30 años apostando por la convivencia y por una sociedad donde no sobra nadie

Fotografía: Helena Lopes / Unsplash

Elena Tajuelo Sánchez, presidenta de Andalucía Acoge

Este 18 de enero se cumplen 30 años desde que un grupo de gente, en representación de las primeras organizaciones de solidaridad con las personas migrantes que surgían por el sur de España, firmó la constitución de la Federación Andalucía Acoge.

En estos años ha dado tiempo a muchas cosas. Es buen momento para recordar y agradecer el esfuerzo personal infatigable de miles de personas que han apostado, desde el compromiso personal, por sumar a un proyecto ciudadano centrado en contribuir al desarrollo de una sociedad plural, convencidos y convencidas de que ninguna persona es ilegal.

Es buen momento para recordar también a quienes hemos perdido por el camino, muchos este año de maldito coronavirus. Compañeros y compañeras que marcaron un camino y una forma de entender el mundo a quienes vinieron después continuando con su impulso inicial. Su recuerdo se suma al de las decenas de miles de personas que han dejado su vida en el mar durante estos 30 años de deplorables muertes en el Mediterráneo y el Atlántico.

Tres décadas de trabajo en toda Andalucía, Melilla y Ceuta, que han dado para mucho. Para ver cómo se iba dando forma paulatinamente a una normativa de Extranjería que ha consagrado la obligación de llegar irregularmente a España como única solución para quienes necesitan una oportunidad de vida digna. Personas que después, con mucho esfuerzo, intentarán acceder a un permiso de residencia y trabajo. Estos 30 años han dado para ver cómo los mismos responsables que generan esta legislación hablan de la inmigración irregular como si fuese un crimen cuando no permiten otra forma de acceder al territorio europeo para millones de personas. El tiempo ha dado también para entender que las migraciones y la vida de las personas migrantes tienen un papel fundamental en el tipo de sociedad que construimos. Pudimos entender qué fácil era desestabilizar a todo un pueblo cuando en el año 2000 el discurso del miedo y la división social provocó los disturbios de El Ejido. Un aviso claro de en qué nos podemos convertir si no ponemos la convivencia y la igualdad de oportunidades en el centro de la agenda y el discurso público.

Hemos tenido que aprender a superar la mirada de lo individual, del caso concreto de cada persona y entender las migraciones como algo estructural. El cambio profundo que vivimos en la sociedad española no es casual. Es la consecuencia de un modelo económico mundial tremendamente desajustado, el cual, igual que genera precariedad en la población autóctona, impide la vida en decenas de países. Las migraciones son la consecuencia de una injusticia y como la crisis climática, solo pueden ser solucionadas superando esta etapa de explotación de las personas y el planeta para beneficio de unos pocos.

En tanto somos capaces de cambiar el rumbo del planeta, la única respuesta realista y positiva a futuro es la inclusión y el reconocimiento de la diversidad, ya irrenunciable, en la sociedad europea y española. Más de un 10% de vecinos y vecinas de España tienen un trasfondo migratorio en sus vidas. Frente al espejismo de nosotros o ellos, la realidad de que somos una sola comunidad, con unos problemas y un futuro en común. En tanto el Estado no termine de aceptar sus obligaciones, seguirán siendo necesarios los proyectos de atención social y convivencia llevados desde las asociaciones que canalizan y organizan la conciencia ciudadana.

Estos aniversarios suelen ser momento de recuerdo y recapitulación, pero no corren tiempos para perderse en la nostalgia. Cuanto más nos reafirmamos en nuestro compromiso por una sociedad en la que la dignidad de la persona sea el principio fundamental, con más inquietud miramos el futuro. Más allá de esta crisis sanitaria de resultado aún incierto, vemos como la desigualdad aumenta de forma preocupante. La precarización de las condiciones de vida para amplias capas de la población en España lleva a la frustración de expectativas personales y desgraciadamente en ese estanque de miedos legítimos, surgen quienes aprovechan para ganar fama y apoyo alimentando el odio hacia los más débiles, incluso hacia los niños y jóvenes extranjeros. Si no se frena esta espiral de odio alimentado con estrategias de marketing y redes sociales, a la precariedad de la vida, sumaremos la violencia y la inseguridad en nuestros barrios, en nuestros pueblos.

No pensamos cuando empezamos el proyecto de Andalucía Acoge que 30 años después estaríamos más preocupados por el futuro de la sociedad que al principio. Estamos quizás ante un momento histórico en el que España y Europa tienen que decidir si quieren madurar como sociedades plurales, democráticas e igualitarias o sumirse en la barbarie de la lucha de los pobres contra los pobres envueltos en el espejismo de la pureza de la raza y las identidades excluyentes.

No podemos decir que estemos tranquilos con el futuro pero sí podemos decir que treinta años después seguimos convencidos de que merece la pena pensarlo sin miedo, sin prejuicios y sin dudar de que la dignidad humana, que intentó recogerse en la Declaración Universal de Derechos Humanos, es la única clave sobre la que puede construirse una sociedad donde merezca la pena vivir. Transformar para mejor nuestro mundo es nuestro esfuerzo. Hacerlo como organización creada y alimentada desde la ciudadanía crítica, diversa y comprometida: nuestro método. Los años que estén por venir y acertar en ello, la oportunidad de toda la sociedad: una sociedad donde no sobra nadie.