¿De verdad esto es lo que quieres?

Anna Frank fotografiada en su escuela en 1940
Anna Frank fotografiada en su escuela en 1940

Este miércoles lanzaron una mochila que contenía una granada al patio del centro de acogida de menores de Hortaleza, en Madrid. Los TEDAX la desactivaron y no llegó a causar daños materiales. Pero algunos de los trabajadores ya han empezado a expresar su miedo y su desesperación ante los reiterados ataques que está sufriendo el centro últimamente. ¿Cómo se sentirán los chavales internados en el centro, sobre todo los extranjeros de fenotipos más llamativos y racializados?

Hace poco una mediadora de la ciudad de Melilla llevó a tres niños de 11 y 12 años a comer a un McDonalds. El encargado los echó del sitio, acusando a los niños de ser delincuentes. El audio de esta mujer contando su experiencia es sobrecogedor, sobre todo cuando describe cómo se habían sentido los niños. Porque al final son ellos los receptores finales del rechazo. 

Las agresiones verbales a los jóvenes extranjeros que están solos en nuestro país son cada vez más fuertes y más frecuentes. Desde hace poco más de un año estos chicos se han convertido en una especie de cabeza turco sobre la que pesa la responsabilidad de arreglar la economía, mejorar la atención sanitaria, acabar con las colas en los ambulatorios o evitar la masificación de las clases de la escuela pública. Son un número indeterminado de jóvenes, que seguramente no lleguen a los diez mil, distribuidos por toda España, que tiene más de 47 millones de habitantes. En el mayor de los casos, son menos de un cuarto del aforo de un estadio de futbol, y no uno de los más grandes. Pero hay mucha gente que cree que si los echaran se arreglarían todos los problemas. 

Todo esto coincide con varias declaraciones y expresiones de rechazo hacia los chavales extranjeros solos por parte de políticos y gobernantes. Los casos más sangrantes han sido los protagonizados por los líderes de VOX, que han llegado a manifestarse en la puerta de los centros, y cuyo líder llegó a afirmar recientemente que si no se podía echar a estos jóvenes porque estaban amparados por la Convención de los Derechos del Niño, España debía plantearse salirse de dicho marco. 

Y en medio de esta especie de locura casi colectiva en la que se llega a plantear dar marcha atrás en la aplicación de los derechos más fundamentales, es imposible no preguntarse si las personas que hablan mal de estos chicos, generalizando el calificativo de “delicuentes”, “agresivos”, “problemáticos”, son consciente de a dónde lleva todo esto. ¿De verdad lo que buscan es que unos locos acaben matando a alguno de estos chavales? ¿Quieren que una granada estalle en un centro de menores? ¿Quieren que España vuelva al espalda a los derechos de los niños saliendo de la convención de la ONU?

Sin duda no lo han pensando bien. Es imposible que haya varios millones de personas que quieran que en España no se proteja a niños y adolescentes. Seguramente no se están dando cuenta de que quitar derechos a un grupo concreto de niños crea un precedente que luego conlleva que se amplíe el grupo de niños que se va desprotegiendo. Primero son los que vienen de fuera y sin padres, luego los que están aquí pero son de etnias diferentes y no tienen padres, después los que vienen de fuera con padres que no se pueden hacer cargo de ellos, luego los que han nacido aquí de segunda generación… Y así hasta que un día aquellos que están pidiendo que les quiten los derechos a estos chavales vean cómo le quitan los derechos a sus hijos o a sus nietos. Esto ya sucedió una vez, hace 80 años antes de la Segunda Guerra Mundial, y para evitar que volviera a pasar se redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos y posteriormente la Convención de los Derechos del Niño. 

Maltratar, amenazar, rechazar a niños y jóvenes conflictivos nunca ha sido la solución. La infancia es pura, la adolescencia traumática y melodramática, pero ambas son momentos de oportunidad en los que el individuo todavía se está formando. En España tenemos una amplia tradición de trabajo con jóvenes conflictivos y tenemos muchísimos casos de éxito, algunos muy sonados, como el del Vaquilla o el Lute. 

Hay que parar de hablar de estos chavales y estos niños. Hay que parar de convertirlos en noticias que no son. Hay que evitar ser altavoz de quienes cuestionan los derechos del niño. Hay que cambiar de marco. Sin confrontación, sin polarización, sin buenos ni malos. Hablemos de la adolescencia y de cómo se puede sostener a los todos los jóvenes de la mejor manera. Y apoyemos a las organizaciones que desde años luchan porque la atención de los niños sin familia en España sea por lo menos adecuada, para que las leyes se cumplan o para que la justicia sea imparcial y se evite el racismo institucional. Frenemos está incipiente locura antes de que sea demasiado tarde.