Opinion · Con M de

Hacia lo (in)visible

Campo de refugiados de Tempelhof (2018). Foto: Shalini Arias.
Campo de refugiados de Tempelhof (2018). Foto: Shalini Arias.

Shalini Arias Hurtado (@ShaliiAriaas)

Ocho años, ciento cuarenta y un días, dieciocho horas y diecisiete minutos de conflicto. La República Árabe Siria es un país sumido en un conflicto bélico desde principios de 2011. Suele considerarse la Primavera Árabe como el desencadenante de la guerra en Siria, aún así, otro gran factor a tener en cuenta y que provocó la salida forzosa de 1,5 millones de personas durante los cinco años previos al conflicto, fue una sequía muy severa que asoló al país. Miles de personas decidieron emprender un largo viaje, y la protagonista de esta historia fue una de ellas.

La conocí hace un año y cinco meses en Berlín. En aquella capital que había dejado atrás el “Wir schaffen das” (“Podemos hacerlo”) de Angela Merkel en 2015 que traspasaba muros, y se convertía en todo un símbolo de una fase de políticas abiertas para los refugiados de Oriente Medio. En ese momento en el que yo pisaba la ciudad todo eso había cambiado, y se había dado paso a un capítulo oscuro y triste en la historia, donde las “devoluciones en caliente” y las fronteras cerradas eran el pan de cada día.

Las portadas de muchos medios internacionales hablaban de la crisis migratoria como un fenómeno inabarcable, de magnitudes descomunales, de catástrofe natural. Y eso fue lo que me llevo allí a husmear con la curiosidad de un niño que acaba de nacer, y grabar un corto documental. Dos cámaras, dos trípodes, varios micrófonos y la esperanza de encontrar a alguien que quisiera hablar con una principiante. Mi móvil no tenía batería, había recorrido repetidas veces la Karl-Marx-Strasse. Calle arriba, calle abajo, y así sucesivamente. Treinta minutos, hacía frío, y mis escasas nociones de alemán no ayudaban a que encontrase el campo de refugiados. Y allí estaba ella, allí me encontró.

Una silueta frágil y desgarbada, melena negra azabache con trasquilones, y una nariz aguileña. Me preguntó si estaba bien -¡qué ironía!-, que si necesitaba ayuda, en un inglés muy marcado. Tenía una voz dulce y unos ojos de mirada dura. Labios finos, los cuales, con el tiempo, descubriría que pocas veces conseguían formar una sonrisa. Le dije que estaba buscando Tempelhof, que quería entrevistar a los refugiados que vivían allí, le comenté mis planes del corto documental. Me miró con recelo, y me dijo que ella me podía acompañar hasta allí, que esa era su “casa”. Una especie de alegría me invadió el cuerpo y me apresuré a invitarla a tomar un café para charlar tranquilamente. “No necesito caridad”, dijo de manera cortante. Intuyo que vio la expresión avergonzada en mi cara por aquel comentario y, suavizando el tono, dijo que podíamos ir a un pequeño café cercano. Caminamos en silencio. Calzaba unas zapatillas que estaban destrozadas. Nos sentamos en aquel café durante horas, su única exigencia: quedar en el anonimato. 

Tenía 26 años, provenía de Siria y, como otros muchos, había llegado a través de la ruta de los Balcanes. Graduada en químicas, sin familia alguna (habían muerto un año atrás), cansada del incesante ruido de la metralla y con los ahorros de toda una (corta) vida se embarcó en el viaje de alcanzar Alemania, “la potencia de Europa”. Seis meses. Seis meses donde el lado más oscuro del ser humano le había sido revelado en multitud de ocasiones.

Estafada, abusada de diferentes maneras, durmiendo a la intemperie y dejando atrás los cuerpos de compañeros de ruta, finalmente alcanzó Alemania. Había llegado a Berlín tras haber estado en el sur de Alemania en otro campo. Intentaba sonreír, pero el gesto no alcanzaba sus ojos cansados y rodeados de marcas de expresión. La recuerdo como una mujer fuerte, valiente, con la actitud de quien no tiene miedo a morir en mitad de un campo de minas. Su optimismo frente a la vida era contagioso. No le quedaba nada, “ya solo puedo esperar cosas buenas”, me decía. Había solicitado el estatus de refugiada, y estaba esperando la respuesta. Gracias a ella conseguí entrevistar a más refugiados. Ella fue la llave que abrió mi camino. Seguimos en contacto, intercambiando mensajes puntales. Hace tres meses que había conseguido un trabajo como limpiadora, y parecía feliz. Esa fue la última vez que supe de ella, hasta hace una semana.

Una llamada, 20 minutos de conversación. Su compañera, al otro lado del teléfono, me comentaba que la respuesta a su solicitud ya había llegado: entendió que le denegaban el asilo porque no consideraban que su vida corriese algún riesgo, y pensaría que la mandaban de vuelta a Siria. La rabia me embargó, y aún sigue ahí, dentro de mí. La siento, y sé que ella también la siente, pero ya no sentimos lo mismo. Un sistema -injusto- la empujó a poner fin a su vida. Veintisiete años de vida reducidos a una ceremonia sencilla, sin ostentaciones y ocho rostros en su entierro, que la recordarían. Y como otras muchas personas que han vivido (o están viviendo) esta situación, ella había pasado por el mundo como quien camina de puntillas y con sigilo, invisible.