Opinion · Con M de

El pecado de la indiferencia

Barco de rescate de la organización Proactiva Open Arms el pasado 11 de agosto. Foto: Francisco Gentico.
Barco de rescate de la organización Proactiva Open Arms el pasado 11 de agosto. Foto: Francisco Gentico.

Por Natalia May (@_May_Natalia_)

El que quiera manipularnos, solo tiene que apelar a nuestros genes y hablarnos como a los miembros de una manada, una tribu, cuya Madre Patria se encuentra ante un peligro inminente y aterrador, y seremos todo oídos.

El que quiera manipularnos,  sea cual sea su propósito, solo tiene que dirigirse a nuestros instintos más profundos para que nos lancemos, sin pensar, contra ‘nuestro enemigo’.

El que quiera manipularnos, solo tiene que deshumanizar al ‘enemigo’, para que no nos importe matar ni ver morir a miles y miles de inocentes.

Una lucha, una guerra para salvar a los que percibimos como a “los nuestros”, nos desafía, hace que nos sintamos profundamente unidos a ellos, a ‘nuestra manada’, nuestra tribu. El altruismo en su nombre nos inspira y hace que cometamos las peores atrocidades.

¿Cómo es posible que nosotros, mujeres y hombres modernos, que creemos profundamente en el amor, en lo bueno, en las personas; los que nos sacrificamos por nuestros padres y nuestros hijos; los que luchamos por los derechos humanos y la igualdad de género; los que sabemos apreciar la belleza del arte y nos pasamos la vida buscando la espiritualidad; cómo es posible que, reducidos a una masa, dejemos atrás todo lo divino que encarnamos y nos convirtamos en unos ‘asesinos’, o en testigos mudos e indiferentes ante todo lo malo de lo que es capaz el ser humano?

A lo largo de nuestra historia se ha observado un fenómeno cuyo análisis nos podría ayudar a encontrar la respuesta. Una herramienta de manipulación de masas, que se ha mostrado infalible a lo largo de los siglos: la creación de una amenaza externa. Un enemigo omnipresente, aunque muchas veces invisible, que amenaza la misma esencia de nuestras vidas.

Un enemigo cuyo rostro, curiosamente, cambia según la distribución del poder en el mundo y los intereses políticos de cada país: desde el diablo en la edad media, hasta los rusos, los musulmanes, los homosexuales o los refugiados hoy en día, cuya mera existencia, aparentemente, pone en peligro nuestros valores más apreciados, como la libertad, la democracia y el bienestar.

Dejemos aparte la discusión sobre quién es el verdadero villano de la historia que escribimos hoy en día. Esta no es la cuestión, porque en la política no se busca la justicia, ni se busca la verdad. Lo se busca es el poder. Se buscan los recursos. Y se busca a alguien a quien culpar.

Para comprender lo peligroso que es lo que presenciamos hoy en día, y lo cerca que estamos del abismo, el cual creíamos haber dejado atrás; solo tenemos que recordar el siglo XX. ¿Creen que voy a hablar del Holocausto? Sí, lo voy a hacer. Porque si actualmente nos dirigimos tozudamente hacia la misma perdición, es que no lo hemos hablado lo suficiente. Si no lo hacemos, podemos llegar a creernos superiores a los que cometieron los peores crímenes de la historia. Y el que piensa así, está de todo menos acertado.

Así pues, empecemos por uno de los acontecimientos que más marcaron el siglo XX: el Holocausto. ¿Se acuerdan de lo poco que le faltó a Adolf Hitler, el gran maestro de la manipulación política y  gran orador, para conseguir la completa aniquilación de los judíos, los gitanos, los discapacitados, los homosexuales, etcétera, durante la época nazi? Un par de años más y habrían sido historia.

Hoy en día, al ver las imágenes de cuerpos desnudos amontonados, nos preguntamos, indignados, cómo los alemanes fueron capaces de cometer tales atrocidades y cómo pudo permitirlo la población civil. ¿Es qué fueron todos unos monstruos? Ni mucho menos.

La maquinaria propagandista construida por Hitler, con la ayuda su fiel camarada Joseph Goebbels, el ministro de la Propaganda del Tercer Reich, utilizó tanto la legislación, como todos los medios de comunicación que existían por aquel entonces, para acusar a los judíos de todos los males posibles: la crisis económica, el desempleo, la pobreza y la incertidumbre del porvenir.  A los judíos se les echaba en cara todo lo que supuestamente eran o no eran. Se les depreciaba por su nariz demasiado curvada, su pelo demasiado rizado, por su sangre judía y su mera existencia en el mundo.

Otro de los protagonistas del siglo XX, Jósef Stalin, aspirante a cura ortodoxo en su juventud, se encargó de eliminar, sin pestañear, alrededor de diez millones de “los enemigos de los pueblos soviéticos”, antes de la Segunda Guerra Mundial y otros tantos después de la propia Guerra. Persiguiendo a un fantasma, un susurro, el “padre de los pueblos soviéticos” veía la sombra de su enemigo capitalista hasta en los héroes de guerra que volvían, mutilados, a su destrozado país.

Los protagonistas del siglo XXI se han mostrado dignos de sus antecesores, solo que el Santo Grial de nuestro tiempo -la democracia-, limita un tanto la libertad de sus acciones. Ya no se pueden infringir los derechos básicos de las personas tan fácilmente, sin embargo, sí puede hacerse si se los señala como la gran amenaza de nuestros valores democráticos más sagrados.

La realidad que vivimos en Europa hoy en día, y la amenaza que tanto nos aterra -“la plaga” de millones y millones de migrantes y refugiados que asaltan nuestras fronteras, según informan ciertos medios de comunicación alienados-, es el producto de la viva imaginación de los fieles sirvientes del pueblo, los políticos, los que -¡aleluya!- por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial han encontrado un chivo expiatorio impecable -negro, pobre, musulmán-, al que culpar de todos los males que padece la sociedad occidental. ¿Qué más se puede pedir?

Tan grande es nuestro miedo a los que percibimos como “los otros” -los migrantes, los refugiados, los musulmanes, los rusos, los homosexuales, etc.-, que estamos dispuestos a ceder una parte de nuestra libertad, -sobre todo la libertad de razonar-, y nos convertimos en mudos testigos de las atrocidades que se cometen en nombre de la democracia y la seguridad, como antes se hacía en nombre de Cristo.

El que quiera manipularnos, sea cual sea su propósito, solo tiene que apelar a nuestros genes y hablarnos como a los miembros de una manada, los hijos de nuestra Madre Patria, la cual se encuentra en un peligro inminente y aterrador.

El que quiera manipularnos,  solo tiene que apelar a nuestros instintos más profundos, para que nos lancemos, sin pensar, contra ‘nuestro enemigo’.

El que quiera manipularnos, solo tiene que deshumanizar al enemigo, para que no nos importe matar ni ver morir a miles y miles de inocentes.

El que quiera manipularnos, solo lo tiene que llamarlo “defensa”, aunque seamos nosotros los agresores, para que nos dejen de importar los muertos, y sus nombres, sus caras, sus vidas y sus cuerpos vacíos que ya no desean nada.

Natalia May es investigadora de Fundación porCausa.