Todos los muertos (de la frontera sur)

Santiago Gómez-Zorrilla

Barca pintada en una playa de Cádiz como homenaje y denuncia sobre las víctimas de las migraciones y el sistema de fronteras. Fotografía de Santiago Gómez-Zorrilla.

Ni nombre, ni edad, ni el color de sus ojos, ni el día de su cumpleaños. El martes 11 de octubre, Salvamento Marítimo rescató una embarcación con 56 personas a bordo y una mujer muerta cerca de la isla canaria de Fuerteventura, según informaron fuentes del Centro Coordinador de Emergencias y Seguridad del Gobierno de Canarias. Nada sabremos de ella.

"Aproximadamente 6 años" y origen venezolano. Ni su nombre, ni si tenía hermanos o hermanas, ni mucho menos sus dibujos animados favoritos. El Servicio Nacional de Fronteras de Panamá informó el 22 de septiembre de la muerte de un niño venezolano, migrante, asesinado por asaltantes armados cuando intentaba, junto a otras personas, también migrantes, atravesar la selva del Darién, el penúltimo punto crítico incorporado al atlas sangriento de las fronteras, en este caso en el límite físico y político entre Colombia y Panamá.

Sólo un día antes. "Un pantalón de color café y un cinturón de color negro". Son los datos que las autoridades migratorias de Ciudad Juárez, en México, ofrecieron sobre el cadáver de un hombre encontrado a las orillas del Río Bravo, que hace frontera con los Estados Unidos y que al otro lado de la línea se conoce como Río Grande, aunque sean las mismas sus aguas. No se descarta, se afirmaba, que se tratara de un migrante. Había precedentes de muertes -de muertos- anteriores. Conocemos el color de parte de sus ropas en el momento de morir, pero no su edad, ni los motivos que le llevaron a intentar llegar a los Estados Unidos.

Tan sólo un día antes. A dos millas náuticas de la localidad murciana de San Pedro del Pinatar se recupera un cadáver, en avanzado estado de descomposición. Se encuentra enganchado en una jaula de una piscifactoría, en mitad del mar, en mitad de la nada. Todo apunta a que se trata de un náufrago de una patera que no consiguió llegar a costa. Se especula con la posibilidad de que se trate de la novena víctima confirmada de un naufragio que en los últimos días de agosto dejó, aparentemente, un único superviviente. O puede que no, puede que se trate de un muerto cualquiera, de cualquier otro naufragio, de cualquier otra patera, de la ruta argelina que se dirige hacia Levante. No conoceremos su nombre, ni el color de sus ojos, ni si su madre o su padre se enteraron de que su cuerpo se había quedado atrapado en la jaula de una piscifactoría en mitad del mar en la costa de Murcia.

20 de septiembre de 2022. El periodista Jairo Vargas pone nombre en un artículo de Público al joven migrante de 20 años y origen eritreo asesinado por los traficantes de personas en la costa libia. Que no se sabe si comenzó la travesía por el Mediterráneo Central en estado inconsciente o ya muerto. Que sus compañeros lo cubrieron con una manta y continuaron el viaje con su cadáver hasta que encontraron y se refugiaron en una plataforma petrolífera en mitad del mar, en mitad de la nada, y ahí sí, dejaron el cuerpo muerto de su compañero navegando a la deriva, dentro de la barca, a merced de las olas. La tripulación del Open Arms halló y auxilió a los vivos y fue después a recuperar al muerto del barco-ataúd, para trasladarlo a tierra y dar sepultura al hombre fallecido. Gracias a ellos conocimos su nombre, aunque no sus sueños ni sus motivos para arriesgar la vida de tal modo en ese viaje. Se llamaba Wegihu.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM), agencia especializada en la materia de Naciones Unidas, ha dado a conocer en esta última semana del mes de octubre sus datos más actualizados sobre personas muertas y desaparecidas en el intento de llegar a Europa. Desde enero de 2021 habrían fallecido hasta ahora, al menos, 5.684 personas, con esa terrible coletilla que acompaña siempre al dato y que es el aviso de certeza de que el número real de fallecidos será, a buen seguro, muy superior, pues se desconoce cuántas muertes se quedaron sin registrar. Dos rutas aparecen como las más trágicas y peligrosas: la que en el Mediterráneo Central se encamina desde las costas de Libia, Túnez o Argelia hacia Italia o Malta, con 2.836 muertos y/o desaparecidos; y la ruta atlántica, que une, o más bien separa, la costa occidental africana de las Islas Canarias, en la que murieron o desaparecieron al menos 1.532 personas en este período de tiempo.

No sabemos, ni sabremos, ni su número real, ni sus nombres, ni las circunstancias concretas que rodearon cada final; ni el nombre de sus padres, de sus madres o de sus hijos. No sabremos nada sobre lo que les gustaba hacer cuando estaban vivas a las víctimas del sistema de fronteras. Nada sobre todo ese conjunto de detalles, más o menos esenciales, más o menos triviales, que nos da eso tan difuso que se llama identidad, más allá, mucho más allá de las patrias. Despojados de sus nombres, del color de sus ojos, del trabajo en el que penaban o disfrutaban, de sus porqués, de sus amores, de su equipo de fútbol y de todo lo demás, sólo quedan los cadáveres, los cuerpos muertos, carne y huesos en proceso de descomposición, en mitad del mar, en mitad de la nada. Sin todo este ropaje, que nos convierte en alguien a quien tratar de igual a igual, de tú a tú, será todo mucho más fácil. Más fácil de digerir, de consentir, de ignorar. De provocar. Será mucho más fácil encender una vela o una lamparilla de aceite en el Día de Difuntos por todos ellos, por todos los muertos de la frontera sur. No se alarmen, no se van a levantar.

Por Santiago Gómez-Zorrilla