Carta de una migrante en Navidad

Si las aves migran, ¿por qué yo no puedo migrar? Foto: Patricia Páez.
Si las aves migran, ¿por qué yo no puedo migrar? Foto: Patricia Páez.

Patricia Páez (@Patty_Paez09)

Han pasado ya tres años. Tres años desde que dejé mi país con la esperanza de un futuro mejor. Viajé a Europa sin saber qué me esperaba. Llegué sola dejando atrás a mi madre, mis seis hermanos y hermanas, mi familia, mis amigos. Atrás quedó mi humilde casita, la vista al mar al salir a la calle y la brisa del océano con sus aguas contaminadas.

Intento no pensar en todo aquello que dejé atrás para no sentir la tristeza que muchos viven al haberse arrancado las raíces en busca de una nueva tierra. Pensar en ello me trae nostalgia y dolor, porque las cicatrices que te deja la migración perduran en tu alma por siempre. Porque migrar puede ser una experiencia muy bella, pero las condiciones actuales la han convertido en un juego muy cruel y lleno de sufrimiento.

Es verdad aquello que dicen que todos somos migrantes porque la historia de la humanidad es la historia de las migraciones. Fenómenos más invasivos que pacíficos en algunos casos –como cuando los europeos llegaron a América-, pero al fin y al cabo migraciones. En un mundo ideal todos podríamos disfrutar de esa capacidad migratoria sin discriminación. Pero la realidad es otra: en este mundo loco y contemporáneo no todos pasamos por las mismas crudas experiencias migratorias (¿felizmente?). Hoy migrar es clasista, eso nos hace diferentes y esta desigualdad nos mata a muchos.

Cuando era pequeña preguntaba a Dios por qué me había puesto en un país como el mío: lleno de pobreza, desigualdad, racismo, machismo y violencia. ¿Por qué no pude nacer en algún país como esos de los que leía en los libros o las noticias? Aquí al menos no te matan por un teléfono móvil o por cruzar una calle; en el mío, desgraciadamente sí, te matan hasta por unas monedas y si cruzas incluso por una vía de un sentido, un conductor te puede quitar la vida. Tu vida no vale nada cuando el dueño del coche está apurado o borracho, y si eres pobre, menos: él saldrá libre (porque no cualquiera tiene coche en mi país) porque la justicia no existe para los pobres, porque la justicia solo sirve a la gente que tiene dinero.

Con cosas como estás, ¿cómo no soñar con un futuro mejor si se sabe que está en otra parte? Es verdad que muchos no migraríamos si hubieran más oportunidades en nuestros países, si no hubiera tanta violencia, guerra y muerte, o desastres naturales que destruyen nuestro hogar y matan nuestro ganado y cosechas. Pero aún si no existiera esto, ¿por qué no podemos buscar oportunidades y nuevas experiencias como muchos de aquí lo hacen al ir afuera a estudiar o trabajar? ¿Qué me hace diferente? Nuevamente, la migración es clasista, mi pecado es haber nacido en un país empobrecido y a los pobre se les examina con lupa antes de dejarlos entrar a cualquier lugar. Esa es la triste realidad. 

Ahora que ya han pasado más de tres años y se acercan las fiestas, todos miran a un lado, se ponen la venda de la indiferencia, se dan una pausa y festejan. A mí también siempre me ha gustado la Navidad, me recuerda épocas muy felices de mi infancia. Era la única parte del año en la que mi familia parecía más unida y se olvidaba un poco de los problemas. Todos te desean felices fiestas y hasta los vendedores en los mercados te dan algún regalito o un almanaque. Pero lo que hace diferente esta Navidad -al igual que las otras tres que ya he vivido- es que sigo sin saber cuándo volveré a casa. Mi familia tampoco lo sabe pero guarda las esperanzas de que será pronto. Yo prefiero no pensar en ello. Cada vez que traigo eso a mi mente mis ojos se llenan de lágrimas. La verdad es que no sé cuándo volveré a ver a mi familia y, teniendo en cuenta la burocracia que inunda este sistema antimigratorio, estoy lejos de saberlo. 

Han sido tres años de búsqueda incansable de tener un permiso de trabajo sin éxito. Años en los que he tenido que sobrevivir como sea, luchando sola contra la frustración y la depresión, pero adquiriendo nuevos conocimientos e incluso aprendiendo nuevos idiomas. Y a pesar de tener todas las ganas de aportar a una sociedad donde existen almas solidarias que me han dado su apoyo, las políticas antimigratorias de ahora no me permiten aspirar a un empleo digno y desaniman a cualquiera que quiera darme uno.

En estas fiestas no juzgo a la gente por querer pasarla bien, disfrutar sus vacaciones y compartir la alegría navideña en sus hogares. Están en su derecho y me alegra que puedan disfrutarlo. Sería injusto y egoísta querer que la gente se amargue las fiestas con el recuerdo de los migrantes marginados, aquellos que estamos lejos de nuestro hogar, y que a pesar de que tenemos el mismo derecho que toda la humanidad en estar con nuestras familias, no podemos hacerlo. No porque no queramos, sino porque sacrificamos esa parte de nuestro ser por un sueño. Un sueño que con el sistema migratorio actual se ha convertido en un coma del que no podemos despertar.