Opinion · Con M de

La diversidad que une en Nueva York

En el Metro de Nueva York (mayo de 2019). Foto: Lucila Rodríguez-Alarcón.
En el Metro de Nueva York (mayo de 2019). Foto: Lucila Rodríguez-Alarcón.

Nueva York es la ciudad más poblada de Estados Unidos (más de 8,3 millones de habitantes). También es una de las ciudades más retratadas de la historia del cine, el viajero que visita la ciudad tiene la impresión permanente de reconocer edificios y rincones que vio en una serie de televisión o en una película. Según se pone el pie en ella, se nota el aire pesado por la humedad del río y ese olor peculiar a mar diluido que invade la ciudad. Lo siguiente que cualquier persona viajera notará es que Nueva York está llena de personas únicas. Las personas que habitan en Nueva York son iguales en su diversidad, lo que confiere a los individuos una libertad inigualable. 

Según los datos demográficos, en Nueva York se hablan más de 200 lenguas. En un maravilloso artículo de la periodista Mónica Parga para Univisión se puede ver un espectacular mapa interactivo que muestra la ciudad como un absoluto mosaico de cultura lingüística. Nueva York es uno de los pocos sitios del mundo donde se habla el Hawaiano.

La integración de las distintas culturas en Nueva York no ha sido fácil. Se trata de muchos años de conflictos y esfuerzos que hoy en día la han convertido en un espacio único, en el que ser diferente es una virtud. Para los puertorriqueños que inspiraron West Side Story habría sido impensable creer que sus nietos serían ante todo neoyorquinos, por encima de cualquier otra cosa. Hay que resaltar que Nueva York es la ciudad del planeta con mayor número de puertorriqueños (!!). Y su historia nos recuerda que el mestizaje cultural se crea con el tiempo y muchas veces implica choques y sufrimiento. Pero el resultado en este caso es la conformación de una de las ciudades más auténticas y potentes del mundo, madre de productos culturales tan contundentes como el rap, que se creó en el Bronx como resultado del brutal mestizaje del barrio. 

Y, es sin duda debido a toda esa mezcla y toda esa diversidad, que Nueva York es una ciudad amable, por lo menos en los tiempos actuales. Hay que reconocer que tuvo sus momentos, sobre todo en la época de los grandes conflictos étnicos antes del I Love NYC de los ochenta y después del 11-S. Pero, en general, es una ciudad en la que la gente te cuenta su vida en cuanto le tiendes la mano. Las personas se sienten neoyorquinas pero también se sienten extranjeras. Son de Nueva York y de su país de origen o del de sus padres o del de sus abuelos. Es un sentimiento de orgullo mestizo del que hay mucho que aprender. Así me lo explicaba Georgia, una greco-chipriota que trabaja en una cafetería típica de la zona de alta de Manhattan.

Georgia huyó de su ciudad porque fue tomada por los turcos durante algún momento del conflicto que afecta profundamente a este país europeo. Y fue acogida en Nueva York por el dueño de esta cafetería, que tiene a su cargo a más de 15 personas, todas ellas griegas y todas ellas neoyorquinas. Me explicaba este empresario, G.M., que todos los que trabajaban en su cafetería tenían estudios superiores. Gracias a esos estudios eran personas cultas y que sabían lo que querían, lo que les había permitido crear un buen negocio, medrar en una ciudad que ahora era su hogar y buscar para sus hijos un futuro adecuado. También eran esos conocimientos lo que les permitía elegir y ser críticos. «Por eso- me dijo- voté a De Blasio en las elecciones anteriores. Y por esa misma razón no pienso apoyarle a en las presidenciales, me ha decepcionado». De Blasio, alcalde de ciudad, ha sido uno de lo grandes defensores de los derechos de las personas extranjeras en Estados Unidos, haciendo de Nueva York una de las llamadas «ciudades santuario» en las que la ciudad emplea sus propios recursos para enfrentarse a la las reglas racistas y xenófobas del gobierno central, protegiendo a todos los habitantes por igual. Sin embargo, hace unas semanas, a la vez que anunciaba su candidatura a la carrera presidencial también anunciaba un endurecimiento de las condiciones de colaboraboración entre el gobierno de la ciudad y los servicios migratorios centrales. El mensaje es claro: se puede ser pro-miragranción en Nueva York, pero no tanto en Estados Unidos. 

En definitiva, las ciudades son el espacio donde todo es posible gracias a que las personas no son números sino vecinos con los que, como en West Side Story, nos acabamos queriendo casar. La riqueza étnica y cultural a medio plazo solo aportan fuerza y belleza a las ciudades, creando espacios de una diversidad única y que permiten imaginar un futuro en el que todas las personas podemos ser cada vez más parecidas a los que queramos. Nueva York es uno de los futuros que podemos imaginar para nuestros hijos e hijas, que, recordemos, no sabemos de qué color serán ni en qué lugar nacerán.