y el carácter abierto y guasón de muchos andaluces.

Me reconozco también en las antípodas. En ciertos pragmatismos nórdicos, en ese romance íntimo con el espacio y el silencio, o en la timidez repentina y un tanto pueril que ruboriza a los adultos del norte. Cierto recogimiento e introspección que entiendo y valoro.

Y siento compasión por la gente impermeable que no es capaz de comprender y por tanto disfrutar de la genial diferencia, de los aderezos varios, de los sabores del mundo, del roce y la fiesta.  Siento compasión por los que solo se sienten seguros enrocados en los límites de lo que conocen, atemorizados y hostiles, rehenes de sus prejuicios y aferrados a sus liturgias… Envenenados por la desinformación y condenados a vivir en una realidad tan intoxicada como claustrofóbica donde jamás podrán brotar las flores.

Beso la boca del mundo, me enredo orgullosa en esa jugosidad magnífica. Reivindico la tierra abierta, el nomadismo, el viaje como escuela sagrada, los pies sin patria, liberados, el savoir faire y la elegancia que solo da la vida cuando uno ha respirado el aire de otras bocas, de otras experiencias, de otras voces distintas e indispensables. Pura cultura, pura ciencia, sabiduría neta para encarar esta aventura con desparpajo y sentido. Abre tus fronteras… Al otro lado estamos los demás. Ni más ni menos.