Historias increíbles (y reales) de migrantes que no sabían que lo eran

Miller, Okamura, Szeguedi, Vara y Scavino / Ilustración de Diana Moreno
Miller, Okamura, Szeguedi, Vara y Scavino / Ilustración de Diana Moreno

Diana Moreno (@_diana_moreno_)

Un ministro vota a favor de las fronteras que le hubieran impedido a él, años atrás, establecerse en su país. Un hombre preside un partido antisemita hasta que realiza un descubrimiento: él mismo tiene orígenes judíos. Si rastreamos la línea familiar de muchos políticos de discurso antimigratorio podemos encontrar sorpresas.

 

El viaje inicial

Si el mundo hubiera estado entonces surcado de fronteras, los padres de Shailesh* probablemente no se hubieran movido de su India natal; no hubieran llegado nunca a Uganda; él, Shailesh, no hubiera nacido en el país africano, y, decididamente, jamás hubieran viajado los tres a Reino Unido para establecerse. El día que, siendo un niño, leyó en un cartel cercano a su casa las palabras "no wogs" -una expresión racista que viene a decir ‘fuera gente de piel oscura’-, el joven Shailesh se hizo una promesa: que aquel país le vería convertirse en alguien importante.

Para cuando cumplió esa promesa, ya adulto, aquel viaje familiar por tres continentes que inauguró su vida había quedado lejos. Tal vez por eso, cuando llegó al Parlamento británico, Shailesh votó a favor de endurecer los controles que iban a sufrir aquellos que llegaban de otros países, de otros continentes. Votó a favor de convertir en delito penal que un inmigrante sin papeles intentara trabajar, alquilar una casa o conducir. Votó a favor de restringir el apoyo para los solicitantes de asilo fallidos y los inmigrantes ilegales. Votó en contra de prohibir la detención de inmigrantes embarazadas. En resumen, votó a favor de las mismas fronteras que hubieran impedido a Shailesh ser Shailesh.

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Pedazos

Tomio* siempre estuvo hecho de dos fragmentos. Por un lado es checo; por otro, japonés. El fragmento heredado de su padre lo lleva en los rasgos, el nombre, los primeros recuerdos. Pero su padre también estuvo hecho de dos fragmentos (japonés, por un lado; coreano por otro), así que puede que Tomio esté hecho de muchos más pedazos, remontándose atrás.

Por eso, cuando Tomio habla de las fronteras, de que deben cerrarse; cuando pronuncia uno de sus discursos antimigratorios al frente de su partido político de nombre igualitario pero carácter ultraderechista, o cuando exige que se frene la llegada de migrantes al país, parece que dijera: todo ser humano debe estar hecho de un solo fragmento. Parece que negara que las personas somos lo que somos: mosaicos.

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Hormigas

Para Dan*, que había nacido y vivido siempre en un mismo país, había un fenómeno que resultaba inexplicable: el de la migración en cadena. Ese proceso, por el cual un inmigrante aterrizaba en su país y, meses después, como bajo el embrujo de un imán, era seguido por un familiar suyo, y luego por otro, y luego por otro y otro más; así, a veces, hasta completar familias enteras pieza a pieza, se le antojaba a Dan muy extraño. Para alguien que jamás había migrado, observar dicho fenómeno era algo así como mirar durante horas el desprenderse de gotas de agua o el desplazarse de una fila de hormigas: algo aleatorio, inquietante, poco humano.

Desde su puesto de asesor del Presidente, Dan hablaba de la necesidad de unas leyes que prohibieran esas migraciones en cadena que él no comprendía, y su énfasis atrajo la atención de una periodista llamada Jennifer Mendelsohn. Mendelsohn comenzó a indagar en el pasado de Dan como quien sigue a la inversa una fila de hormigas.

Hurgando en sus orígenes descubrió con mucha sorpresa que el hermano del bisabuelo de Dan no había nacido en Estados Unidos: había llegado de Italia en 1904. Pero no fue el único: su bisabuelo llegó a su encuentro poco después, en 1905. Su otro hermano hizo lo mismo en 1912; le siguió su hermana, en 1913; finalmente su padre, en 1916. La familia, reconstruida pieza a pieza, hundió en su nuevo país unas raíces que llegarían hasta la actualidad: hasta el propio Dan. 

Se parecía mucho a una de esas cadenas migratorias que Dan encontraba incomprensibles, poco humanas. Curiosamente, Mendelshohn vio en la historia de la familia de Dan, precisamente, aspectos muy humanos (la búsqueda del rostro conocido, la pulsión hacia la familia), y no una fila de hormigas. 

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Raíces

Mientras militaba en su partido, Csanad* hablaba mucho sobre las raíces; sin embargo, nunca había buscado las suyas. Se había radicalizado leyendo panfletos antisemitas durante su juventud y, desde el Movimiento por una Hungría Mejor que presidía, difundía ese odio hacia colectivos que él creía muy lejanos a él mismo, principalmente los judíos. Creaba discursos, carteles, incluso una guardia urbana de corte fascista. Entonces no tenía ni idea de que estaba difundiendo el mismo odio que hizo a su abuela ocultar su origen años antes.

Para Csanad, el encuentro con sus raíces adquirió la forma del tatuaje de un número: el que tenía su abuela en un brazo, escondido permanentemente, como un recuerdo borroso de Auschwitz. Ese encuentro supuso para él el final de una vida; el principio de otra.

Sin embargo, para cuando consiguió abrir los ojos, abrazar sus propias raíces, el antisemitismo había crecido en su país y Viktor Orbán estaba poniendo en jaque a una democracia que él mismo había contribuido a erosionar.

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El descendiente

La familia llevaba siglos viviendo en aquella aldea de agricultores cuando uno de ellos, el primer viajero, la abandonó. Dejó Bielorrusia y puso un pie en Ellis Island en enero de 1903. Había huido de los reclutamientos forzosos pero también de los pogromos, una palabra que recorrería en forma de tabú las generaciones siguientes. La familia vivió y prosperó en aquel nuevo país hasta llegar al presente.

Un siglo después, Stephen*, uno de los descendientes, prosperó más que el resto; tanto, que su vertiginosa carrera política le llevó a asesorar y escribir los discursos del Presidente. Le hicieron triunfar su radicalidad, su sinceridad y su obsesión por buscar formas de restringir la migración. Entre sus ideas estaban priorizar a las personas migrantes en función de si hablaban o no inglés, cerrar puertas a quienes llegaran de determinados países de mayoría musulmana o limitar la ciudadanía a personas que ya estaban en situación legal en el país. Y sus palabras no eran etéreas: se transformaban en políticas que, puestas en marcha, dificultaron la movilidad de miles de seres humanos, negaron la protección a personas llegadas de la guerra y arrancaron a muchos niños de los brazos de sus familias.

Su tío David veía con horror cómo su sobrino destruía vidas, cómo ayudaba a avivar el odio, y le escribió una carta. En ella contaba a su sobrino una historia: la de su antepasado, el primer viajero, el que huyó de los pogromos. La de la familia migrante que trabajó y prosperó en un país nuevo. Y la de los abuelos y la madre del propio Stephen, de orígenes inmigrantes y refugiados, cuyo destino hubiera sido otro en el terrible mundo de fronteras cerradas que el descendiente parecía empeñado en construir. 

 

*Todas las historias son reales: hablamos de Shailesh Vara, Diputado conservador de Reino Unido; Tomio Okamura, líder del partido de ultraderecha Libertad y Democracia Directa de República Checa; Dan Scavino, director de RRSS y Asesor de Donald Trump; Csanád Szegedi, político húngaro miembro de Jobbik entre 2003 y 2012, y Stephen Miller, consejero de Donald Trump y promotor de su política antimigratoria.