Opinion · Con M de

Los 630 que salvó Pedro Sánchez

El presidente Pedro Sánchez con el primer ministro de Marruecos, Saadeddine Othamani, en la Cumbre mundial sobre migraciones de Marrakech. Foto: Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa.
El presidente Pedro Sánchez con el primer ministro de Marruecos, Saadeddine Othamani, en la Cumbre mundial sobre migraciones de Marrakech. Foto: Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa.

Hace un mes que salió a la venta el Manual de resistencia, un libro escrito en  primera persona por el presidente Pedro Sánchez.  Este es un ejemplo de comunicación política clásica: el candidato escribe un libro para posicionarse en la carrera electoral. La obra le confiere un aire más cercano y más humano que permite ahondar en el personaje. Pero el libro ofrece además la posibilidad de hacer presentaciones dentro del marco que impone el autor, como ya explicó Francisco Umbral en su día con el famoso “he venido aquí a hablar de mi libro”. 

Sánchez empieza su libro contando cuál fue la primera decisión que tomó en el ejercicio de su cargo. El presidente no tiene vergüenza y a mí me produce vergüenza ajena. Habla de que cambió el colchón de la cama, porque no iban a dormir en el mismo que usó Mariano, así que compró uno nuevo; con dinero público – pienso yo. Y después, bromas aparte, habla de la gestión del Aquarius. 

Releo el capítulo una y otra vez intentando no indignarme y no lo consigo. Mejor ya no me lo vuelvo a leer porque me da la sensación de que el presidente vive en una realidad paralela. No puede ser que de verdad piense que él salvó a 630 personas y que ha marcado un hito en la política migratoria nacional y europea. El presidente del Gobierno que ha recuperado la ley de 1992 para repatriar a las personas de origen africano a Marruecos, sin asegurar en ningún momento su seguridad ni exigir garantías de que este país los devuelve efectivamente a su punto de origen y no los deja tirados en el desierto, como dicen las malas lenguas que ocurre. De hecho, ese podría haber sido el destino de parte de las 630 personas migrantes que “salvó” el presidente. 

Es demoledor ver cómo en el capítulo recuerda la política migratoria que implantó el presidente Zapatero, que entre otras cosas incluye la externalización de fronteras, principalmente con Marruecos. La externalización consiste en pagar millones de euros a países no comunitarios fronterizos, para que eviten la llegada de migrantes a los puntos de cruce de frontera. En general, se trata de países cuya gestión de los derechos humanos no concuerda con los estándares europeos y cumplen su misión de evitar las llegadas a las vallas y las costas, aplicando una fuerza que, en el caso de Libia, mata a los migrantes. La última perla de este gobierno ha sido la de permitir que Salvamento marítimo desembarque en Marruecos a gente que rescata en el mar. Nos llevamos bien con Marruecos, ¿por qué no íbamos a confiar en ellos? Aunque se pasen los derechos humanos por debajo de la pata, digo yo. 

Pedro Sánchez está orgulloso de lo que ha hecho en política migratoria. Y en su libro explica muy bien cual ha sido su enfoque:

“Los gobernantes europeos debemos ser muy rigurosos con la migración. Se trata de un fenómeno que hemos de manejar desde la convicción de hacer valer el Derecho Internacional, los derechos de protección de que gozan las personas, y eso es preciso hacerlo acompasado con nuestros derecho como país a regular los flujos migratorios, combatir las mafias que trafican con seres y controlar las fronteras”. 

Todo esto que nos cuentan no suena descabellado. Cerremos fronteras, evitemos el paso, dejemos que otros países que no respetan los derechos humanos gestionen los flujos migratorios por nosotros. En espacio presente ni tan mal. Pero, ¿qué futuro nos aseguran estas políticas? 

La migración no es algo nuevo, es algo intrínseco al ser humano, que siempre se ha movido y no dejará de hacerlo, y así lo corroboran los datos que existen: el porcentaje de gente que migra sobre el total de la población mundial no ha cambiado en los últimos 20 años. Los sistemas actuales de cierre de fronteras son nuevos, apenas tienen 30 años. Son estos sistemas los que favorecen las aparición de mafias, un negocio lucrativo en pleno auge. 

No sé ustedes, pero yo quiero que mis hijos puedan moverse por el mundo. Quiero que, como hice yo, puedan trabajar en otros países y que sean como sean, cuando vayan a otros países reciban respeto y puedan tener oportunidades. Veo un futuro donde alguien que quiera salir de su país pueda hacerlo en situación regular. Veo un futuro donde la gestión de los flujos migratorios sea una competencia nuestra, con un enfoque de derechos del que me pueda sentir orgullosa. Para eso hay que invertir en sistemas de gestión migratoria, que permitan realizar los tramites desde los países de origen, por poner un ejemplo. De esto, Sánchez no ha hablado y no parece que tenga la intención de hacerlo.