Opinion · Con M de

El dilema del «ladra chucho»

Fotogramas del video del doberman
Fotogramas del vídeo electoral del PSOE de 1996

A una semana de las elecciones empiezan las polémicas que decidirán gran parte del voto, que desde hace ya un buen rato es absolutamente voluble y en muchos casos se determina a pie de urna. La desafección por los partidos y por las ideologías, muy poco renovadas y nada originales, aderezada con la multiplicidad de nuevas opciones, convierten el espacio electoral en una feria de las barbaridades, donde gana el que dice la palabra más malsonante. Los responsables de este circo somos todas las personas que acabamos jaleando pero también criticando y denunciando mucho de ese contenido provocador, diseñado a media para viralizarse. 

La provocación no es nueva, de hecho es un clásico de las campañas electorales. En el año 1996, el polémico vídeo de la campaña del PSOE, popularmente conocido como ‘el del doberman’ -pese a que el perro que sale es un pitbull-, generó uno de los primeros debates acerca de hasta dónde puede llegar un vídeo electoral. Ese clip no le sirvió de mucho a Felipe Gonzalez, que perdió las elecciones. La llegada de Podemos al escenario político también estuvo en sus primeros años llena de provocación y polémicas que, en este caso sí, auparon al partido y lo convirtieron en la tercera fuerza nacional más votada. La fórmula funciona y por ello no es sorprendente que los partidos que están despuntando la utilicen. La palma en este sentido se la llevan las formaciones populistas antimigratorias que la Fundación porCausa denomina “la franquicia” porque, con adaptaciones a cada país, utilizan los mismos enfoques y herramientas de comunicación. Trump, Bolsonaro, Orban, Le Pen o Salvini llegaron al poder utilizando la provocación con principal herramienta de propaganda, abriendo temas imposibles que finalmente se convirtieron en el eje del debate político. 

En España el representante de esta franquicia es VOX. Desde las últimas elecciones este partido ya tiene representación parlamentaria, con un grupo propio, y se beneficia de los espacios públicos para propaganda electoral, incluidos los debates y los anuncios en la televisión pública. Y como hiciera en su primera ronda electoral, sigue produciendo materiales excepcionales con los que saca de quicio a aquellas personas que ven en los derechos universales la base del desarrollo humano y social. Pero hay que recordar que, cualquier material que produzca VOX, estará dirigido concretamente a provocar y a generar una falsa discusión que cambie el marco del debate electoral, centrándolo generalmente en poblaciones vulnerables que no pueden votar como los inmigrantes. 

La única forma que existe de parar la polarización y evitar que los inmigrantes se conviertan en la herramienta demagógica de estos grupos es “no darles bola”. La indignación, por desgracia, tendrá que ir por dentro. Por un lado, de nada de sirve repetir las barbaridades que dicen para luego contrarrestarlas con otros argumentos. Cada vez que se repite el vídeo, o la frase, o la anécdota, el mensaje y la marca se expanden más. Por otro lado, atender a lo que dicen nos quita tiempo para hablar de lo que realmente nos interesa, que suelen ser temas que este tipo de formaciones antimigratorias no pueden abordar porque no tienen el conocimiento. Piénsenlo. 

Ninguna de estas formaciones está innovando nada en la forma de ganar el debate político. La novedad es que están cruzando líneas rojas éticas que hasta hace unos pocos años parecían intocables. Es un pensamiento mayoritario el de no aceptar ni un paso atrás en los derechos adquiridos. Pero para conseguir defender esos derechos tenemos que ser capaces de recuperar el control del Debate Público. Esto significa por un lado plantear el marco del Debate, y, por otro, hacerlo apto para la mayor audiencia posible, incluyendo a las personas que simpatizan con nuestra forma de pensar y pero sobre todo en mi opinión, para las indecisas, siendo estas, las personas de buen corazón que tienen miedo y no entienden bien ese discurso de derechos que a veces es demasiado técnico y absolutista. 

De este modo durante los próximos siete días toca enfrentarse al dilema de superar el enfado profundo y la sensación tremenda de injusticia para aplicar el famoso “habla chucho, que no te escucho”, o lanzarse a una cruzada dialéctica que nos haga sentir mejor, pero que no servirá para nada más que para eso.