Los muros del periodismo de migraciones

Distancia máxima permitida a los periodistas que cubren la llegada de migrantes rescatados. Puerto de Málaga. Foto: EntreFronteras.

José Bautista (@JoseAntonio_BG) / Fundación porCausa

  • Los periodistas que cubren el fenómeno migratorio tienen que sortear muchos obstáculos tanto dentro como fuera de las redacciones
  • Amarillismo, prisa al informar, falta de diversidad en las redacciones o la dificultad de acceso a información en lugares como los CIE o los centros de menores son algunas de ellas

En la última década del siglo XX, apenas había una veintena de muros fronterizos repartidos por el mundo. Ahora hay más de 100 y la cifra va en aumento. En sentido abstracto, las personas que se dedican –puntual o permanentemente– al periodismo de migraciones también dan cuenta de cómo día tras día se erigen nuevos muros que dificultan su labor y hacen mella en la esencia de la profesión: informar con rigor. ¿Qué ‘muros’ padecen las y los periodistas de migraciones?

Muros dentro de las redacciones

Los muros del periodismo de migraciones empiezan dentro de las redacciones. La prisa, la obsesión de los jefes por las coberturas fugaces de las "crisis migratorias" (en realidad, la mayoría son más bien crisis humanitarias) y la adicción a los titulares clickbait son tapias difíciles de sortear. Esta dinámica frenética no es compatible con un fenómeno tan complejo como el migratorio. A menudo nos quedamos en la superficie, sin siquiera tantear las raíces profundas –guerra, amor, miedo, esperanza– que llevan a muchas personas a buscarse la vida en otro sitio. Tan alta es esa tapia, que a veces los periodistas incluso olvidamos que nosotros mismos somos o hemos sido migrantes, igual que lo fueron nuestras madres o nuestros abuelos.

"A veces llegamos como paracaidistas", reconocía José Naranjo, veterano de El País en el África subsahariana, ante el público del IV Congreso Internacional de Periodismo de Migraciones que acogió Mérida el pasado noviembre. Pocos medios mantienen una red nutrida de corresponsales, de ahí que el ‘paracaidismo’ esté a la orden del día. La veterana Rosa María Calaf (RTVE) sostiene que "tenemos que decidir entre descansar o ser libres", critica la obsesión con la instantaneidad informativa y define como "síndrome de la piedad cansada" a la tendencia de repetir historias sobre migraciones que abusan de la emoción.

Pero no todo es negativo en este sentido. Ebbaba Hameida (RTVE, revista 5W…) comparte la opinión de Naranjo (ella fue "paracaidista" en la llamada ‘crisis migratoria canaria’ de finales de 2020), pero le saca también una lectura en clave positiva: "la mirada del de fuera", destaca esta periodista, en referencia a los matices que solo perciben los ojos recién llegados que todavía no se han acostumbrado al paisaje.

El periodismo es una profesión apasionante y, al mismo tiempo, extremadamente competitiva, de ahí que sea tan individualista y áspera. La dinámica de mercado permite que los medios más grandes se consoliden mientras los más pequeños, especialmente los diarios locales, aguantan a duras penas. En periodismo de migraciones, la labor de los profesionales locales es fundamental, punto de partida de los forasteros que aterrizamos, grabamos, redactamos y nos marchamos rápidamente. "Somos los que seguimos cuando pasa la primera tormenta", destaca Natalia G. Vargas (Canarias Ahora, eldiario.es). Ella, como tantos otros, lidia con la escasez de recursos y las dificultades a la hora de convencer a los editores para dar continuidad a las historias. Todos vimos las llegadas al muelle de Arguineguín, pero, ¿qué fue de esas personas? ¿Dónde están? ¿Cómo están? ¿Qué sueñan ahora?

EntreFronteras

Hay profesionales dejándose la piel para ir más allá del momento crítico. María Martín y Javier Bauluz, de El País, acaban de ganar el prestigioso Premio Gabo por su cobertura de mirada larga –y humana– en Canarias. Sin embargo, a menudo la prisa y el amarillismo aplicado a las noticias sobre migraciones construyen, artículo tras artículo, una imagen distorsionada de este fenómeno y sus protagonistas. Generan nuevos estereotipos y refuerzan los existentes. "Hay periodistas que ni se informan antes de llamarnos, flipan al enterarse de que no tenemos derecho a paro y a veces nos piden que digamos lo que quieren escuchar", asegura Carolina Elías, mujer migrante y presidenta del Servicio Doméstico Activo, una fuente recurrente de muchos ‘plumillas’ cuando toca escribir sobre temas laborales y migraciones.

Para muestra, un botón: en España, muchas personas (¿la mayoría?) creen que la mayoría de los migrantes ‘sin papeles’ son chicos jóvenes procedentes de África. La realidad es otra: el 80% de las personas en situación irregular en este país son mujeres y proceden de América Latina, como explica Ángel Villarino (El Confidencial) en este artículo (benditas cifras, pero cuidado: detrás de los números, hay personas)

Hay más muros en las redacciones. España es un país diverso; sus redacciones, no. No se trata sólo de romper las barreras del idioma (¿cuántos periodistas hablan árabe, francés o suajili en tu medio favorito?), sino de proponer otros puntos de vista y maneras de informar, de contar con voces migrantes. Ebbaba Hameida, saharaui, asegura que "las migraciones solo se pueden cubrir con empatía, poniendo en el centro la dignidad de las personas". Quizás lo tiene así de claro precisamente porque nació en un campamento de refugiados. Poco a poco el ‘muro’ que provoca la falta de diversidad va cayendo. Un ejemplo lo encarnan los cuatro periodistas sirios que hace poco lanzaron Baynana (significa ‘entre nosotros’), primer medio en castellano y árabe, fundado y liderado por refugiados y migrantes. "Nosotros también pertenecemos a esta comunidad", recuerda Moussa Al Jamaat (Baynana). La periodista portuguesa Beatriz Ramalho (Lighthouse Reports) pone el acento en cómo la colaboración de perfiles de orígenes diversos genera informaciones más completas y profundas, como bien demuestra este reportaje exclusivo.

El apagón fronterizo

Los muros contra el periodismo de migraciones también brotan fuera de las redacciones. En España, los periodistas podemos acceder a cárceles, hospitales, bases militares, comisarías de policía y otras infraestructuras sensibles, pero todavía no podemos entrar en Centros de Internamiento de Extranjeros o centros de menores. Estas ‘cárceles para migrantes’ son agujeros negros informativos y, al mismo tiempo, un lucrativo negocio. El Ministerio del Interior erige un muro infranqueable que nos impide informar sobre cómo están las personas privadas de libertad que viven en ellos, qué trato reciben o qué sucede con las grandes sumas de dinero que el Estado entrega a un reducido grupo de subcontratas para gestionarlos.

Esta dinámica se está extendiendo a otros espacios. Por ejemplo, cada vez es más frecuente ver a agentes de la Policía Nacional o la Guardia Civil impidiendo a los periodistas hablar, e incluso observar, el trato que reciben quienes llegan a España en cayuco o patera. Los profesionales de la información que informan sobre migraciones también se topan con murallas infranqueables a la hora de acceder a ciertos documentos públicos, especialmente a contratos millonarios que las autoridades conceden a las empresas de la Industria del Control Migratorio y que clasifica como ‘confidenciales’. Alberto Alonso, periodista de datos en porCausa, pone un ejemplo: "En la reforma de la valla de Melilla de 2019, Interior no publicó los contratos y por eso solo sabemos que se gastó 32 millones y que se los llevó Tragsa, poco más".

Por si fuera poco, España y otros países de Europa, de la mano de Frontex, están levantando nuevas fronteras no oficiales en mitad del mar, lugares a los que resulta extremadamente difícil acceder. Hasta hace poco, los periodistas al menos podíamos seguir la información que publicaban Salvamento Marítimo y otras instituciones implicadas en el ámbito migratorio, incluso ONGs subcontratadas por el Estado para atender a los migrantes. A finales de 2018, el Gobierno les impuso el silencio. Incluso los funcionarios europeos tienen miedo de hablar. Ya no informan sobre los rescates de migrantes y otras operaciones. Un ejemplo ilustrativo es el paralelo 35º50’’, en el mar de Alborán, la nueva línea invisible que usan las autoridades españolas y marroquíes "para reducir el número de personas rescatadas", señala Sergio Rodrigo, periodista y codirector junto a Lucía Muñoz del documental que destapa esta realidad.

Con la dictadura hemos topado

Represión, extorsión, persecución, expulsión. Los muros del periodismo de migraciones en España pueden parecer un juego a la sombra de los riesgos que asumen quienes informan desde dictaduras como Marruecos o Bielorrusia. Pregunten a Ignacio Cembrero (El Confidencial), al que Rabat espió usando Pegasus, o Sonia Moreno (SER, El Español), que fue extorsionada hasta que salió de ese país.

Son ‘muros’ con doble efecto. A menudo, quienes viven bajo regímenes autoritarios se informan de lo que pasa en sus países gracias a la prensa extranjera. Para que me entiendan: durante la crisis de Ceuta, las autoridades marroquíes abrieron la frontera a modo de ‘chantaje migratorio’ contra España. Las imágenes de miles de marroquíes, incluso menores, cruzando desesperados al enclave español dejaba en mal lugar al régimen de Mohamed VI, así que las autoridades "trataron de ocultar lo que pasaba", recuerda Sonia Moreno.

El proceso migratorio abarca varios países: sin el trabajo de esas personas, es imposible entender qué está pasando. Por ejemplo, gracias al trabajo de Aida Alami (The New York Times) sabemos que miles de temporeras marroquíes sufren graves abusos laborales y sexuales mientras trabajan en la fresa de Huelva, pero al volver a Marruecos no lo denuncian porque sienten vergüenza. Ahora Alami dedica buena parte de su energía a denunciar la situación de Soulaiman Raissouni, Omar Radi y otros periodistas encarcelados en Marruecos. Los riesgos de cubrir las migraciones en este y otros países explican que apenas sepamos sobre el paradero de los migrantes deportados a países como Mauritania o Senegal, o sobre los niños que España devuelve de forma ilegal a Marruecos. Crece la complicidad de ‘gobiernos democráticos’ y regímenes autoritarios para frenar el movimiento de personas a cualquier precio.

El periodismo de migraciones se enfrenta a otros muchos muros, pero este artículo ya es demasiado largo. Hay uno que me escuece especialmente: el que impide el contacto entre periodistas de distintos países. Mientras el periodista marroquí Hicham Oulmouddane (Les Panafricaines, Vivre ensemble) hace hincapié en la falta de comunicación entre periodistas a ambos lados del Estrecho, pienso en Baboucar Ceesay (Gambia Watchdog), uno de los mejores periodistas de Gambia. Ceesay iba a participar en noviembre en el Congreso de Mérida junto a otros colegas del gremio. Tenía todo listo: papeles, maleta, billete de avión... Pero no le dejaron viajar. El Consejo europeo dice que el gobierno de Gambia no aplica suficiente mano dura contra quienes miran o sueñan con Europa y, como castigo, suspendió los visados a ese país. Más muros. Ceesay se quedó en tierra.