Opinion · Con M de

La adversidad

'Mar'. Foto: Muddy Lens / CC BY-SA 2.0
‘Mar’. Foto: Muddy Lens / CC BY-SA 2.0

Por Andri Castillo Söderström (@hilocrudo)

Un día cualquiera la vida te agarra del pelo, te saca del tablero y te arrastra sin miramientos a un lugar imprevisto donde te enseña los dientes… Y lo hace con tal ferocidad que no queda margen para otra cosa que no sea cuadrarte y aceptar el envite con una humildad que no conociste nunca.

Te arrodillas por instinto ante la fatalidad porque sucede en un registro marciano que no se atiene a nada, que no obedece, que no comprende, que no dialoga, que no recula ni desaparece por más que se lo pidas.

Despiertas de lleno en el seno mismo de la pesadilla y no consigues dormirte nunca más. Se extingue, pues, la rutina tal cual uno la concibe y emerge de la nada una realidad extranjera en la que el desafío último se reduce a respirar: agarrar aire sin atragantarse y acordarse de dejarlo salir.

Compruebas una y otra vez que no es broma ni sueño… Y te perturba que el mundo continue impasible al otro lado, bajo el sol… Con toda esa belleza intacta ahí donde la mirada se estanca.

Nada cambia salvo tú. No se escuchan desde fuera la tormenta, el zumbido incesante del miedo arreciando, esa montaña seca de pensamientos turbios que prende e incendia tu cabeza hasta extinguirte… Dejándote a solas contigo en la más profunda oscuridad.

Nadie te oye crujir.

Surge con impertinencia un debate loco sobre la arbitrariedad del destino y cavilas mareado sobre los designios de la suerte o de la caprichosa probabilidad.

El cuadro se tuerce de súbito y quedas virado frente a la fatalidad como un niño primero, desabastecido, crudo aún para encarar la magnitud del misterio.

La vida lo es. Lo es también la muerte. Nos la pasamos repitiendo lo que otros dijeron antes, conclusiones de gente que sí apechugó con la experiencia.

Retórica cuya víscera desconocemos hasta que la noria nos ubica justo en ese lugar en que la frase cobra vida y sentido.

Hasta que no te ves inmerso de lleno en la mierda, desconoces su verdadero olor.

Hasta entonces, todo son leyendas.

Necesitamos experimentar para entender. Nadie escarmienta en cabeza ajena.

Y no es hasta que te ves atrapada en las fauces de lo que no eliges que entiendes con una claridad meridiana de qué va eso de sentirse vulnerable, a merced mismo de un prójimo que te arropa o no, que te rescata o no. Poco depende de ti.

Descubre uno ante la adversidad qué órganos se encogen literalmente cuando la muerte acecha aquello que amas. Y te bautiza la vida con una desesperación distinta que ruge, te devora y te acaba ante la mera idea de que el sufrimiento se instale.

La ilusión infantil de estar al mando queda interrumpida.

Temes desde la más profunda indefensión.

Distingues en la boca el sabor amargo de la negligencia, de la injusticia,  de la indiferencia y de la soledad…Y valoras como nunca y para siempre cualquier gesto de ternura. Cuando la vida de quien quieres está en juego, tu corazón prende en llamas y solo queda iluminado frente a ti lo importante.

Y comprendes intimidada que en determinados momentos, lo que más reconforta,  lo único que nos salva del infierno es la mirada solidaria, la mano extendida, la piedad, la empatía y la humanidad de los otros.

La compasión consuela del dolor incluso cuando no hay remedio.

El amor es el único antídoto contra la aberración. El único ungüento que calma la sal del despropósito.

Vivimos la adversidad a este lado de la frontera, arropados por la esponjosidad del primer mundo. Nuestros muertos no huelen. Hemos perdido el contacto con la realidad. Cuando el drama brota descaradamente en nuestros días como una excepción, quedamos fuera de juego.

Pensaba en estos días largos de tanta incertidumbre en cómo sería vivir esta secuencia en tierra de nadie, en pleno éxodo, con la adversidad en los talones y el mundo en contra.

Con la desventaja de ser aún más nadie.

Si yo me he sentido desesperada y a ratos desatendida e impotente en las tripas mismas de este estado de derecho que me procura asistencia, si yo me he apostado como un perro a los pies de una cama dispuesta a morder o a lamer la mano del intruso que se acerca, si yo he querido acaparar la atención del universo para rescatar a mi padre de su sufrimiento y me he quedado sin aire por miedo a la indiferencia en las dependencias de un hospital público donde no estoy siendo siquiera atendida.

¿Cómo puede llegar a sentirse el que lucha legítimamente por su vida desde el más profundo desamparo? aquel sin voto, voz ó derecho reconocidos, aquel que clama desgarrado por su vida ó la de los suyos sin que a nadie le importe, sin que nadie se inmute?

Uno lidia torpemente con la tragedia íntima y puntual de perder acaso a un ser querido como si fuera contra natura, mientras la rutina de muchos amigos africanos ha consistido en convivir a diario con la violencia, la injusticia y la desesperación. En sus países primero, en las fronteras del “paraíso” después.

Muchos sabemos lo que es querer liarse a dentelladas con la sombra cuando lo que amamos está en peligro. Haríamos cualquier cosa. Sacamos fuerzas de donde no se puede. Nada se interpone salvo lo que escapa a nuestro control.

Pido dos minutos de reflexión para comprender que ese impulso es universal. Todos elegimos instintivamente vivir, todos protegemos con nuestro cuerpo si es preciso la integridad de lo que amamos..

Todo el mundo tiene derecho a luchar por su vida, a escapar del infierno y a soñar con una existencia siquiera digna.

Ignorar la vitalidad con la que desea el animal humano es una ingenuidad. El chantaje de la felicidad nos afecta a todos. Prosperar y cuidar de los tuyos es la misma necesidad en cualquier idioma.

Se empaña mi viñeta cada vez que me tropiezo con alguien que llora desconsolado. Brota en mi pescuezo el nudo que aprieta esa soga ajena.

Me contagio sin esfuerzo con las carcajadas del que celebra, me soplo la herida que otro se mira ensimismado.

¿Quién puede ser indiferente? ¿Cómo?

Me protejo a ratos de tanto ruido bailando sola, amando en la oscuridad, exorcizando en esta pantalla la mirada cómplice que reservo para ti, la que me compromete contigo.

Y centrifugo cuentos sin moraleja, tejidos a mano con hilo crudo.

Soy incapaz de abandonarte, de no sentirte, de vivir mi aventura ajena a lo tuyo.

Tengo suerte. Te confieso que en este pecho a la intemperie que te ama y te sufre cabe un mundo verdadero. Y me siento mil veces viajada, diáfana como el cielo, oceanosa y maríntima, cerca de todo, impregnada.

Comprendo cosas que no sabría explicarte y que me ayudan a aceptar y a encomendarme al juego, a ver la magia ahí dónde nace y se disfraza.

Heredaréis el amor que voy tejiendo sin descanso desde que sé que es esta tarea lo que me mantiene viva.

Os desafío a amar y a rescatarnos de este ‘naderío’, a confiar y a concedernos una mirada verdadera, sin atajos, al centro mismo… Quiero que te conmuevas conmigo y que saltemos juntos la verja.