Opinión · Con M de

Manos finas

Foto: Anton Muhajir / CC BY-NC 2.0
Foto: Anton Muhajir / CC BY-NC 2.0

Pilar Lucía López (@PilarLucia7)

Me acuerdo como si hubiera sido esta misma mañana. Yo había llegado en un camión a ese pueblo con otras treinta mujeres a buscar trabajo. Oí a un capataz gritar a los demás: “¡Ya han llegado las moras! ¡Que se pongan allí junto a la caseta!”.

Nos mandaron formar una fila junto con otras que habían llegado antes que nosotras. Parecíamos hormigas a pesar de los colores brillantes de nuestra ropa. Me sudaban las manos del calor y los nervios. No había un solo árbol, ni una sombra fuera. Casi todas llevaban el hiyab . Casi todas miraban hacia abajo. Casi todas teníamos miedo. Tres hombres nos iban revisando como si fuésemos ovejas en el mercado. Sin tocarnos ni hablarnos, señalaban a algunas con un palo y hacían un gesto de separar unas de otras. Yo no sabía si eso era buena o mala señal. El sol dejaba plomo sobre nuestras cabezas. Estuvimos allí de pie un tiempo que se me hizo eterno. La vara también me señaló a mí y tuve que formar un grupo con las seleccionadas.

Nos metieron dentro de los invernaderos. Una humedad me envolvió todo el cuerpo y dejó mi pañuelo pegado a la cara y los hombros. Me costaba respirar dentro de aquellos plásticos. Formamos otra fila más escasa y no nos preguntaron nada. Solo dijeron que extendiéramos los brazos hacia delante y el dorso de las manos hacia arriba. Un hombre viejo fue tocando los dedos y las palmas de las mujeres. Cuando rozó mi mano sentí un asco terrible como si hubiera dejado una fruta pasada. Me volvió a coger las manos y les dio la vuelta. Las suyas eran grandes y nudosas como troncos de olivo. Después me hizo una seña con la cabeza para que cruzara al otro lado de la hilera.

Yo era de las afortunadas. Había sido seleccionada por mis manos. Queremos manos finas. Estas parecen buenas. No había nada más de mí que les interesara. Ni mi nombre, ni mi origen, ni mi cara. Solo esos diez dedos menudos y ágiles para arrancar la fresa sin dañar la planta. No me duró el alivio de formar parte de las elegidas para trabajar en los mares de plástico.

De lunes a sábado incluido, trabajábamos a más de cuarenta grados bajo los asfixiantes toldos. Éramos cien manos y mil dedos enfundados en guantes azules. Recogíamos las fresas una por una con cuidado, sin dañarlas, sin aplastarlas, como si fueran piedras preciosas. A veces alguna de ellas se deslizaba sola y caía en tierra. Yo giraba la cabeza por si alguien me había visto. Luego la limpiaba con el delantal y la dejaba en la caja de madera que tenía al lado. Al final de la semana nos pagaban menos de lo acordado porque nos descontaban las que no valían.

Fátima, Salma y yo éramos las más jóvenes. Las tres éramos de una aldea cercana a Alhucemas. Nos animábamos entre nosotras mismas y a veces cantábamos canciones de cuando éramos niñas. Yo pensaba en mi madre, Salma en su hija y Fátima en sí misma, en su futuro. Yo les decía que este trabajo solo era una temporada, que ya encontraríamos otras maneras de ganar dinero. Llegó un momento en que mis sentidos se fueron aflojando. Ya no sentía ni el calor sofocante, ni el picor en el cuello, ni el sudor en la cara, ni el cansancio en las piernas o el dolor de riñones y espalda. Solo quería terminar cuanto antes y volver a casa con lo ahorrado.

Hasta ese día solo oíamos las voces de hombres gritando lo de siempre: “Espabilad chicas, que no vais a marchar hasta terminar todas las hileras. Kilos, más kilos. Vamos dejar la charla para luego, que no sabéis hacer otra cosa que darle a la lengua. Se notan que son mujeres. En eso y en otras cosas”.

Estábamos recogiendo nuestras ropas en el cuarto donde nos cambiábamos. Se abrió la puerta y llegaron ellos. Se reían, hablaban de nosotras. Uno de ellos se pegó a mi espalda y me dijo que tenía las manos muy finas. Yo me aparté de él y me dio la vuelta. Leí en sus ojos que estaba en peligro y me cubrí la cara con el pañuelo. Todo ocurrió muy rápido. Cuando me levanté del suelo sentí que el barro y el asco me cubrían entera.

No fui la primera. Mis compañeras también fueron sobadas por manos nada limpias. Nos amenazaron con echarnos. Fátima habló con una mujer del sindicato, que vino a traernos papeles sobre nuestros derechos. Pasamos mucho miedo. Hoy me siento tranquila y contenta de haberles denunciado. Mis manos finas también sirvieron para coger un boli y estampar mi firma defendiendo lo nuestro.