Con negritas

Entre una nueva ronda de fusiones y el 'banco malo'

Cada vez parece más claro que el nuevo Gobierno, cuya toma de posesión está prevista para la próxima semana, va a barrer la abundante basura acumulada bajo las alfombras de nuestro  sistema financiero. Otra cosa es cómo lo haga, aunque todo apunta a que la fórmula definitiva reunirá las características habituales de lo que se ha dado en llamar un banco malo.

Eso no puede constituir una sorpresa para nadie, porque estaba previsto en el programa con el que el PP ganó las elecciones generales del pasado 20-N. En su página 34, dentro del apartado Estabilidad y reformas para el empleo, el programa decía textualmente: "Facilitaremos la gestión activa del patrimonio dañado de las entidades que lo precisen". Y a buen entendedor, pocas palabras bastan.

El problema será conciliar ese compromiso con el anuncio de que no se utilizará más dinero público para sanear la banca, formulado sin la menor vacilación por MARIANO RAJOY en su debate televisivo del 7 de noviembre con el candidato socialista a la presidencia del Gobierno, ALFREDO PÉREZ RUBALCABA.

La misión de un banco malo sería absorber los activos de alto riesgo que contaminan todo el sistema financiero y darles salida sin prisa y de una forma ordenada. Se trata, por lo general, de suelo y otros bienes que sirven de garantía a créditos de dudoso cobro pendientes de pago por particulares y, sobre todo, por promotores inmobiliarios.

El Banco de España ha fijado su importe en unos 176.000 millones de euros, cifra que casi duplica las ayudas públicas ya prestadas para la reordenación del sistema financiero, muy tocado por la crisis del ladrillo y por el brutal aumento del paro en los tres últimos años.
La asunción de esos activos tóxicos se puede hacer por su valor original –lo que conllevaría un coste altísimo– o por su valor real, suponiendo que alguien fuera capaz de fijarlo ahora que, simple y llanamente, no hay mercado.

De todas formas, sería absurdo llamarse a engaño: un descuento del 60%, como el que se está barajado, causaría un agujero colosal en los balances, a pesar de que se encuentre ya provisionada alrededor de la mitad de esa eventual pérdida. Por lo tanto, es bastante probable que algunas entidades no pudieran seguir funcionando en solitario y requiriesen, de una u otra forma, la intervención del Estado.

Rajoy, en su discurso ante la Junta Directiva Nacional del PP, habló ayer de una nueva ronda de fusiones. Podemos imaginar quiénes la acabarán pagando.