Svetlana Gánnushkina: «Trabajamos precisamente en lo que Putin no quiere que hagamos»

Svetlana Gánnushkina. Foto: Julio Misis
Svetlana Gánnushkina. Foto: Julio Misis

Por Coco Vecino / porCausa.org

Todavía hay valientes y en muchos casos tienen nombre de mujer. Svetlana Gánnushkina es activista pro derechos humanos en Rusia desde hace más de cuatro décadas. Hace algunas semanas visitó España con motivo del IX Encuentro Mujeres que Transforman el Mundo, celebrado en Segovia. Allí habló sobre derechos fundamentales en Rusia y migración.

Pasados los 70 años, Gánnushkina es una figura internacional por su constancia en la lucha contra la xenofobia que, unida a la ayuda humanitaria que presta, hicieron que fuera propuesta para el Premio Nobel Alternativo en 2016. En los 90 creó cuatro asociaciones de apoyo a migrantes, refugiados y desplazados en Rusia, de las que las más importantes son Memorial (memoria histórica) y Comité de Asistencia Cívica (ayuda humanitaria y asistencia jurídica), que cada año atienden a más de 50.000 personas.

Se trata de dos servicios abandonados por el Estado y por los que estas organizaciones y sus trabajadores son catalogados por el Gobierno ruso como “agentes extranjeros” y criticados por aceptar donaciones internacionales. Gánnushkina explica que “trabajamos precisamente en lo que Putin no quiere que hagamos porque nuestra actividad pone en evidencia que estos derechos son violados constantemente”. En Rusia el refugio y el asilo son casi inexistentes en términos oficiales, explica Gánnushkina, quien además habla de “la ridícula cifra de 572 asilados”, algo que forma parte de la realidad social de su país, donde asegura que imperan la discriminación, el abuso y la violencia hacia sectores minoritarios como los homosexuales y los migrantes, como denuncia Amnistía Internacional en su informe 2017/18.

En cuestiones migratorias es contundente: “No existen personas sin derechos, ¡es tan evidente! Y, sin embargo, lo olvidamos todos, sociedad civil y políticos”. Añade que “no hay límite entre refugiados y migrantes. Esto es algo muy importante porque uno puede llegar como migrante laboral y acabar convirtiéndose en refugiado”. La entrevistada fue testigo en Nueva York de las negociaciones previas al Pacto para la Migración Segura, Ordenada y Regular, firmado en Marruecos el año pasado, del cual tiene una opinión muy positiva, no así de la postura rusa. “Rusia no quiere continuar con el Pacto. Su actitud hacia el ser humano se basa en si es útil o no. Hay gobiernos que no quieren ver las migraciones como procesos paralelos pero todo está conectado. El mundo es muy pequeño y hace falta aumentar la comunicación internacional porque es un asunto de todos”.

Parte del problema en Rusia proviene de su propia composición social y su historia, “después de la Perestroika salió todo lo que habíamos enterrado durante tanto tiempo, los conflictos étnicos”. A partir de ahí se genera el concepto moderno de xenofobia que se practica en Rusia, explica Gánnushkina. “A Putin no le gustan nada los inmigrantes, en parte debido a su actitud personal. Tiene miedo de la gente extranjera. Se trata de xenofobia y es algo común en muchas personas. Pero la cultura y la civilización deben ser los instrumentos para controlar estos casos y las personas deben luchar contra este miedo. Un hombre fuerte lo puede hacer, un hombre con complejos no puede”, afirma refiriéndose al mandatario ruso.

Primero llegaron a Rusia los migrantes de las antiguas repúblicas soviéticas. Después, las corrientes de Afganistán. Hoy son los ucranianos y los sirios. “Muchos vagan por las calles”, dice la activista. La situación para los indocumentados es muy complicada, entre otras cosas, porque es normal que las autoridades rusas actúen con violencia. “Es una situación de generación del miedo. Les tienen aterrorizados y, a veces, toman medidas físicas contra los inmigrantes porque ven a estas personas como posibles ladrones y, por lo tanto, tienen derecho a pegarles”, subraya.

De forma paralela a este rechazo a los extranjeros, Rusia quiere reactivar la inmigración laboral. Gánnushkina explica que lo que desea Putin es “atraer a eslavos, personas bien educadas y productivas. Nuestro Gobierno no parece darse cuenta de que es precisamente esa gente la que sale de Rusia, no le interesa nada el aspecto social”.

Sobre la situación de Rusia en la esfera internacional, cree que se está volviendo a un contexto de Guerra Fría en el que su país ya no es un aliado. Para ella, la impunidad con la que el gobierno de Putin actúa es muy llamativa porque la comunidad internacional no hace apenas reclamaciones formales. Valgan como ejemplo el conflicto en Crimea, los supuestos ataques en suelo británico a ex agentes de inteligencia o el envenenamiento de Vícktor Yúschenko. Gánnushkina considera que “la Corte Internacional de Derechos Humanos no tiene poder para examinar casos de este tipo. Debe ser un observador especializado”.  Y explica que “no hay dónde reclamar a Rusia por estos asuntos. Había una oportunidad a través de personas concretas que han sido acusadas, pero Rusia las protege no permitiendo que salgan del país para que no se las pueda juzgar”.

A ello se suma la falta de claridad sobre otras cuestiones como el papel de Rusia en la supuesta trama electoral norteamericana. Sin embargo, Svetlana Gánnushkina no lo ve factible. “Creo que es un insulto a los americanos, nadie decidiría por mí lo que quiero votar”, sentencia esta activista.