Opinion · Con M de

La espera

'Horizonte de cristal'. Foto: Pilar Lucía López.
‘Horizonte de cristal’. Foto: Pilar Lucía López.

Pilar Lucía López (@PilarLucia7)

Faltan cinco días para mi cumpleaños y estoy muy preocupado. No duermo bien desde hace meses. Por la noche me baja y me sube una bola de acero por el pecho. Cuando me tumbo en la cama noto un peso encima del corazón. Late muy fuerte y me asusto como si me lo pudiera aplastar. Todos los de mi habitación duermen, menos yo.

Desde que entré en el Centro de Tutela lo sabía. Sabía que tenía fecha de caducidad, como un litro de leche o un yogur, pero ahora es distinto. Empieza la cuenta atrás, cinco, cuatro, tres, dos, uno y fuera. El sábado será mi mayoría de edad y tendré que salir de aquí con las manos vacías y la cabeza caliente de tanto pensar.

No tengo a dónde ir, ni dinero, ni cama, ni posibilidad de trabajar. Y no sé robar. Solo de pensarlo tiemblo. Mi permiso caduca también a fin de mes.

Ya fui chico de la calle a los 15 años, cuando llegué de Marruecos a Ceuta para buscarme la vida. No puedo, no quiero volver a vivir así. Ahora es diferente, ya no soy aquel niño, un menor que sobrevivía como un animalito en cualquier rincón. He aprendido muchas cosas en este tiempo. He estudiado español y cursos de informática y mecánica. Incluso hice un taller de derechos humanos. Sí, los derechos humanos, los treinta derechos humanos universales: a la vida, a la libertad, a la educación, a la seguridad, a la libre circulación, al trabajo… Podría recitarlos uno a uno, o escupirlos uno a uno también, porque no son para mí.

Escucho con mis auriculares Cara y Cruz de Ayax, mi rapero favorito.

«Todavía no es mi hora. Las noches son frías, las hojas caen y no deja de llover. Pienso que por mucho que me exprese no me pueden comprender. Todavía no es mi hora y las agujas me devoran».

El sábado será mi cumpleaños y mi nueva vida sin nada. He bajado a la playa con un educador pero no tengo ganas de hablar. Sé que me aprecia pero no puede evitarlo. Los dos estamos en silencio y lo agradezco.

Saco del bolsillo de mi pantalón una canica azul de cristal que me regaló una voluntaria. La cojo entre mis dedos índice y pulgar y miro a través de ella. Veo todo al revés. Abajo el cielo y la arena es el techo. Todo patas arriba y yo solo con este amuleto que me da un poco de luz.