Opinion · Con M de

Austria y las amistades peligrosas

Sebastian Kurz. Foto: Michael Gubi / CC BY-NC 2.0
Sebastian Kurz, canciller de Austria. Foto: Michael Gubi / CC BY-NC 2.0

Por Ana González-Páramo (@AnaGonzalezPara) / Fundación porCausa

Austria es un ejemplo de lo que ocurre cuando se pacta con populismos xenófobos. La caída de la coalición de gobierno en Viena entre los populares del canciller Sebastian Kurz y la ultraderecha del FPÖ, por el vídeo en el que el ex vicecanciller Heinz-Christian Strache ofrece a una supuesta magnate rusa contratos públicos a cambio de donaciones millonarias para su partido, es una prueba más de lo incierto y espurio que rodea a estas formaciones populistas. La financiación opaca y los oscuros consejeros pueden ser la puerta de entrada de influencias exteriores y de inconfesables lealtades futuras.

Según la Fundación porCausa, estas formaciones crecen en un entramado de ideólogos, financiadores y organizaciones que orientan y dirigen una lógica política, el uso táctico de las redes y una estrategia coordinada destinada a la toma del poder. Pero, ¿cuál será la contraprestación por ese apoyo y hasta qué punto estos partidos henchidos de ultranacionalismo no quedan endeudados respecto a sus acreedores?

En diciembre de 2017, el Partido Popular Austríaco (Österreichische Volkspartei, ÖVP) se embarcó en una coalición de gobierno con la extrema derecha del Partido de la Libertad (Freiheitliche Partei Österreichs, FPÖ). No era la primera vez. En 1999, tras casi cinco décadas de grandes coaliciones de liberales y socialdemócratas que soterraban la profunda división social entre una Viena “roja” (Rote Wien) y urbana, y un campo conservador y católico, Jörg Haider -líder carismático del FPÖ- rompió la inercia de pacto bipartidista y metió en campaña el discurso ultra, xenófobo, racista, antisemita y revisionista. Lo que resultaba impensable en la vecina Alemania, en Austria era posible.  Ese mismo año salía a la luz el pasado nazi del entonces candidato del ÖVP a la Presidencia de la República y anterior Secretario General de Naciones Unidas (1972-1981), Kurt Walheim, y aun así ganó las elecciones (1986-1992). Haider logró su mayor triunfo en 1999 y el FPÖ entró en el gobierno a pesar del rechazo y el bloqueo diplomático internacional.

Dos décadas después, ya en plena oleada populista posterior a la crisis de refugiados y al cierre de fronteras con los Balcanes, el FPÖ entró en la coalición de gobierno tras las legislativas del 2017. No hubo boicot internacional esta vez. El discurso antimigración se había generalizado en Austria, donde casi todos los partidos se habían contagiado en mayor o menor medida. El entorno geográfico y político del Grupo de Visegrado y la deriva nacionalista de Kurz facilitaron las negociaciones para reeditar este gobierno veinte años después.

El Partido de la Libertad es ultranacionalista, identitario, antisemita y racista. Su nacionalismo pangermánico se identifica con una comunidad étnica y cultural alemana (Heimat). La antinmigración es parte nuclear de su argumentario desde los años ochenta y el discurso del odio hacia los migrantes siempre ha sido explícito. Durante la presidencia semestral del Consejo en el segundo semestre de 2018, el nuevo gobierno desgranó en su programa “una Europa que protege” una política de externalización, securitización, sospecha y criminalización del migrante.  Kurz llegó a proponer creación de un  eje de “voluntarios contra la inmigración ilegal” Viena-Roma-Múnich, con ínfulas de liderar un contrapoder al eje Merkel-Macron.

El ideólogo del FPÖ y el responsable de su éxito electoral es el recientemente destituido ministro del Interior Herbert Kickl. La penetración de la extrema derecha en los resortes del estado austriaco durante su mandato habría puesto el departamento al servicio de los intereses de su partido e ideología. Su infiltración en las agencias de inteligencia y sus simpatías hacia Rusia fueron motivo incluso de exclusión de Austria de ciertos intercambios de inteligencia por parte de europeos y norteamericanos, además del temor por parte de los propios agentes de verse expuestos y desprotegidos por su propio gobierno. Tras la masacre terrorista de Christchurch del mes de marzo en la que fueron asesinadas 51 personas por el hecho de ser musulmanas, se llegó a hablar de una conexión austriaca del asesino con Generación Identitaria, movimiento antes cercano al FPÖ y basado en las ‘teorías conspirativas del reemplazo (por las que la ‘supremacía blanca’ estaría en peligro por culpa de la inmigración).

Kurz consintió todo, ya que en su entusiasmo bisoño y su deseo de poder, cometió la imprudencia de poner a un partido hermanado con la Rusia Unida de Putin al frente de los servicios de seguridad, de la defensa y de la política exterior. Este gobierno ha caído por el grave daño a la imagen del gobierno y del país y por su flirteo con el Kremlin, no por su ideología.

Las cartas están echadas. Las encuestas previas al Ibizagate daban cuatro escaños en el Parlamento Europeo al FPÖ, adscrito al grupo Europa de las Naciones y de las libertades (ENL) junto a Rassemblement National de Marie Le Pen, el PVV de Wilders o la Liga Norte de Salvini, al que apoyaban activamente en su proyecto de formar un supergrupo populista. Hoy son unos apestados. Lo dicen las encuestas posteriores a la caída del gobierno, según las cuales la ultraderecha perdería cinco puntos porcentuales, mientras el ÖVP del Canciller Kurz llegaría al 38% de apoyo electoral. Miembro del Partido Popular Europeo, el ÖVP saldrá esta vez indemne e incluso premiado por la gestión de esta crisis, pero lo que muestran el resto de partidos europeos al aproximarse a postulados o formaciones populistas, como el PP español o la Forza Italia de Berlusconi, es que son precisamente los partidos tradicionales las primeras víctimas de estas amistades peligrosas.

Ana González-Páramo es investigadora senior Fundación porCausa.