Opinion · Con M de

¿Cuándo dejamos de pensar que podíamos cambiar las cosas?

Han pasado ya 8 años desde que el 17 de septiembre de 2011 naciera el movimiento Occupy Wall Street y se nos ha olvidado que podemos cambiar el mundo.

Un portavoz habla a la multitud en Zuccotti Park el 17 de septiembre de 2011. Foto: David Shankbone / CC BY 3.0
Un portavoz habla a la multitud en Zuccotti Park el 17 de septiembre de 2011. Foto: David Shankbone / CC BY 3.0

17 de septiembre de 2001, el mundo se levantaba todavía con la resaca del mayor atentado perpetrado en los Estados Unidos. Todavía no se sabía cuanta gente había muerta entre los escombros de las dos Torres Gemelas pero el mundo ya había cambiado para siempre. El 11-S fue el principio del cambio de narrativa que ha convertido lo desconocido y lo extranjero en una amenaza contra la que se puede luchar con medidas de control y represión. En 2001 había menos de 25 muros fronterizos, hoy hay más de 80. 

La resaca del 11-S duró muchos años sin que los ciudadanos del llamado ‘mundo desarrollado’ fuéramos realmente conscientes de ello. La sensación de vulnerabilidad se fue acrecentando gracias a los esfuerzos de los diferentes gobiernos para justificar medidas de control que no solo afectan a los que quieren entrar en nuestros países, si no a cualquier ciudadano que se mueva por ellos. Sin embargo, la nuevas tecnologías que servían para controlar también servían al ciudadano para liberarse. La revolución tecnológica aplicada a la comunicación del día día nos permitió tener medios digitales y chats. El 11-M de 2004 fue en España el primer momento de nuestra historia en el que el gobierno perdió el control de la información en tiempo real. Las manifestaciones espontáneas a través de SMS para expresar la indignación ciudadana por la captura informativa que dio lugar a un cambio de gobierno, fue el primer “sí se puede”. Los españoles nos empezamos a acostumbrar a protestar. En 2006 se constituyó el movimiento con V de vivienda que reclamaba el acceso a vivienda digna principalmente para los jóvenes. V de vivienda fue la madre de muchos otros movimientos que vendrían después y batiría records de afluencia en protestas ciudadanas. 

Llegó la crisis del 2008, y con ella la depresión ciudadana. La precarización de las clases medias arrasó Europa. Algunos países intentaron debatirse y revertir una situación que ellos no había creado. A Islandia le salió bien mientras que a Grecia se la llevaron por delante. Y en medio de este caos, la narrativa de la colaboración, de la unión en la precariedad se iba construyendo en todo el mundo. 

Y así llegamos al 2011 donde los ciudadanos indignados tomamos las calles sin otra razón que expresar nuestro profundo descontento con el mundo que nos están construyendo. En España el 15-M se convierte en una comunión de personas que solo quieren otro modelo para ellos y las generaciones futuras. En el Mediterráneo les sigue la Primavera Árabe. Y el 17 de septiembre de 2011, se inicia el movimiento Occupy Wall Street cuando un grupo de personas ocupan el Zuccotti Park en Lower Manhattan. En 2011 creíamos que alzando nuestra voz se podían cambiar las cosas, que unidos protestando podíamos acabar con las injusticias, que el gobierno estaba al servicio de los ciudadano y no al revés. 

Han pasado 8 años y parece que todo esto forma parte de un pasado que no puede volver. La apatía ciudadana es un hecho. Los que rodearon el Congreso están ahora dentro de él o agotados fuera intentando conseguir un modelo vital sostenible y lo menos precario posible. Las redes sociales que fueron la herramienta de la revolución social han sido tomadas por los populistas y se han llenado de desinformación y odio, favorecido esto por los monopolios tecnológicos de la comunicación que usan nuestros datos de una forma poco ética. La securitización brutal que empezó en 2001 ahora forma parte de nuestro día a día, sin que seamos conscientes de que más que protegernos, lo que hace es potencialmente controlarnos. 

En todo este panorama desolador parece que nos hemos olvidado de que la unión hace la fuerza y de que sí se pueden cambiar las cosas. Hemos aceptado el Cambio Climático y el calentamiento global como algo natural, posiblemente porque luchar contra ellos implicaría cambiar en exceso nuestro cómodo modelo vida. Estamos permitiendo que el sistema se deshumanice hasta el punto de que moverse por el mundo, que es algo natural al ser humano -que ha migrado desde que existe-, se ha convertido en un privilegio de unos pocos. Estamos aceptando una narrativa con la que se retrocede a una época histórica de principios del siglo pasado, donde perdemos los derechos por los que nuestros antepasados dieron la vida. 

¿Qué nos pasa? ¿En qué momento dejamos de creer que podíamos cambiar el mundo? Hay muchas formas de luchar por un mundo mejor, desde tomando las calles pacíficamente hasta consumiendo información de calidad y difundiéndola con la convicción de que el saber nos hará libres. 

Hay mucha esperanza. La gente joven viene fuerte detrás, de ellos será la batuta del cambio si les dejamos y volvemos a recuperar la confianza en nuestra capacidad de incidencia. 

#YaLoHicimosUnaVez, vídeo creado por el equipo más joven de la Fundación porCausa.