Opinión · Con M de

Reír por no llorar

'Malawi'. Foto: Steve Evans / CC BY-NC 2.0
‘Malawi’. Foto: Steve Evans / CC BY-NC 2.0

Joseba Torronteras (@JosebaADD)

“África no interesaba, me lo dijo la dirección: los negros no interesan, olvídate de los negros porque no interesan”, aseguraba la periodista Mónica G. Prieto en una entrevista a Jot Down. El pasado miércoles, durante un coloquio en el bar Vergüenza Ajena de Madrid con motivo del Día Internacional contra la Mutilación Genital Femenina, una treintena de personas descubrimos que las palabras de la periodista se corresponden con la realidad. Cada año esta práctica arrebata la vida de 3.000 niñas y era la primera vez que la mayoría de los asistentes sabíamos de ellas.

Micrófono en mano, Carlos Guevara, ginecólogo y miembro de Médicos del Mundo, comenzó a enumerar varias cifras que sentaron como un jarro de agua fría en el auditorio. A pesar de que en España son más de 69.000 las mujeres que han sido sometidas a este tipo de prácticas, para nosotros eran inexistentes. Tampoco éramos conscientes de que, de esa totalidad, 18.000 son menores de catorce años, un 26%. No dábamos crédito. Esta práctica se documentó históricamente como previa al islam y muchos nos hemos enterado de su magnitud en 2019.

“El humor negro es una forma de espantar los miedos y de pasar el rato. Todo el mundo lo practica. Es una forma de guardar distancias emocionales frente a situaciones que no son sencillas de manejar”. Con esas palabras del veterano periodista Ramón Lobo, puede ilustrarse lo que sucedió en el Vergüenza Ajena tras el baile de cifras.

Las sonrisas protagonizaron los siguientes minutos. No eran festivas, sino incómodas. Los gestos de un público que las utilizaba como instrumento para manejar la situación -o intentarlo-. Nos gustaría hacer algo, pero no podíamos. Solo escuchábamos e intentábamos sobrellevar cada palabra que salía de ese micrófono.

La mutilación es ‘cultura’ en 26 países de África

La Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) aprobó en 2012 la primera resolución de condena contra estos ataques a los derechos humanos. A pesar de ello, hay 125 millones de mujeres mutiladas en el mundo, y ese número sigue creciendo año tras año.

En varios países africanos, la ablación es sinónimo de orgullo social y quien efectúa el corte y cose la herida es la misma matrona que atendió el parto. Tras un ritual que se parecería más al de una fiesta, con una cuchilla de afeitar, un vidrio o latas afiladas, todas ellas sin cumplir ningún criterios básico de higiene, a veces incluso utilizando la misma herramienta para varias niñas, la matrona (a cambio de dinero o en especie) procede a privar a víctimas de entre 10 y 14 años de su sexualidad hasta la noche de bodas. Cuando llega el día, la misma matrona descose los genitales para que el coito pueda llevarse a cabo. El primero en la vida de la mujer.  

Para algunas familias es motivo de felicidad tener la certeza de que su hija será virgen hasta el matrimonio, por eso están dispuestas a asumir el precio que suponen estas prácticas: infecciones, hemorragias y, en los casos más graves, incluso la muerte.

No hacerlo es traicionar la tradición. “Si la gente se entera de que tu familia no te hace eso, llega un punto que te da vergüenza”, cuenta una mujer de origen africano en uno de los vídeos que se reprodujeron esa tarde.

Secuelas

Asociar la práctica sexual al dolor será el menor de sus problemas, comparado con las complicaciones en el parto, las dificultades al orinar o, aún más grave, una cicatrización excesiva en la zona vaginal, que impide que los labios se separen y tanto la menstruación como la orina puedan ser expulsadas correctamente, esto a menudo genera una infección multiorgánica de grandes dimensiones que puede acabar en desastre.

Está práctica está prohibida en los 26 países africanos en los que se lleva a cabo. Aun así, Hodan Sulaman, mediadora internacional de Médicos del Mundo, apuntó que no se está haciendo un seguimiento adecuado para perseguir a los infractores.

Cómo combatir la mutilación

La mejor manera de combatir la mutilación genital femenina es empoderar a las mujeres y fomentar la participación masculina en este tipo de cuestiones. “Lo que hay que hacer es ayudar a las mujeres a quienes ya mutilaron, darles asesoramiento y propiciar el diálogo entre ellas y quienes no han sido mutiladas o están indecisas. Muchas veces ellas mismas se dan cuenta de las cosas y desarrollan espíritu crítico”, comentó una de las organizadoras de la jornada. El doctor Guevara finalizó su intervención diciendo que hay que “concienciar, educar y denunciar. Entre compañeros nos levantamos”.

No hizo falta más de hora y media para que el humor negro, las miradas y las sonrisas incómodas cedieron espacio a rostros que dejaban entrever preocupación. Quienes vivimos aquella charla, éramos conscientes del problema y habíamos elegido estar comprometidos con la solución. Como bien se sabe, la información es poder. Y nosotros ahora teníamos la información de una realidad hasta entonces desconocida, y ahora sí, el poder para cambiarla.