Sin políticas proinmigración, España perderá la mitad de su población para 2100, advierte un estudio

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Manifestación migrante. StockSnap / Pixabay.

Laura Sanz-Cruzado (@laura__ese)

  • El informe publicado en The Lancet sostiene que las políticas de inmigración abiertas permitirán sostenerse a países económicamente prósperos con saldo demográfico negativo
  • "Es muy posible que los beneficios económicos y culturales de la migración superen a los estrictamente demográficos", señala una demógrafa del CSIC

 

¿Es el fomento de la inmigración la mejor estrategia que tienen las economías desarrolladas para asegurar su crecimiento e influencia y mantener, o incluso aumentar, su población en las próximas décadas? Sí, según un estudio del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington (IHME, en sus siglas en inglés) publicado en la prestigiosa revista científica The Lancet. Las políticas de inmigración abiertas, junto con políticas sociales de apoyo a la natalidad, son las que permitirán sostenerse económica, sociopolítica y demográficamente a los países económicamente prósperos con saldo demográfico negativo (más defunciones que nacimientos) en un contexto generalizado de disminución de la población mundial a partir de la década de 2060, defiende el trabajo.

Sin este tipo de políticas proinmigración, 34 países verían reducirse drásticamente su población y otros 23, entre ellos Corea del Sur, Italia, Japón, Portugal, Tailandia, Ucrania y también España, perderían nada menos que la mitad de sus habitantes para el año 2100. En cambio, países como Australia, Canadá, Francia, Nueva Zelanda, Reino Unido y Estados Unidos saldrían reforzados, aunque en el caso del país presidido por Donald Trump solo lo haría si deja de lado las políticas migratorias de los últimos años. La apuesta por la inmigración será, de acuerdo al IHME, el motor de crecimiento que ayude a las economías desarrolladas a sortear la escasez de nacimientos que padecen desde hace mucho tiempo.

La apuesta por la inmigración será, de acuerdo al IHME, el motor de crecimiento que ayude a las economías desarrolladas a sortear la escasez de nacimientos que padecen desde hace mucho tiempo.

"El principal factor de crecimiento demográfico de los países con crecimiento vegetativo negativo, como es el caso de España y de la mayoría del resto de países europeos, es el saldo migratorio (inmigrantes menos emigrantes). Lo es desde hace tiempo y lo seguirá siendo en el futuro", explica Teresa Castro Martín, demógrafa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Aunque se muestra escéptica con parte de los resultados de este trabajo, no tiene ninguna duda del valor de las migraciones: "La mayoría de estudios concluyen que la inmigración resulta en un balance positivo, no solo demográficamente, sino también económica, social y culturalmente. De hecho, es muy posible que los beneficios económicos y culturales superen a los estrictamente demográficos. Por eso, considerar la inmigración únicamente desde una perspectiva utilitaria dirigida a no perder población es bastante estrecho de miras", opina.

La importancia de la inmigración para las economías desarrolladas, especialmente en Europa, es innegable y no se limita al ámbito demográfico. "Los Estados deben promover la inmigración, no solo como estrategia para mantener o incluso hacer crecer su población, sino porque el aumento de la diversidad es beneficioso", sostiene Andreu Domingo Valls, subdirector del Centro de Estudios Demográficos (CED) de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

"Los Estados deben promover la inmigración, no solo como estrategia para mantener o incluso hacer crecer su población, sino porque el aumento de la diversidad es beneficioso"

Pero al mismo tiempo que reconocen esa aportación, muchos Gobiernos ponen trabas a los desplazamientos y usan a los inmigrantes para exaltar el nacionalismo, desregular las condiciones de trabajo e incrementar la precariedad, critica el investigador: "Pocos países pasan por alto los beneficios de la inmigración, pero mientras muchos compiten activamente por los inmigrantes, públicamente los utilizan como coartada para la desregulación". Esto supone dos riesgos. Por un lado, que los gastos derivados de su integración social recaigan sobre los propios inmigrantes y el sector público en lugar de ser compartidos también con el sector privado. Por otro, que el aumento de la competitividad y la riqueza por el incremento de la población no se traduzca en una disminución de la desigualdad.

8.800 millones de habitantes en el mundo y 23 millones de españoles

Además de resaltar la importancia de las políticas de apoyo e impulso a la inmigración, el estudio del IHME, financiado en gran medida por la Fundación Bill y Melinda Gates, proyecta un futuro en el que la humanidad alcanzará su máximo de población en la década de 2060 y a partir de ahí, irá disminuyendo progresivamente su número de habitantes debido fundamentalmente a la reducción de la natalidad en el África subsahariana motivada por un mayor acceso de las niñas y mujeres de esta parte del mundo a la educación y la anticoncepción.

Los autores pronostican que en torno a 2060 seremos 9.700 millones de personas en el planeta y en 2100, 8.800, una cifra bastante alejada de las últimas proyecciones de la ONU, que estiman que la población mundial pasará de los 7.700 millones actuales a 11.200 en 2100. El escenario que dibujan desde el IHME es además extremadamente envejecido: un mundo en el que unos 2.300 millones de personas tendrían más de 65 años y solo 1.700 millones, menos de 20; en el que las cinco mayores potencias serían China, Estados Unidos, India, Nigeria y Pakistán; y un mundo, además, en el que España pasaría de 46 a 23 millones de habitantes y cuya economía caería de la posición global número 13 a la 28.

¿Podría llegar a ocurrir esto último? Teresa Castro Martín cree que "si la situación económica es buena, el saldo migratorio será positivo y el tamaño de la población crecerá, se estabilizará o se reducirá solo ligeramente. Solo en un escenario donde la situación económica sea mala y en el que España no consiga atraer población inmigrante, la reducción de la población a la mitad sería posible".

Las proyecciones que el IHME hace para el África subsahariana tampoco le resultan muy convincentes a la investigadora. El estudio asume que la región tendrá a finales de siglo una tasa de natalidad inferior incluso a la de los países del norte de Europa, pero Castro Martín no cree que el pasado reciente de África nos permita ser "tan optimistas".

"En general, los demógrafos somos bastante críticos con este estudio. Es demasiado simplista y además, la probabilidad de que una proyección demográfica a 80 años acierte es muy baja, porque depende de muchas futuras tendencias (económicas, educativas, migratorias, de salud, medioambientales…) difíciles de predecir", admite la demógrafa del CSIC. Para Andreu Domingo Valls, pasa algo parecido: "Es un horizonte posible como tendencia global, pero muy discutible en los casos particulares de cada país y muy aventurado teniendo en cuenta que el horizonte final de la proyección es 2100. Sin menoscabar la calidad científica del estudio, es solo un ejercicio y no una ventana visionaria al futuro".

Al margen de que sus proyecciones se cumplan o no, de lo que no hay duda es de que la inmigración es y seguirá siendo lo que hace crecer las poblaciones de las economías desarrolladas, acostumbradas desde hace años a registrar más muertes que nacimientos. Y algo aún más importante: gran parte de lo que lo que sostiene el estado de bienestar y hace mejorar la economía, la competitividad y la diversidad sociocultural de las regiones. Ya lo decía hace un par de meses el informe anual de 2019 del Defensor del Pueblo e incluso el Fondo Monetario Internacional (FMI) en un informe de 2016. La migración ha sido, es y será un fenómeno enriquecedor y positivo para todos.