Y tú, ¿cómo imaginas el Sáhara?

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Retrato de hombre en el Hospital de Auserd en los Campamentos de población refugiada saharaui. Fotografía de Vanesa Martín

Vanesa Martín (@Van_Martn)

El pasado viernes 19 de marzo, Pedro Sánchez nos sorprendió a todas cuando, a través de una carta escrita al Rey de Marruecos, decidió apoyar abiertamente a este país en su objetivo de ejercer la soberanía sobre el Sáhara. En contra de lo dictado por la ONU. En contra de las españolas. En contra de la humanidad, la democracia, la dignidad. Esta es una de esas películas donde al final ganan los malos.

En este no saber cómo poner en palabras, encontré un viejo pendrive que había quedado en un bolsillo de una cazadora de otro tiempo. Al conectar el aparato aparecieron las imágenes de mi último viaje a los campamentos de refugiados saharauis allá por octubre de 2016, cuando fui a hacer un voluntariado como enfermera en el Hospital de Auserd.

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Retrato de mujer en el Hospital de Auserd en los Campamentos de población refugiada saharaui. Fotografía de Vanesa Martín

Auserd es uno de los cinco campamentos o wilayas de los campamentos de población refugiada saharaui ubicados en la región de Tindouf en territorio argelí. Hace  frontera con el Sáhara occidental, ocupado por Marruecos desde hace casi 50 años. Este conflicto, en el que España tiene un papel protagonista, ha sido silenciado y olvidado por la Comunidad Internacional y apoyado por otros países como Francia y Estados Unidos. Para entender mejor lo que está pasando pueden leer a la periodista Ebbaba Hameida desde su vivencia como saharaui para la revista 5W.

Auserd es un lugar que vive en un tiempo sin tiempo, repleto de miradas profundas hechas del vivir lejos del hogar. Yo venía moviéndome de un lugar a otro y aquel pueblo en poco tiempo me hizo sentir en casa. Convivir en esta wilaya es esperar tumbada en la alfombra mientras escuchas el agua del té pasando de un vasito a otro como si afuera no hubiese todo un desierto de abandono e incertidumbre.

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Retrato de niña en el Hospital de Auserd en los Campamentos de población refugiada saharaui. Fotografía de Vanesa Martín

Pasé mis días yendo a su hospital. Este edificio a medio construir queda muy lejos de lo que se consideraría un hospital en España. Cuando te acercas aparece una construcción aún por terminar que casi siempre está desierta. En este lugar apenas hay personal ni materiales. Al entrar solo encuentras la arena que lo cubre todo y algún hombre parado fumando refugiado del sol en un rincón del patio central.

Saad era uno de los médicos en el hospital de Auserd. Había vuelto de estudiar medicina en Cuba y quería mejorar la vida de su pueblo. Trabajaba durante jornadas de más de 12 horas seguidas en el hospital por un sueldo que no llegaba a 50 euros al mes. Su tiempo libre lo pasaba leyendo con las niñas y niños de la daira en un pequeño edificio con paredes de colores que hacía las veces de biblioteca infantil. Durante nuestras largas jornadas él y yo tratamos de sanar a las personas que llegaban hasta el consultorio. Hicimos lo que pudimos. Pero hay heridas que son incurables después de casi 50 años de destierro.

Tengo un recuerdo muy nítido de las tardes en la jaima, comiendo sandía con mis amigas, practicantes de matrona en el hospital. En esos momentos todas nos sacabamos los velos que nos cubrían por un rato y reíamos a carcajadas. Lástima que no plasmé esta imagen en alguna de las fotografías. Era solo para nosotras.

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Hombre habla por teléfono tumbado en la alfombra en el Hospital de Auserd en los Campamentos de población refugiada saharaui. Fotografía de Vanesa Martín

Los saharauis tienen algo que yo no tengo. Paciencia, templanza. Les admiro inmensamente por ello y aquellas dos semanas fueron para mí un ejercicio continuo, un aprendizaje, una vuelta a la contemplación, a la calma.

Aún no he sido capaz de llamar ni escribir a nadie. Siento vergüenza, impotencia. ¿Qué puedo decirles? Quiero pedir perdón a Bani porque nunca llegué a enviar aquella carta de invitación que necesitaba para viajar a España. Me disuadieron de hacerlo y acepté. También quiero volver a recibir a Saad y a su madre en mi casa, como aquella vez que pasaron por Madrid.

Quiero deciros que sabemos que ese desierto está lleno de vida y que no vamos a parar de recordarlo. Que yo también soy vosotras, y lo digo como abrazo entendiendo todo mi privilegio. Solo quiero que tomemos otro té caliente más en aquella duna.