Opinión · Con M de

No dar voz a los innombrables

Imagen de broma mostrada por Obama en la cena de corresponsables de 2011 sobre cómo quedaría la Casa Blanca si Trump ganara las elecciones.
Imagen de broma mostrada por Obama en la cena de corresponsables de 2011 sobre cómo quedaría la Casa Blanca si Trump ganara las elecciones. Foto: Captura de YouTube.

En 2011, durante el discurso de los corresponsales, el presidente Obama se ensañaba con un empresario hotelero de pelo rubio teñido provocando las risas de la mayoría del auditorio: “Si Trump llegara a la Casa Blanca la dejaría así”, dijo mientras aparecía una foto de la Casa Blanca convertida en hotel. Nadie pensó que ese empresario que se había ganado la furia de Obama, después de haber instigado una campaña en la que falsamente le acusaba de no ser estadounidense, un día sería realmente presidente. La mayoría de los europeos no conocían a Trump antes de las elecciones de 2016. En realidad, ese día, en la cena de corresponsales, Obama, sin ser consciente de ello, elevó al personaje a otra dimensión, entrando de lleno en el marco de debate de Trump, dedicando gran parte de su discurso ante periodistas de todo el mundo a responder a una serie de injurias y actitudes que deberían haber pasado sin pena no gloria por ser tan ridículas y demagógicas.

Ya en esa campaña de desprestigio diseñada por Trump asomaba la patita el eje de lo que sería su discurso después: hay que proteger a Estados Unidos de los otros, los que no son estadounidenses. Además de tener la capacidad de crear un enemigo común a través de la demonización del extranjero, Trump también introdujo el factor de la desinformación en el debate político. Trump miente sin ningún tipo de vergüenza. Y no pasa nada. Cada mentira genera un revuelo generalizado que le promociona en todos los espacios informativos y sociales, tanto en los que él controla como en los que no. 

Con la victoria de Trump se abrió la espita de los líderes populistas xenófobos y mentirosos en el mundo entero. La fórmula funciona. Partidos muy pequeñitos con un líder provocador, agresivo, demagogo, sin escrúpulos y xenófobo son capaces de subir como la espuma en lo que dura un proceso electoral. Tenemos casos en toda Europa, incluida España. El truco consiste en decir barbaridades que los no simpatizantes, gente cuerda y sensata, comparte por sus redes alarmada e indignada, desmintiendo o contraargumentando. Cuanto más falsa y descabellada la información mayor espacio comunicativo ocupa. 

¿Cómo se puede parar esta espiral? Lo primero que hay que entender es cómo funciona la viralización de las informaciones. Hay que encapsular a esta gente y recordar que lo que no se comunica no existe. Lo segundo que hay que hacer es recordar que ellos no buscan un debate y que son absolutamente conscientes de que el marco que establecen está basado en informaciones falsas. Por eso es inútil compartir, responder, intentar convencer de lo contrario, y es recomendable aplicar lo que en la cultura popular infantil se resume en un “ladra chucho que no te escucho”. Teniendo esto en cuenta, hacen falta liderazgos que tengan un nuevo discurso ilusionante, propositivo y limpio. Es necesario encontrar un discurso pragmático e irrefutable que, sin ser reactivo, no deje cabida para la demonización de ningún colectivo. Todo esto en un marco de generosidad absoluta que permita a las personas adherirse sin sentirse juzgadas. 

Todo lo dicho anteriormente puede sonar utópico, pero hay casos claros de éxito electoral y social que lo avalan. Uno de los más sonados es el de Manuela Carmena. Marcó ya una tendencia en el debate televisivo que fue decisivo para su victoria cuando, en lugar de responder a unas acusaciones de Esperanza Aguirre, cambió de marco diciéndole: “Me da pena (Esperanza) que te veas obligada a decir cosas que no son serias” (minuto 5:28 del vídeo más abajo). Y ha seguido introduciendo conceptos, potentes y únicos, basados en el amor, la sensación de pertenencia y respeto por lo público, a los que, votantes de cualquier signo, se pueden adherir. 

Pero más allá de los líderes, no debemos olvidar que cada individuo tiene un enorme poder gracias a las tecnologías de la comunicación. Y, como reza la famosa frase de Spiderman, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Los ciudadanos tienen que ejercer su capacidad comunicativa con mucha responsabilidad en estos tiempos, recordando que todo lo que se recoge se sembró antes, ya sea en un mensaje de Facebook, en un bar o en una cena familiar.