Opinion · Con M de

No estamos solos

Fotograma de la película 'Amin' (2018), de Philippe Faucon.
Fotograma de la película ‘Amin’ (2018), de Philippe Faucon.

Javier Roma (@helvetiafocca)

Son las seis y media de la mañana y el sol se asoma tímido sobre la plaza de Stalingrad, al noroeste de París. Ha sido una madrugada especialmente fría, a pesar de que todavía es solo mediados de octubre. Al menos el sol tibio de principios de otoño ya reluce entre nubes grises. Mamadou se despertó más tarde que de costumbre y, como prácticamente cada día desde que llegó a esta ciudad –aunque esta vez por motivos inusuales–, no sabiendo muy bien qué día y qué hora era. Pensaba que llegaba tarde al trabajo y se puso de pie de repente, lo que le provocó un mareo seguido de una leve y ridícula caída en el banco en que se despertaba hace apenas unos instantes.

Hoy es miércoles, sábado y domingo al mismo tiempo para él, porque es el único día que libra esta semana. Aún así se siente afortunado porque muchos de sus compañeros, paisanos o no, ni siquiera tienen ese ínfimo y escurridizo derecho. “Así es la obra”, les repiten sus jefes, “el trabajo tiene que estar listo antes de que lleguen las lluvias de otoño”.

La cabeza le va a explotar, parece que tiene un campanario entre las sienes, está intentando reconstruir lo que ocurrió durante la noche. ¿Cómo demonios he llegado a este sitio?, se pregunta. No consigue poner las ideas en orden y piensa en Aminata. Ella estaría preocupada si estuviera en casa, piensa, pero desde hace unos días no sabe absolutamente nada de ella. Siente unas ganas tremendas de llamarla y saber dónde está, de hablar con ella, de verla y de abrazarla. Saca el móvil, pero no tiene batería. “Lo mejor será volver a casa”, susurra en voz alta.

Se dirige al metro y toma la línea 7. Mamadou lleva un par de meses trabajando en el centro de la ciudad, junto a Hôtel de Ville –el ayuntamiento– y normalmente coge el tren en dirección sur para bajar en Châtelet. A medida que baja, hasta llegar a esa parada, la gente que va quedando en el vagón suelen ser franceses o turistas, la inmensa mayoría blancos y, en caso de que trabajen en esa zona de la ciudad, trajeados. En esta ocasión coge el metro en la dirección opuesta. Se dirige a rue de la Coopération, su casa, muy al norte en la banlieu de Saint Dennis. Sube al tren abarrotado y, aunque son solo 6 paradas, por pura inercia, cae en el letargo que le produce cada día el traqueteo de las vías. Sale de los túneles en Aubervilliers y va a la parada de autobús, que tarda en llegar. Tras 30 minutos el bus lo deja todavía a un rato caminando hasta su casa.

Está agotado. Además de por la noche anterior –que todavía no recuerda, o no quiere recordar, muy bien qué pasó–, lleva dos semanas sin un día de descanso. Un compañero le pidió cambiar el turno, y él, como de costumbre, asintió sin dilación. Finalmente abre la puerta del minúsculo apartamento, el mismo que hasta hace unos días compartía con Aminata. Se conocieron hace 13 años en Dakar, Senegal. Los dos llegaron allí desde sus ciudades natales, poco después de finalizar el instituto, para ampliar los estudios y trabajar; en ambos casos los ahorros familiares no daban para más que dos meses escasos de sustento durante el periodo de adaptación a la nueva urbe. Ella estudió ingeniería mecánica y él enfermería.

En cuanto se graduaron se pusieron a la búsqueda de un empleo en el que aplicar los conocimientos adquiridos. Una vez cubierta esta base, se mudaron juntos a un discreto apartamento en el centro de la ciudad. Transcurrido casi un año desde la ansiada mudanza, Aminata empezó a sentirse hastiada de la ciudad, del país, de las condiciones de su trabajo en una empresa gigantesca en la que la corrupción descarada era la norma. En realidad, ella ya estaba harta de todo antes de trabajar ahí, y antes de empezar a estudiar también. Estaba harta de todos menos de Mamadou. Él, por su parte, no sentía esa presión en el pecho, no le desvelaban los delirios de grandeza y no tenía intención alguna de abandonar una situación que consideraba bastante cómoda, sobre todo comparada con la precariedad casi crónica en la viven la mayoría de sus amigos y familiares más cercanos.

Aminata tenía, sin embargo, un par de puertas entreabiertas. Y quería cruzarlas. La primera, un tío lejano que vivía en París desde hacía años, décadas incluso; la última imagen que recuerda de él es de cuando ella era niña. La segunda oportunidad, más realista y quizás combinable con la primera, era la empresa para la que trabajaba: una de las sedes principales estaba en París. La oficina en Dakar era un reducto colonial, una manera rápida y aparentemente limpia de exteriorizar –abaratar– mano de obra y aumentar ganancias. El problema es que tendría que lidiar con los mandamases, ganarse su favor, arrodillarse ante ellos, ave, César.

Lo hizo. Le llevó un tiempo, pero lo consiguió o, más bien, consiguió firmar condena. Desde la empresa le dieron luz verde y en unos meses se mudaría, junto con Mamadou, a París. En los meses previos ya había contactado con su tío, quien quedó en ir a recogerlos al aeropuerto. Tenían un apoyo desde la misma llegada, no estaban solos.

 Aquella mañana, en el apartamento, Mamadou no paraba de pensar en la frase que tanto le repitió a Aminata, que tantas veces le repitió ella a él, que tantas veces se repitieron a sí mismos: on n’est pas seuls –“no estamos solos”, así, en plural–. Ya casi une todas las piezas del puzzle de recuerdos de la noche anterior. Salió con unos amigos, algunos antiguos compañeros de trabajo; los compañeros actuales no tienen el mismo día libre que él. Bebieron y fumaron todo lo que pudieron. Luego, cree, fueron a algún bar donde había música. Cree que fueron a ese bar estrecho y no demasiado caro por Marcadet – Poissonniers. No recordaba cuándo fue la última vez que había salido de esa forma. No sacó nada en claro de aquella noche, pero le sirvió para distraerse, al menos.

Mamadou no entiende en qué parte de su cabeza, de su pecho o de su cuerpo, debe colocar el recuerdo de la despedida con Aminata tan solo unos días atrás. Desde que llegaron a París hace siete años, ella ha cambiado de empleo dos veces. La primera fue para salir de aquella empresa que, en sus ojos, solo le sirvió para coger un vuelo a Europa, a pesar de que gracias a los años de trabajo ahí han conseguido, más o menos, establecerse los dos en aquel pisito de Saint Dennis; o al menos ella sí lo ha hecho, dice ella. Esta, la segunda vez, ha sido porque “no puedo más con esta ciudad, ni con este trabajo”, solía decir ella. La última respuesta de Mamadou, ya casi automática: “no estás sola”.

Javier Roma oscila entre la traducción y el periodismo, y tiende puentes entre lo académico y la divulgación. A ratos, escribe estos relatos ficcionados sobre personas reales.