Opinión · Con M de

Me llamo Nada

'Pasillo'. Foto: Michael Cory / CC BY-NC 2.0
‘Pasillo’. Foto: Michael Cory / CC BY-NC 2.0

Pilar Lucía López (@PilarLucia7)

“Me llamo Nada, tengo diecisiete años y vengo de Siria con mi madre y mi hermano pequeño. Tuvimos que huir de la guerra en mi país. Hemos llegado a España buscando asilo”.

Nada ha repetido muchas veces estas palabras desde que llegó a Madrid. Está cansada de dar las mismas explicaciones a la voluntaria de Acnur, al trabajador social, a la policía de coleta rubia, a un funcionario de inmigración y a toda persona que le pregunta.

Ahora ella y su familia esperan un nuevo turno en los asientos metálicos de un pasillo muy largo y estrecho. Hay varias puertas de madera oscura a un lado y a otro. Todas están cerradas de momento.

La madre atusa el flequillo del niño con los dedos y mira preocupada a su hija. Nada le pone una mano en la rodilla y luego le coloca el pañuelo con cuidado, ajustando dos alfileres de cabeza dorada. Los tres se levantan cuando se abre una puerta y un hombre les hace una señal para que entren. Después les muestra unos papeles. Tienen que hacer aquí la petición.

Nada se ajusta el pañuelo de flores azules que combina con su vaquero y con su blusa y vuelve a rellenar un papel tras otro con su nombre y sus datos, con una paciencia impropia de sus años.

-Nombre
-Nada
-¿Nada o Nadia?, pregunta el funcionario y se queda mirándola con una sonrisa.
-Mi nombre es Nada, en árabe quiere decir rocío.

A ella siempre le gustó su nombre. Se identifica con esas gotas de agua que se forman al amanecer y te mojan los pies por la mañana.

-Pues aquí Nada es nada, es decir ninguna cosa, ya sabes, Nada de nada-, y vuelve a sonreír sin gracia.

Ella sólo piensa que debe rellenar el impreso para solicitar asilo y sigue la tarea apuntando los datos de su familia en los cuadrados y rectángulos.

La madre mueve nerviosa la cabeza de un lado y a otro mientras acaricia los hombros de su hijo, que la mira de costado. Ella no quería salir de Alepo. Resistió casi cinco años. Aguantó los bombardeos, los incendios de las casas, la falta de agua y alimentos. Era su hogar, allí creció, conoció a Nadir y tuvo a sus dos hijos. La hija le suplicaba una y otra vez: “Mamá tenemos que irnos. Aquí ya no se puede vivir”. La guerra lo fue aniquilando todo, la escuela, la mezquita, el zoco. Ella se resistió hasta que aquella bomba alcanzó a su marido. No encontró restos de Munir en la calle. El barrio, la ciudad entera se convirtió en un esqueleto ceniciento. Ese fue el fin de todo y el inicio de un viaje muy largo.

Ahora escucha a su hija imaginando lo que le está contando al funcionario. Ella no sabe inglés ni español, solo habla árabe, por eso atiende a los gestos de una y otro.

Nada se vuelve hacia ella y le va explicando.

-Mamá, dice que tienes que firmar los papeles, pero que todo irá muy lento. Hasta dentro de seis meses no nos contestarán. Podremos seguir en el albergue. No te preocupes.

La madre la mira con tristeza y arropa al niño con los brazos, aunque hace calor.

La joven insiste al funcionario. Es demasiado tiempo. ¿Usted podría hacer algo? Por favor. Él niega con la cabeza y dice “lo siento” en voz baja.

-Solo puedo enviar su solicitud. No puedo hacer nada.

Nada comprende que esa palabra ya no significa gotas frescas de agua por la mañana. Se ha dado cuenta de que esas cuatro letras aquí son el vacío. Se levanta y coge a su hermano en brazos. Le parece que pesa más que nunca, aunque está muy delgado.