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De Trump a Vox, la trampa xenófoba

Manifestación contra Donald Trump en Londres (enero de 2017). Foto: Alisdare Hickson / CC BY-SA 2.0
Manifestación contra Donald Trump en Londres (enero de 2017). Foto: Alisdare Hickson / CC BY-SA 2.0

Por José Aragón (@sejoluis)

Los recientes atentados en El Paso y Dayton (Texas y Ohio respectivamente, Estados Unidos), que dejaron más de 30 muertos, así como decenas de heridos que aún se recuperan en centros asistenciales, evidencian los catastróficos resultados de un discurso de odio dirigido un segmento determinado de la población. Discursos que se basan en una estrategia que busca obtener réditos electorales a base de ideas puntuales distorsionadas que intentan dar soluciones rápidas a situaciones complejas.

El asesinato masivo de El Paso ejecutado por un atacante de origen estadounidense, arrojó en investigaciones posteriores a la matanza que las motivaciones principales del sujeto fueron un odio exacerbado hacia la población hispana en Estados Unidos, hecho que junto al segundo suceso ocurrido en Ohio se enmarca dentro de la retórica claramente xenófoba del presidente de los Estados Unidos y su constante mención a la “supuesta” invasión de los inmigrantes en su país. 

Diversas fueron las expresiones que rechazaron categóricamente los atentados e invitaron a reflexionar sobre los discursos que satanizan al otro como el responsable de los problemas internos de la economía o la seguridad del país. Demócratas, líderes políticos internacionales, así como diversas personalidades manifestaron su rechazo, así como su preocupación por la cadena de sucesos y su efecto en la convivencia en la sociedad estadounidense. Cabe señalar que la política migratoria demócrata no difiere de fondo con la de Trump; cambia la retórica, pero ambos partidos aplican medidas severas en cuanto al control migratorio; Obama batió récord de deportaciones, por ejemplo.

Y es precisamente la línea de actuación de la actual política migratoria estadounidense, así como el discurso del presidente de los Estados Unidos, lo que le ha puesto en el ojo del huracán por su responsabilidad de alentar sentimientos supremacistas, validar posiciones extremas, así como por allanar el camino para que este tipo de sujetos salgan a las calles a matar a quienes consideran sus enemigos. Para estos individuos el crimen se relaciona directamente con una nacionalidad, con un color de piel o con una lengua. Para ellos, el crimen tiene un origen específico.

Estos ataques nos recuerdan el peligro de validar discursos de odio extremistas en nuestras sociedades, basados en la división, la confrontación y en ubicar en el otro todo aquello que se considera causa de la insatisfacción general por un sistema en declive o por una sociedad en crisis que no es capaz de darle respuesta a las necesidades e ilusiones de sus ciudadanos.

De Donald Trump a Marine Le Pen, líder de la extrema derecha francesa, pasando por su homólogo en Italia, Matteo Salvini a Vox en España, se identifica un factor compartido de desprecio por las personas migrantes y peor aún por la criminalización de estas personas como ejecutoras de delitos, parásitos de la asistencia social o como un peligro para el mercado laboral. Sus discursos se mueven en la hipérbole constante de esa negatividad que supone la inmigración para el desarrollo de sus países, la cual se hace eco con naturalidad por cuanto altavoz mediático encuentra.

El odio mata, la ceguedad de estos individuos llenos de desasosiego que aterrorizan a inocentes por el hecho de haber nacido en otro país, no es más que el resultado de esas ideas que encuentran espacio en la facilidad de reconocer en el otro las causas de las propias desgracias. Esto es exacerbado por irresponsables que utilizan un discurso vacío y alejado de la realidad para encontrar un espacio político que les lleve a abrazar el poder.

Los ataques supremacistas en Texas y Ohio son una alerta del efecto perverso de una falacia repetida, de una idea descontextualizada y de un discurso extremista que busca en la división su mejor herramienta para obtener su objetivo político. Cada nuevo ataque, cada nueva vida perdida, será una derrota de nuestra sociedad global, que mira atónita cómo la inquina se lleva vidas inocentes, gracias en gran medida a nuestra incapacidad colectiva de detener los avances de los líderes del odio.

Ante la estrategia política extremista debemos construir una sociedad que no permita su retroceso, que defienda a las minorías de ser la carne de cañón en que las quieren convertir. El crimen no tiene un DNI específico, la movilidad humana es tan antigua como nuestra historia, tenemos el deber de cobijar a quien es señalado injustamente y no permitir que se comentan los errores del pasado.

Ante la división, el odio y el totalitarismo, siempre la hermandad.