Opinion · Con M de

La última frontera

Templo del Paraíso, Beijing. Foto: Ian Bruce / CC BY 2.0
Templo del Paraíso, Beijing. Foto: Ian Bruce / CC BY 2.0

Shalini Arias Hurtado (@ShaliiAriaas)

Hay viajes que te marcan de por vida, y este fue uno de ellos. Surgió de manera inesperada: un día te levantas y te das cuenta de que ya nada funciona, que tienes que moverte y te ves en la obligación de embarcarte en una aventura. La mía comenzó con un flashazo, de esos que te ciegan y te dejan desorientado. Me vi solo, pero rodeado de miles de personas, todas buscando su lugar en el mundo. Las voces embotaban mi cerebro. Mis ropas estaban sucias, manchadas de algún fluido que no sabía identificar, pero no tenía tiempo para identificarlo, yo solo sabía que necesitaba salir de aquel sitio. Abrí la puerta y me encaminé por un largo pasillo, negro y lúgubre. 

Nunca me había planteado qué se siente al tener que marcharse con lo puesto, con las prisas de aquel que va a perder un tren. Dejaba atrás tantas cosas… Una cama que me había acogido durante lo que parecía una vida. Bajo sus sábanas había experimentado el amor de compartirla con personas que llenaban mi alma, y también noches furtivas donde el deseo se alzaba sobre cualquier otra cosa. Esa cama me había visto despertar cada mañana, remolonear diez minutos y seguidamente darme una ducha para ir a trabajar. Oh, señor, ¿qué pasaría con aquel trabajo? Me gustaba mi trabajo, era bueno en él. Por no hablar de la cantidad ingente que mis padres habían decidido desembolsar en mi educación, podría decirse que era un tío valido, un tío preparado. Macarena solía reírse de mí, decía que necesitaba ver mundo y salir de mi zona de confort. No había necesitado salir de ella. Mis padres vivían en la misma ciudad donde había estudiado, me mudé cuando encontré trabajo a un pisito de soltero: dos habitaciones, un salón con cocina americana y dos baños que con el tiempo serían invadidos por todos los bártulos que Macarena trajo con ella cuando se instaló a vivir conmigo. Era un hombretón sociable, cañas después de trabajar y varios grupos con los que hacer diferentes actividades. Y todo eso, de la noche a la mañana, como si de una guerra o un colapso mundial  se tratase, despareció.  

No sé cuánto tiempo llevaba caminando, ¿días? ¿meses? Había perdido la cuenta. El paisaje no cambiaba: un escenario desolador, semidesértico. Una gran caravana de almas errantes que vagaban por este paraje me hacían compañía. Niños, adolescentes, adultos y personas mayores. Mujeres y hombres de todas la etnias. Parecía que este viaje no discriminaba a nadie. Todos queríamos cruzar la frontera. Ensimismado en mis pensamientos caí en la cuenta de que la tía Pepi y mi amigo Carlos estarían al cruzar las barreras. Ellos habían partido unos años antes que yo, pero la comunicación había sido imposible. Siempre intuí que estarían felices, que el viaje y la despedida habría sido dura, pero una vez alcanzado el lugar de destino todo habría sido mejor. 

Durante el trayecto iba rulando la noticia de que pocas veces se abrían las fronteras. Solo en ocasiones muy especiales, y que no todos podrían pasar. Había que tener los papeles en regla y haber dejado todo atado y bien atado. El miedo se instaló en mi cuerpo. Nunca había tenido problemas legales, era un ciudadano ejemplar. ¿Acaso la libre circulación no era un derecho universal o algo así?  La gente iba apegotonándose, pasaban el control, depositaban unas monedas, e iban subiendo a las barcas. Crucé el primer control con el estómago encogido. Los barqueros eran hombrecillos serios, daban poca conversación y se dedicaban a lo suyo. Que grande me parecía el mundo desde aquí, corría una ligera brisa y las temperaturas cada vez descendían más. Yo llevaba tiempo notando como mi cuerpo se iba enfriando y tornándose más pálido. 

Bajamos de la barca, y otra cola de personas se generaba, aunque este control era diferente al anterior. Una inmensa barrera se alzaba frente a nuestros ojos. Dos casetillas pequeñas eran la única forma de acceder al otro lado. Curiosamente el transito era en ambos sentidos: había gente que salía por las puertas de aquel muro. No tenían muy buena cara, pero parecían felices de encontrarse en este lado. Cual control de aeropuerto íbamos pasando uno a uno. “Papeles”, se escuchaba decir desde las casetillas. Llegó mi turno, y de nuevo “papeles”. Saqué de mi bolsillo un papel y se lo mostré a la mujer de la ventanilla. “Javier Alonso, muerte súbita por infarto agudo de miocardio“, piiiii, se escuchó, y la mujer dijo: “pase”.

Ahí estaba yo, un 31 de Octubre, cruzando la frontera al más allá. Despidiéndome de lo conocido, y expectante por todo aquello que me quedaba por conocer.