América Latina: una crisis localizada

Habrá quien crea que a los hombres de negocios españoles con intereses en Venezuela no les llega la camisa al cuerpo desde que presenciaron la traca final de la reciente Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile. Alguno tendrá motivos justificados para preocuparse después del encontronazo verbal entre el Rey y HUGO CHÁVEZ, que en nada favorece a ninguno de los dos países. Pero es poco probable que el emponzoñamiento de las relaciones bilaterales quite el sueño a los ALIERTA, BOTIN, BRUFAU y compañía, pues tuvieron cuidado de no poner todos los huevos en la misma cesta cuando desembarcaron en aquella parte del mundo.

Los expertos cifran en 130.000 millones de euros la inversión realizada por España en toda América Latina a raíz del nuevo descubrimiento del continente: el que hicieron nuestros grandes bancos y empresas a mediados de los noventa. Pues bien, de esa cantidad, unos 80.000 millones siguen allí y sólo el 1% están comprometidos en Venezuela. En las naciones donde podría encontrar eco un eventual boicot de Chávez (Bolivia, Cuba, Nicaragua…) el riesgo contraído es aún menor. Cosa distinta sería, aunque parece harto improbable, que entraran en liza Brasil, Argentina, México o Chile, auténticos caladeros donde pescan una porción cada vez mayor de sus beneficios las multinacionales españolas.

Además, la aventura americana no ha sido nunca un camino sembrado de rosas y menos desde que los políticos de la región descubrieron la rentabilidad electoral de tenérselas tiesas con los españoles. Un maestro en la materia es NÉSTOR KIRCHNER, que durante su presidencia ha mantenido en el punto de mira a Telefónica y Aerolíneas Argentinas (propiedad de Marsans), cuyas tarifas llevan años congeladas. Peor todavía se lo han puesto en la Venezuela bolivariana a Repsol YPF, que sufrió un severo correctivo con motivo de la renacionalización parcial del sector energético local.

La tensión derivada de estos problemas estuvo, precisamente, en el origen de algunas estúpidas imprudencias, como la que cometió la CEOE en 2002 al aplaudir, en plena sintonía con el Gobierno de AZNAR, el fallido golpe de Estado que pretendió el relevo de Chávez por PEDRO CARMONA, presidente de Fedecámara, un especie de CUEVAS a la caribeña, que desde entonces expía sus culpas en el exilio.