Del único chaval del que tengo derecho a hablar es de mí mismo

Baby yoda, the Mandalorian - Disney +
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Salvador Carnicero / @SalvaCarni16

El adulto quiere ser niño. La niña quiere seguir siéndolo. Ambos compartimos ambición y destino: se acabó la juventud. No obstante, aún podemos y debemos garantizar que los niños sigan siendo niños. 

Todos llevamos un niño dentro: Facktcheking contra trolls

De lunes a viernes publico una noticia en la cuenta de Twitter de la Fundación porCausa de Periodismo de Migraciones.

Este fue mi tuit del miércoles:

A las 13:58, la información más reciente era la de El País. Había consultado y dudado en publicarlo, pero la actualidad era demasiado grave como para no posicionarnos. Un intento de atentado con explosivo contra menores en el barrio de Santiago Abascal. Contra el centro que él señaló durante un debate electoral en prime time y que ya había sido atacado por fascistas.

Había leído la noticia falsa de La Sexta y también vi cómo ningún otro medio se había hecho eco de ella una hora después. El testimonio de un testigo sin aclarar criminalizaba a otro migrante. De ser verdad, era demasiado gordo como para taparlo. La versión del saltamuros se propagaba por Twitter como la pólvora. El frío al darle a enviar me caló los huesos durante cuarenta minutos, y luego volvería a las 20:37 con otro susto.

Soy de los que piensan que la nacionalidad del sospechoso de un crimen solo aporta prejuicio y racismo. No ayuda a la Policía ni a los ciudadanos, ni puede comprobarse. Acaba por generar juicios xenófobos innecesarios en la opinión pública en general y, particularmente produce linchamientos en las redes sociales durante la confusión. El hecho de que el sospechoso fuera un migrante desmontaba el discurso de responsabilidad indirecta de Vox en el atentado y repercutía de nuevo negativamente en la imagen de las personas en movilidad. Publicarlo si el sospechoso era magrebí sería reactivo. Un error.

Pie: Captura de la noticia de La Sexta: “Un hombre lanza un artefacto explosivo al centro de menores migrantes de Hortaleza”, 04/12/2019.
Pie: Captura de la noticia de La Sexta: “Un hombre lanza un artefacto explosivo al centro de menores migrantes de Hortaleza”, 04/12/2019.

 

Esta negligencia informativa, «nacionalidad magrebí», es carne de trolls cuñaos, por eso no me lo creí. Soy de los que piensan que la mierda no se comparte, pero también -y de ahí la contradicción- de los que creen que estas noticias falsas deben denunciarse. Y sabía que me la estaba jugando.

A las 14:40 los informativos de La Sexta no hicieron ninguna mención del supuesto terrorista. Me relajé. Soy de los que piensan que un medio de comunicación debe reconocer un error y, cuando miente, pedir perdón, pero me conformaba con saber que aún no se conocía la identidad del sospechoso. Ni su origen. Ni su nacionalidad.

Resulta complicado acusar a alguien de un delito de odio sin dar voz a lo que dice. No cito ni una palabra de Rocío Monasterio, pero denuncio que organizó una manifestación nazi en la puerta del centro de menores de la Macarena, en Sevilla. Soy de los que piensan que los menores de edad no deben ser fotografiados con fines mediáticos, ni señalados, ni mucho menos insultados públicamente.

Los niños, además de tener su propia declaración y convención de Derechos Humanos, tienen derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. Cualquier utilización de su imagen o su nombre en los medios de comunicación puede implicar el menoscabo de su honra o de su reputación por el mero hecho de no ser conscientes de estos derechos. Por ser niños.

Una chavala con nacionalidad española no puede asumir responsabilidades mediáticas y ni siquiera es consciente de lo que va a cambiar su vida al salir en la tele. Legalmente, una niña asume la responsabilidad de sus actos a los 18 años. Nosotros, como comunicadores no debemos hablar de ella hasta entonces. Legalmente, un chaval puede arrepentirse de lo que hizo precisamente hasta que cumple los 18 años.

 La cárcel de las palabras

A diferencia de la prisión física, para la cárcel de las palabras no hay edad mínima de entrada. La opinión pública encierra a Leo Messi y a Greta Thunberg por igual. Desde los 16 años son sujetos de los que el pueblo puede opinar y a los que puede fotografiar.

La expectación que desata un símbolo-nivel-portada-Time que cuentan los compañeros que vivieron la rueda de prensa este viernes de Fridays for Future solo es explicable por su magnitud histórica.

«Soy una pequeña parte de un movimiento mucho más grande. Escuchad a la ciencia», repite Thunberg sin ser entendida. Cargará con ese peso de por vida. Ha perdido la niñez.

A las 20:36 el trending topic de la tarde era el adjetivo locativo (de origen, y nunca de nacionalidad) «magrebí», pero no lo supe hasta después de publicar en Twitter esto.

Un minuto después, vuelve el frío. Me contesta un admirador confeso de Federico Jiménez Losantos y vuelvo a creer que me he equivocado. Que ya se sabía la nacionalidad del sospechoso porque había sido arrestado, me dice. Seis horas después, la noticia falsa aún estaba siendo compartida por este tipo de cavernícolas antropomórficos. Algunos de estos trolls, además, dirigen medios de comunicación como Libertad Digital y Periodista Digital. Volví a relajarme cuando vi que este tipo de panfletos racistas titulaban la noticia directamente con el origen del sospechoso. Algunos incluso seguían repitiendo esa «nacionalidad magrebí» en los titulares. Me tranquilicé porque soy de los que piensan que los orcos y los trolls saben tuitear, pero que no son comunicadores serios.

Yo elijo la cárcel de mis palabras porque soy mayor de edad. Un niño no está en posición de hacerlo y, con frecuencia, ni yo mismo lo estoy. Greta Thunberg mucho tiene con liderar el único y el último intento de transformar el modelo energético mundial o la transición hacia una verdadera movilidad sostenible como para encima aguantar más ogros diabólicos y cuñaos. 

Esta superheroína literaria no está para pelear con orcos o androides de primera línea de batalla. Esta chavala soporta la crítica de un mensaje nuevo y original, el de la justicia climática, y el mundo (y El Mundo) la desacredita con falacias ad hominem, ad feminam o, más concretamente, ad puellam. No atacan su mensaje, que es indiscutible, sino a ella: su ropa, su edad, sus padres, su educación, sus seguidores o su enfermedad. Buscan matar al mensajero ante la falta de argumentos. Thunberg tiene suficientes problemas en la vida como para ser insultada gratuitamente. Y si ella los tiene, figúrate los niños del centro de Hortaleza.

Hay retos más importantes que debemos atender. El racismo y la criminalización de la juventud no deberían ser los más urgentes. Acabar con el techo de cristal, la violencia de género, el imperialismo, la guerra, el hambre; conquistar los derechos de nuevas minorías sociales y, principalmente, poner freno a la crisis climática, son varios de ellos. Salvar el mundo es la prioridad.

No tenemos tiempo y nuestros recursos y nuestras ganas no son infinitas. Las de nuestros chavales, tampoco, pero como Obi-Wan Kenobi, son nuestra última esperanza. Nuestros héroes.

«Hemos venido a trabajar y a ayudar a nuestras familias. Si nosotros no venimos, España no va a avanzar», reflexiona en esta crónica de Diana Moreno Abass, un guineano recientemente expulsado del mismo centro.

Nuevas Narrativas

Si eres de los que piensan como yo, recuerda: la mierda no se comparte. El miedo, tampoco. Es tan terrorista el que propaga el miedo como el que pronuncia sus falacias. El miedo lleva a la ira. La ira al odio y el odio al sufrimiento. Y el sufrimiento, como todos los seres antropomorfos saben gracias al maestro Yoda, solo lleva al lado oscuro

Puedes denunciar el negacionismo científico, la aporofobia, el racismo o el machismo sin hacerte eco de las palabras del xenófobo. Y además, podemos generar un nuevo discurso más integrador, más optimista y más justo para todas. La línea de trabajo de porCausa en Nuevas Narrativas es una buena prueba de ello. El fascismo hay que pelearlo comunicando, pero comunicando bien. Defender a los chavales no es paternalismo. Son niños y hay que protegerlos porque están en su derecho.

Soy de los que piensan que, cuando Abascal y Monasterio quieran decir algo sobre los menores, solo deberían hablar de ellos mismos. Y lo pienso porque creo que todos, ellos incluidos, llevamos un niño dentro.

Y que del único chaval del que tengo derecho a hablar es de mí mismo.