Mascarillas y silencio: los mercadillos de Portugal inician la desescalada

Los mercaderes recogen sus puestos dos horas antes de lo habitual en otros años. Mercadillo en Alfaiates / Joseba Torronteras

Joseba Torronteras (@JosebaADD)

  • Desde la apertura de fronteras entre España y el país vecino tras tres meses cerradas, los vendedores ambulantes vuelven a sus labores a medio gas
  • La cercanía con la frontera de municipios como Alfaiates hace que gran parte de la economía se la debían al comercio con España
  • "Yo estoy trabajando lo justo para poder comer y pagar impuestos, este año está perdido"

"Hay poco mercadillo hoy". Son las primeras palabras que pronuncia una mujer española mientras inicia su retirada de los puestos ambulantes a las 11 de la mañana. "Muy poca gente para la época en la que estamos", se intenta entender un señor portugués en un dialecto no oficial solo apto para la frontera entre los dos países y conocido coloquialmente como `portuñol´.

Desde que España y Portugal decretaron el fin del cierre de fronteras el pasado uno de julio, los mercadillos han vuelto al país vecino. Ya no se escuchan gritos de los mercaderes en los pasillos y los pocos clientes que acuden, coinciden en que los precios están más caros de lo habitual. Mascarillas y silencio. Es la nueva normalidad de la venta ambulante en la frontera portuguesa.

Uno de los primeros mercadillos que ha tenido lugar es el de Alfaiates, un pequeño municipio portugués ubicado a 16 kms de la `Raia´ (la frontera con España) en el que viven aproximadamente 320 personas. Su cercanía con la frontera hace que gran parte de la economía se la debían al comercio con España, y su mercadillo es conocido en todo el concelho (condado) de Sabugal. La localidad portuguesa celebra el segundo jueves de cada mes su cita con la venta ambulante. El del pasado día 9 fue el primero desde que España abrió fronteras con el país vecino.

Los mercaderes tienen la confianza puesta en que siendo el primero con turistas extranjeros, las ventas van a ir bien. Sin embargo, según cuenta Antonio, que lleva más de 40 años en el negocio, ha vendido en toda la mañana siete prendas: dos camisas, dos camisetas y tres pantalones. "España y Portugal tienen mucho miedo. Yo estoy trabajando lo justo para poder comer y pagar impuestos, este año está perdido", sentencia el tendero.

Antonio y sus compañeros han llegado a las 6 de la mañana a colocar los puestos en las calles de Alfaiates. El año pasado comenzaban a recoger a las dos de la tarde, pero son las doce y ya empiezan a desmontar y a guardarlo todo en furgonetas. La imagen de la jornada la protagonizaron cabezas agachadas y mascarillas puestas. Recogen dos horas antes de tiempo. Lo nunca visto para ellos. Al preguntar por su pronta recogida miran el vacío de las calles como diciendo: "Es que no ves que no hay nadie". A veces el silencio habla más que las palabras.

Nada que ver con años anteriores

El pico máximo de personas se alcanza la primera quincena de agosto, cuando las familias españolas deciden pasar unos días en los pequeños pueblos salmantinos de la España vaciada cercanos a la frontera portuguesa, y las familias portuguesas en pequeños pueblos cercanos a la frontera con España. Sin olvidar el gran número de migrantes portugueses que trabajan en Francia durante todo el año y vuelven a sus pueblos en dichas fechas.

En agosto, no es descabellado ver a más de 1.300 personas en las estrechas calles de un municipio que no sobrepasa los 320 habitantes. Hoy, desde el bar más cercano a los puestos, ya en proceso de recogida acelerada, se lamentan: "Nada que ver con años anteriores".

José Daniel, el dueño del bar, comenta que no ha contado a más de 300-400 personas desde las diez de la mañana paseando por el mercado, una cifra demasiado baja para él, incluso teniendo en cuenta la situación actual de nueva normalidad. Antonio, cliente del bar coincide con el dueño. Se esperaba mucha más gente, no creían que el miedo de los españoles hacia los portugueses y viceversa iba a ser tan acusado. Según ambos, en estas fechas de julio es normal rozar las 800 personas y, desde luego, a lo que no se han acostumbrado todavía es al silencio en las calles.

"Queremos irnos"

Como marca la tradición, es típico de Alfaiates quedarse a comer después de comprar. Lo de siempre. Pollo asado a seis euros la unidad.

Bajo un toldo y en unas mesas desmontables de madera, familias enteras degustaban el año pasado el pollo del puesto ambulante. Ruido y colas para poder probar la carne. Hoy no. De las cuatro mesas, solo hay gente en una. Unas cuatro personas. Son las dos de la tarde en Portugal y el dueño del puesto de comida mira el reloj. A los cinco minutos uno de los trabajadores se acerca a la mesa, y con una sonrisa muy profunda y mucha educación pide a los comensales que finalicen la reunión gastronómica: "Queremos irnos", anuncia el trabajador con la misma educación que timidez de pronunciar dichas palabras.