Opinion · Con M de

Perspectivas

Vista del Mediterráneo. Foto: Pilar Lucía López
Vista del Mediterráneo. Foto: Pilar Lucía López

Pilar Lucía López (@PilarLucia7)

Eran los más inquietos, los más rápidos. Habían ascendido hasta la cima del monte con sus piernas morenas y delgadas. Parecían antílopes de la sabana. La piel oscura brillaba con el sudor del esfuerzo. Algunos escalaban las últimas rocas en chanclas, ajustando sus dedos como escarpias. Sonreían y ponían los brazos en jarra con un gesto de triunfo, mirando al horizonte.

Desde arriba la costa se extendía a sus pies como una ondulante alfombra azul verdosa. Las barcas eran pequeños rombos alargados e inmóviles. Las personas, puntos de colores salpicando la playa.

De pronto uno de ellos gritó rompiendo el silencio de los otros cinco.

-Mirad, allí, allí, una goma, ¿la veis?
-¿Una goma? ¿dónde? –preguntó otro chaval siguiendo con la vista la dirección que marcaba el dedo del primero.

Seis cabezas se asomaron al acantilado , fruncieron la frente y entrecerraron los ojos para agudizar su visión.

-Ah, sí, allí, es verdad. Parece una balsa con emigrantes.
-Sí, sí, son africanos. De Senegal o de Guinea…
-¿Por qué africanos? ¿Cómo lo sabes?
-Porque son negros,¿ no los veis? Cuento hasta diez, no, no, son doce. Hay dos más en el mar.
-Ahora se van tirando, sí. Uno a uno, mira, mira. No flotan.
-Sí, pues eso es lo más peligroso, cuando están ya muy cerca de la costa. Las olas pueden estamparles contra las rocas.
-Hay que llamar a los monitores, ¿no?
-¿Y si viene la policía…?
-¿Y si se ahogan…?
-Eh, mirad, parece que se hunden, yo solo cuento siete, y ahora cinco…Joder, se están ahogando ¿no?

El más alto tomó una decisión por todo el grupo sin consultar a nadie. Cogió el teléfono y aumentó el volumen de voz para que lo oyeran todos.

-Eh, sí, profe, hemos llegado arriba. Estamos viendo una balsa con emigrantes. Creo que tienen problemas, se están hundiendo. No pueden llegar a la costa.
– ¿Cómo? A ver, mirad de nuevo. ¿Qué tipo de balsa veis?
– Una goma como para una docena de personas. Creo que son subsaharianos. Son negros.
– ¿Hay alguna boya amarilla o naranja junto a la balsa?
– Sí, una amarilla.
– ¿Y desde hace cuando estáis viendo la balsa ahí parada?
– Unos veinte minutos. Está ahí parada. No hay nadie en ella.
– Vale, entonces, no os preocupéis. Es una zodiac deportiva. No son emigrantes, son turistas.
– ¿Cómo turistas? Se están ahogando…
– Tranquilo, escúchame, son submarinistas. Llevan los neoprenos por eso parecen negros.
– Y tú ¿cómo lo sabes? No estás viendo nada.
-Por lo que me has dicho. Ninguna balsa, ni patera, se queda a esperar a los que lleva. Les dejan cerca de la costa y que se apañen. Si hay boya y está la balsa son submarinistas. ¿Entiendes?
-¿Submarinistas?- vuelve a preguntar el chico del teléfono móvil, sorprendido.
-Sí, oye, no os mováis de allí, esperad al grupo que habéis tirado como cabras sueltas.

Los seis cruzan miradas arqueando las cejas. Un silencio gris recorre su frente. En sus recuerdos solo hay pateras y balsas cargadas de personas que buscan otra vida, pero en ninguna de ellas había deportistas, ni turistas.