El virus de la guerra

Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada
Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada

Pablo Sánchez Parada (@pablosanchezvol)

Si hace semanas fuimos capaces de entender el alarmismo y el miedo debido al covid-19, ¿qué nos impide entender a quien escapa de la guerra? ¿Qué nos frena para poder empatizar con quien tiene que mandar a sus hijos a Europa para que luego el "primer mundo" les trate como delincuentes?

Hagamos un ejercicio de reflexión. Recuerda cuando hace escasos tres meses la gente asaltaba los supermercados y llenaba sus carros de comida y productos que ni si quiera necesitaban -o podían comerse antes de que caducaran- por miedo al covid-19. Había una desinformación respecto al virus tan extendida que pensábamos (o queríamos pensar) que pasaría en unas pocas semanas. Pero, ¿y si el virus esta vez fuera distinto? ¿Y si intentamos imaginar un virus diferente? Uno al que comúnmente llamamos "guerra".

Si hace semanas fuimos capaces de entender que el alarmismo vaciara las estanterías de los supermercados; el miedo estuviera instalado en nuestros cuerpos de forma permanente, no sólo por nosotros sino también por las personas a las que queremos, y el país se encontrara al borde del colapso, ¿qué nos impide entender que quien escapa de la guerra con lo puesto quiera tener una vida digna? Si fuimos capaces de todo aquello ¿qué nos frena ahora para poder empatizar con quien tiene que mandar a sus hijos a Europa para que luego el "primer mundo" les trate como delincuentes?

Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada
Niña en un asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada

Ahora imaginemos lo siguiente: imagina a un niño que conozcas. Ponle cara, nombre, edad y una actividad favorita. Le encanta ir al colegio y cada día te cuenta que de mayor quiere ser algo distinto. Bombero, médico, mecánico o director de teatro. Imagina ahora cómo juega con sus amigos del barrio, cómo crece y cómo, a fin de cuentas, tiene una vida normal. Pero estas aspiraciones, sueños e ilusiones se ven truncadas por el virus de la guerra. Un virus que, aparte de quitarte la vida, te fuerza a irte de tu casa, a alejarte de tus padres y familia, a sufrir abusos en el camino y de quien supuestamente defiende los Derechos Humanos a capa y espada dentro de sus fronteras. Un virus que te impregna y te convierte en delincuente a ojos de aquellos que se manifiestan por el racismo institucional en Minnesota, pero que cuando sucede en su propio territorio apartan la mirada.

Aquellas personas que pudieron huir de la guerra en Siria -porque los hay que no- ahora están en cientos de campos y asentamientos esparcidos por los países vecinos. El Líbano, con una extensión tres veces menor a la de Cataluña, alberga más de 1,5 millones de refugiados sirios. Son decenas de asentamientos los que recorren este pequeño país, llenos de casas de madera y plástico que se inundan cuando hay fuertes lluvias, pero que en verano se calientan de manera descontrolada. Largos caminos con cientos de casas a los lados hacen del lugar un mar de plástico en el que viven miles de familias sin solución alguna. Letrinas que se atascan, basura que se acumula e infancias que se arruinan con el paso del tiempo. Aquel niño que estaba encantado de poder ser bombero algún día ahora corre por los caminos llenos de barro con zapatos ajustados y una camiseta rota. ¿Por qué? Por haber nacido en otra parte del mundo.

Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada
Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada

Las condiciones en las que viven son un desafío. Seamos realistas, no hay organización capaz de arreglar tantas vidas destrozadas, pero sí hay muchas que hacen a esos millones de refugiados menos números y más humanos. Es aquí donde entramos nosotros: The Health Impact, una organización que nace para proporcionar educación en materia sanitaria a los miles de refugiados que viven en asentamientos y cuyas condiciones propician la transmisión de enfermedades o la aparición de problemas de salud. Todos recordamos los vídeos en los que se nos enseñaba cómo había que lavarse las manos correctamente, cómo frenar contagios… ¿qué nos hace pensar que un niño que lleva años sin recibir ningún tipo de educación conoce cómo evitar enfermedades de la piel, tratar pequeños cortes o temas relacionados con la salud? Según ACNUR son más de la mitad de los niños (de 3 a 18 años) los que no tienen acceso a una educación en el país.

Conocer cómo prevenir contagios y enfermedades aquí puede ahorrar dinero a quien apenas tiene para comer. Insisto: saber cómo evitar contagios mientras vives hacinado en condiciones de pobreza absoluta puede impedir una masacre. En eso consistiría nuestro trabajo, principalmente. Dar las herramientas y empoderar a las familias para que puedan sufrir menos de lo que ya lo hacen. Este sencillo proyecto que queremos llevar a cabo está lastrado por la falta de financiación. En tiempos tan económicamente inestables los aportes a proyectos sociales disminuyen y, cómo siempre, los pobres son los que acaban pagando. Es necesario revertirlo. Es necesario alzar la voz por aquellos que no tienen nada, hacer algo al respecto. Porque más allá de que podrías ser tú, tu hijo, tu hermana o tu madre, son personas. Y eso debería ser razón más que suficiente para que se les ayudase.

Pablo Sánchez Parada es co-fundador de The Health Impact